miércoles, 11 de diciembre de 2013

Monogamia y poliamor, ¿nace o se hace?

Podemos entender el poliamor, al igual que la monogamia, de dos formas distintas: en tanto orientación refiere a la capacidad de sentir atracción “amorosa”, sexual, enamoramiento, etc por varias personas simultáneamente (que no que se esté dando necesariamente esa simultaneidad en el momento presente); y la monogamia como orientación refiere a la incapacidad de sentir esto: una persona monógama sólo puede enamorarse, sentir atracción “amorosa” y, teórica o al menos tradicionalmente, también sexual, por una sola persona a la vez. A nivel pragmático/social, el poliamor refiere a un/os tipo/s de relación/es en la/s que la libertad afectivo-sexual de todos los implicados no sea restringida, pero en la cual todos ellos estén informados de esta no-restricción y muestren su consentimiento. La monogamia, por su parte, referiría a un tipo de relación en la cual la libertad afectivo-sexual de ambas partes se restringe a su compañerx, si bien existen de forma más minoritaria variantes en que la sexualidad de una o ambas partes cuenta con menores niveles de restricción. 

Si bien la gran mayoría de las relaciones que se establecen son monógamas, dudo mucho que la mayoría de la gente lo sea, como muestran estudios y estadísticas. Sin embargo, la gente sigue estableciendo relaciones monógamas convencionales pese a sentirse atraída por varias personas simultáneamente, o pese incluso a poner luego los cuernos a su pareja. Las razones para hacer esto son variadas, si bien el condicionamiento y presión social tienen un gran peso. A veces también una de las partes de la pareja no quiere una relación monógama pero la otra parte sí, y la primera cede. Otras veces una o ambas partes de la pareja quiere libertad afectivo-sexual para sí misma pero no soporta que su compañerx la tenga, de modo que acepta restringirse él/ella a cambio de que también se restrinja la otra parte, “yo me jodo si tú te jodes”. 

Bajo mi punto de vista una relación poliamorosa es más “sana” que una relación (que no orientación) monógama, en tanto que la segunda es más restrictiva (igual que es más restrictiva una relación en que ambos cónyuges se prohíban pasear por el monte que otra en la que no, y en la que, por tanto, si alguno de los dos quisiera hacerlo tuviera que reprimirse o ir a espaldas de su pareja) y la represión amorosa y sexual es para mí algo negativo, y en tanto que la libertad que da una relación poliamorosa permite una mayor autonomía, una mayor seguridad en tanto que no tienes que temer que tu compañerx te deje por encontrar a otro, etc. No obstante, con esto no quiero decir que toda relación poliamorosa sea más sana que toda relación monógama: no hablo de casos particulares sino en términos generales y abstractos. Asimismo no quiero con esto decir ni mucho menos que las personas monógamas sean menos sanas que las poliamorosas: sentir atracción afectivo-sexual por una sola persona no tiene nada de represivo, al igual que no lo tiene sentir sólo atracción afectivo-sexual por personas del sexo contrario. Lo represivo es no sentirlo así pero imponerte ese límite, igual que sería represivo tener la capacidad de sentir atracción amorosa-sexual por individuos independientemente de su sexo o género pero limitarse sólo a mostrarlo y consumarlo con el sexo opuesto. 

Dicho esto, aclaro también que no me meto con cómo quiera cada uno vivir sus relaciones, ni voy por ahí intentando “poliamorizar” a la gente. Si acaso veo que algún amigx sufre por su forma de vivir esas relaciones puedo sugerirle algo al respecto, pero no trato de coaccionar o persuadir a nadie de nada. 

En relación con esto, me encuentro con gente que envidia a la gente poliamorosa pero considera que ellxs no pueden establecer esas relaciones, que no son capaces de no sentir celos, etc. Si bien no defiendo la idea de que todos seamos o podamos ser poliamorosos, o de que el poliamor sea lo adecuado para todo el mundo, sí creo que puede serlo para más gente de la que cree poder, si es que realmente quiere. 

Contrariamente a lo que alguna gente cree o incluso a lo que algunos poliamorosos difunden, no (siempre) se nace poliamoroso, ni se nace (en muchos casos) con una incapacidad total para sentir celos. En primer lugar, no considero que las emociones, orientaciones sexuales, sociales o lo que sea sean algo determinantemente biológico, sino que la cultura tiene en esto una influencia importante. En segundo lugar, prácticamente todos en esta sociedad somos educados para la monogamia, se nos cría desde pequeños en el ideal del amor romántico, aprendemos o reforzamos a través de todos los medios de comunicación a sentir celos, a considerar que el amor va irremediablemente unido a ellos y son algo incontrolable, a pensar que el “amor de verdad” sólo puede sentirse hacia una persona, que si tu compañerx quiere acostarse con otra persona o lo hace no te quiere, etc. Debido a esto, muchas personas actualmente poliamorosas o que lo serán se han sentido monógamas en algún momento, han establecido ese tipo de relaciones, han tenido celos y han albergado ese tipo de prejuicios del amor romántico, etc. 

Para mí este proceso fue algo parecido al veganismo/antiespecismo: primero, un día, empecé reflexionando y cuestionándome prejuicios sobre el trato hacia los otros animales / las relaciones de pareja; después busqué información, opiniones de otra gente, etc y mi oposición a lo que me habían enseñado se asentó más y volvió más sólida, por lo que decidí modificar gradualmente mis hábitos y forma de relacionarme, ya que no se correspondían con lo que consideraba correcto para mí. No obstante, casi una década y media de socialización especista y monógama habían calado muy hondo en mi subconsciente y emociones. Por tanto, no bastaba con rechazar racionalmente el especismo o la forma monógama de relacionarse para superar de un día para otro todo lo que me habían enseñado al respecto. La deconstrucción de esas ideas y la superación de esos prejuicios fue un proceso gradual y, entre ellos, también el control/superación de los celos. 

En mi opinión, la comunicación es un apoyo fundamental en ese proceso: el poder hablar con tu/s compañerx/s cómo te sientes al respecto, la sinceridad, el no ocultarse los encuentros y relaciones que se tengan con otra gente, el tratar el tema con naturalidad, etc. para ir cerciorándote emocionalmente, poco a poco, de que las otras relaciones no tienen por qué cambiar ni reducir el amor que sentís el uno por el otro, para ir superando juntos el miedo, las inseguridades y competitividad que surjan de esto, etc. Los celos, si los tienes, no desaparecerán de un día para otro sino que necesitas atreverte a admitirlos, comunicarlos y enfrentarte a ellos (como con el miedo). Es posible que nunca llegues a superarlos completamente, pero esto no significa que debas rendirte y dejar que ellos tomen el control de tu vida: los celos son sólo una emoción más, como todas aquellas con las que lidias diariamente (enfado, odio, frustración, calentón…). Admitirlos es un primer paso para derrocar el control que tienen sobre ti y pasar a ser tú quien los controla. 

No todo el mundo podrá sobreponerse a esto, pero todo el que quiera o envidie este tipo de relación puede al menos intentarlo. Y quizás, aunque tras eso decidas finalmente que el poliamor no es para ti, la experiencia te ayude en tus futuras relaciones monógamas a llevarlas con mayor libertad, seguridad y honestidad.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Modestia aparte

La mayoría de la gente afirma valorar la honestidad; sin embargo, las personas verdaderamente honestas no suelen ganarse la simpatía de muchos, ya sea porque a veces la verdad duele o porque te hace parecer demasiado poco vulnerable. 

En efecto, no está socialmente permitido o bien visto que valores positivamente ninguna cualidad tuya o de algo que teóricamente te pertenezca. A lo sumo no estará mal visto que expreses una preferencia con respecto a algo tuyo del tipo “me gusta esto de mí/que he hecho” o bien lo compares con otras cosas de tu propiedad o identidad (“esto está mejor/ es lo mejor que he hecho/tengo”), pero en el momento en que afirmes algo en términos generales (“soy buena en/lista/graciosa/etc” o “mi libro es interesante/mi cuadro es bonito/etc”) no faltará quien te tache de arrogante o carente de humildad, al igual que si comparas algo tuyo con lo de otra persona, considerando lo tuyo mejor. Cuanto más valorada socialmente sea la cualidad que crees tener, tanto más arrogante serás considerada (nadie se escandaliza porque afirmes “soy muy bueno lanzando palillos”, pero sí con “soy muy buena escribiendo relatos”). 

El problema no está en no dar cabida a los relativismos, como algunos reprochan ante esas afirmaciones. Nadie te considera arrogante por afirmar “soy feo/aburrido” o por decirlo en superlativo, incluso en superlativo absoluto (“soy el peor X del mundo”), cuando eso requiere mayor “imposición” de tu criterio que el simplemente afirmar, por ejemplo, “soy culta”, sin meterte en comparaciones relativas o universales (o incluso aunque digas “me considero culta” el problema sería el mismo). 

La cuestión está en valorarte, en no mostrarte inseguro, de forma que los demás puedan verse intimidados por tu autoconfianza y virtudes, por sentir miedo a ser menos y a no tener el poder de construir ellos la imagen que tienes de ti mismo, ya que si tú misma te valoras la valoración de los demás pierde importancia: no necesitas reafirmarte constantemente en cada cumplido, en la aprobación de los demás con respecto a quién eres. Si tú te bastas, ellos sienten que sobran; por eso intentarán recuperar su dominio sobre tu autoimagen a base de reprocharte el afirmar casi todo lo positivo que veas en ti, depreciarlo (aun considerando lo que tienes/haces tan o más valioso que tú, y diciéndotelo en caso de que tú hubieras opinado lo contrario) y permitirte sólo ver lo negativo, valorando positiva y enternecedoramente como “humilde” todo autodesprecio. Cuando te hundas de nuevo vendrán a rescatarte, pero nunca dejarán que te levantes del todo, pues dejarían de ser necesarios. 

Por supuesto, todo esto no va dirigido a nadie. No afirmo siquiera que la gente haga esto a propósito o conscientemente, sino simplemente hago un análisis social, una deconstrucción de unas pautas de comportamiento cultural. 

En muchos casos a lo que esto lleva es o bien a la baja autoestima real o a la fingida (la falsa modestia) para mendigar elogios ajenos, ya que no podemos otorgárnoslos por nosotros mismos (o carecen de validez). No obstante, incluso aquellos que practican la falsa modestia (la inmensa mayoría de la gente en algún momento de su vida) forman a menudo parte de ese grupo de depreciación que sanciona al que se valora por sí mismo. 

Mi conclusión y consejo es que trates de valorar tu opinión sobre ti misma como aprecias la ajena, pues ambas son igual de válidas. De hecho, en todo caso, será más importante la tuya, ya que eres la persona con la que has de convivir durante toda tu vida, por lo que más te valdría tenerte en cuenta para evitar que otros decidan por ti quién eres y debes ser.


jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Hembrismo?

Muchxs feministxs rechazan o niegan la existencia del hembrismo, considerándolo un término falaz, erróneo, que nos divide y se vuelve contra nosotras, perjudicando al movimiento. Hay, pues, dos objeciones fundamentales a su uso: el perjuicio que supone y el cuestionamiento de su propia existencia. 

Con respecto a las consecuencias de su uso mi conclusión es la opuesta. En primer lugar, dado que el concepto de feminismo es bastante confuso para mucha gente por su semejanza gramatical con “machismo”, este nuevo término nos permite identificar la diferencia de ambas terminologías adjudicándole un verdadero opuesto. En segundo lugar, el término nos permite distinguir y distanciarnos desde el feminismo de aquellas actitudes y prejuicios no feministas que perjudican gravemente al movimiento: con la negación del hembrismo, toda aquella actitud despreciativa hacia los hombres que no alimente la pervivencia del patriarcado (como lo haría, por ejemplo, el despreciar a un hombre por no ser valiente o no querer mantener relaciones sexuales) y por tanto no podamos explicar como forma “paradójica” de machismo, no podrá sino encuadrarse dentro del concepto de “feminismo”. 

El miedo a que se vuelva contra nosotrxs me parece injustificado, pues quien quiera acusar injustamente a una feminista o sección del feminismo de misándrico lo va a hacer conozca o no el término hembrismo, al igual que muchxs homófobxs acusan a los activistas lgbt de odiar y luchar contra los heterosexuales sin que la mayoría conozcan ni usen el término heterofobia. Por otra parte, considero que incluso aunque existiera esta posibilidad de que “se vuelva en nuestra contra” supondrá en último término un beneficio para el movimiento, en tanto que: 

1) fomentará la autocrítica y el debate interno sobre si algo es o no realmente feminista y justificable desde el feminismo. 

2) “saneará” el feminismo manteniendo a raya actitudes revanchistas y/o maniqueístas que frenan el avance del movimiento. 

3) ayudará a reforzar y hacer más firmes los argumentos y las bases sobre las que se sustentan nuestras reflexiones y acciones, al vernos quizás más expuestxs a los posibles recelos con respecto a nuestras intenciones, y esto, en último término: 

4) desarrollará la capacidad comunicativa y don de gentes de lxs activistas, haciendo al feminismo más accesible para todxs, alejándolo de la endogamia y restricción a la esfera académica e intelectual. 


Con respecto al cuestionamiento de su existencia, muchxs feministxs argumentan que, dado que el machismo no es una mera actitud sino todo un sistema, el hembrismo no existe en tanto que no existe ningún sistema que coloque a la mujer en una situación de poder con respecto al hombre, sometiendo y agrediendo a estos últimos, ni existen grupos de mujeres u organizaciones que defiendan la imposición de este sistema. 

La primera objeción a este argumento es que, en cierto modo, estxs feministas cometen el mismo error que todas aquellas personas que atacan al feminismo equiparándolo al machismo porque suenan como antónimos. Del mismo modo que el feminismo no es la inversión del machismo, el hembrismo tampoco es la inversión idéntica del machismo, aunque la formación gramatical sea análoga. Y es que ¿quién dice que el hembrismo es un sistema como el machismo o un movimiento por el mismo? Las personas que consideran que el concepto al que otrxs se refieren no existe no pueden ser quienes definan lo que ese concepto significa. Son sólo quienes afirman la existencia del hembrismo quienes pueden definir lo que es, y en base a la definición que éstxs asienten lxs detractorxs expondrán sus objeciones. En resumen: para oponerte a algo primero tienes que saber qué es ese algo, y no es quien niega la existencia de ese algo quien puede decir lo que es. 

Así pues, obviamente, el hembrismo no es un opuesto simétrico al machismo: nadie piensa en un sistema cuando habla de hembrismo, salvo unos pocos machistas/masculinistas que consideran que las mujeres dominan el mundo. El machismo, al igual que el racismo y especismo hegemónicos (hacia los no-blancos y no-humanos, respectivamente), en tanto problema estructural, conforma no sólo una actitud individual de discriminación hacia un cierto grupo, sino todo un sistema que perjudica, discrimina, oprime y estereotipa a los grupos minorizados (a nivel laboral, legal, cultural, simbólico, social, etc), por lo que goza de poderosos cimientos y está muy extendido. En estas discriminaciones, por tanto, puede distinguirse un nivel individual y otro social, estrechamente interconectados y que se retroalimentan. 

Sus discriminaciones opuestas, en la gran mayoría de los casos, no son más que una reacción de resistencia y autodefensa contra ese sistema discriminador, si bien convirtiéndose en respuesta desproporcionada al caer en las mismas generalizaciones que hegemónicamente ellos sufren. El hembrismo (así como el racismo hacia los blancos) es, pues, una discriminación que existe solamente a nivel individual y está muchísimo menos extendida que su opuesto dominante, pero existe. 

Hembrismo es, por ejemplo, que en un debate feminista se respeten y valoren las opiniones y argumentos de una mujer, y que cuando los da un hombre se considere que “quiere ir dando lecciones a las mujeres”.

Hembrismo es obviar por completo que el patriarcado también perjudica (aunque en menor medida) a los hombres, considerando que éstos no pintan nada dentro del movimiento feminista (o sólo pintan como aliados y calladitos, sin cuestionar nada). 

Hembrismo es generalizar en lo que los hombres hacen a las mujeres, prejuzgándoles móviles e intenciones.

Hembrismo es tachar de lloricas a los hombres que se quejan de algún tipo de discriminación o limitación que sufren, porque TODAS las mujeres SIEMPRE sufren mucho más (que, aunque así fuera el caso, tampoco es incompatible luchar contra ambas cosas, sino más bien complementario) y por tanto lo suyo es irrelevante y puro victimismo. 

Hembrismo es justificar y comprender un sinfín de actitudes desagradables y discriminatorias de mujeres, refiriéndose a sus circunstancias y condicionamiento social en tanto atenuantes o supresores de su responsabilidad, y no hacer el mismo ejercicio de comprensión con respecto a los hombres, como si ellos fuesen cabrones y machistas por naturaleza. 

Hembrismo es, en definitiva, juzgar con un doble rasero a hombres y mujeres en perjuicio de los hombres, desde una supuesta perspectiva antipatriarcal: prejuzgar, generalizar, minusvalorar y adoptar una postura maniqueísta con respecto al sexismo. NO es abogar por un sistema donde el hombre cobre menos, se lleve todo el peso de las tareas domésticas o sufra acoso y agresiones sexuales sistemáticas, al igual que muchos machistas no quieren estas cosas para las mujeres y no por ello dejan de serlo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Era tan trabajador...

Vivimos en un sistema socioeconómico que valora a los humanos y otros animales, cosas, lugares, conocimientos, etc en función de la ganancia que podamos obtener de su explotación. Aunque esto no sea nada nuevo, no deja de sorprenderme la forma en que esta ideología ha calado en el imaginario social no ya con aquellas cosas que son vistas como objetos o posesiones (que a veces son individuos), sino con las propias personas. El trabajo, un supuesto medio para poder vivir cómodamente –o sencillamente para poder vivir- parece más bien un fin en función del cual se juzga el “valor” de una persona. Es común recurrir a lo trabajador que alguien es a la hora de alabar la “calidad humana” de esa persona, ya sea lamentándonos de su muerte, hablando de compañeros de estudios, presentándole un/a novio/a a nuestros padres, etc. Los “vagos” son el mejor de los casos compadecidos, y en el peor despreciados o ridiculizados*, siendo la propia expresión de “ganarse la vida” bastante reveladora (¿es acaso un “premio” que podamos merecer o desmerecer en función de las horas de sufrimiento que aportemos?). 

En definitiva, se sigue considerando mayoritariamente que lo útil que le seas a tu patrón o las horas de resignación y esfuerzo que dediques autónomamente son algo que te honra. (Casi) nadie quiere realmente trabajar, pero cuando alguien no soporta esa alienación y trata de reducirla o evitarla es a la víctima a quien se culpa de no ser lo suficientemente fuerte y resignado, de querer ser feliz en vez de partirse el lomo como los demás, en vez de culpar a un sistema que nos obliga a dedicar un tercio de nuestras vidas en actividades monótonas, pesadas y angustiantes para poder mantenerla (la parte de nuestra vida que nos queda “libre”). 



*Cabría diferenciar entre alguien meramente “vago” y alguien irresponsable o “jetas”. No querer o poder trabajar no tiene por qué incumbir a nadie más que a la propia persona afectada. Responsabilizarse voluntariamente (y no por coacción) de hacer algo a medias o entre varias personas y no cumplir con tu parte obliga a los demás a asumirla, por lo que sí afecta a terceros y sí entiendo que sea motivo de rechazo, independientemente de la “culpa” que tenga o no el individuo.