Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Comprender no es justificar

En ocasiones se ha puesto en duda mi compromiso para con el antiespecismo, feminismo u otras luchas contra otras formas de discriminación por no exasperarme con aquellos que tienen algún tipo de opinión o actuación contraria y/o discriminatoria o incluso por oponerme a que sean tratados por otros de esa forma. En vez de partir de una posición defensiva, cuando mi paciencia me lo permite, trato de comprender por qué piensan como piensan y entablar un debate respetuoso en el que le muestre mi postura buscando los posibles puntos en común. Al parecer, eso me coloca en el lugar del opresor por “tolerar” su comportamiento, me convierte en una bienestarista. 

Sin embargo, simplemente trato de rechazar, en la medida de mis posibilidades, esa visión maniqueísta del mundo. Trato de no personalizar al enemigo ya que, desgraciadamente, los verdaderos enemigos son una fuerza invisible mucho más poderosa que un grupo delimitable de individuos: son los prejuicios y su inagotable capacidad de propagación. 

Cuando presenciamos o somos informados de casos de padres irresponsables, maltratadores o discriminadores sentimos lástima por los hijos que criarán, por las ideas que les inculcarán o por la violencia que sufrirán. Sin embargo, cuando esos niños llegan a la adolescencia o adultez y algunos proyectan en sus actos u opiniones esa educación y valores que han heredado, la mayoría de la gente olvida por completo esa lástima considerando al individuo como único responsable de que piense como piensa y actúe como actúa. Parece como si el libre albedrío de un ser humano adulto fuese claro y absoluto (así como los conceptos de Bien y Mal) y no estuviese para nada determinado o condicionado por la cultura (propia y colectiva) en la que se ha formado. Pero entonces, ¿por qué sentimos lástima por la educación que recibirá el niño o niña, si en cuanto desarrolle su capacidad de reflexión rechazará esas ideas inculcadas por su entorno (en caso de que sea una buena persona, claro; si es una mala persona continuará adscribiéndose a esas ideas, pero la culpa será sólo suya)? 

En caso de que eso fuese como esa gente lo ve, y que el que sea o no prejuiciosa no dependiese de la educación recibida, ¿no significaría esto que las malas y buenas personas nacen ya como malas o buenas personas –pues si su entorno no influye en su libre elección, el que unos se decanten por la “maldad” y otros por la “bondad” habría de ser algo genético- y por tanto tampoco así son responsables de sus actos u opiniones? Lo enfoque desde donde lo enfoque no logro encajar el concepto de culpa. 

Es por ello que ante una opinión sexista, xenófoba, especista, etarista, gordofóbica… trato de analizar primero sus palabras en busca de puntos en común, antes de rechazarlo, marginarlo y vituperarlo por mostrarse prejuicioso con respecto a algo. Si veo que las premisas desde las que parte son cualitativamente distintas a las mías (como en el caso de las personas que basan la legitimidad de sus argumentos en cuestiones espirituales o religiosas) ni me molesto en intentar debatir, pues no veo la forma en que podamos llegar a ningún acuerdo partiendo cada uno de axiomas en los que el otro no cree. Tampoco me molesto cuando veo que lo único que busca la otra persona es ofenderme con insultos y otras faltas de respeto. No obstante, en los restantes casos la comprensión me ha dado buenos frutos en algunas situaciones, logrando incentivar la reflexión sobre actitudes y formas de discriminación que antes no se habían planteado gracias a evitar una actitud defensiva como resultado de un juicio acusatorio y desacreditador. Y es por eso que a veces, aún quemada de volver a oír los mismos argumentos que considero falaces, me muerdo la lengua e intento ser clara pero educada por una cuestión estratégica. Porque es contra un prejuicio contra el que estoy luchando, no contra una persona; y por tanto no se trata de destruir a la persona sino a sus esquemas de pensamiento, que difícilmente se cambian por medio del insulto. 

No digo que siempre sea educada ni me creo mejor por no buscar culpables. Al igual que soy comprensiva con los demás también lo soy conmigo misma (que antes que activista soy persona), entendiendo que a veces puedo enfadarme por formas de pensar y actuar que rechazo y reaccionar con rudeza. Simplemente, por mi cosmovisión del mundo y por el bien de la causa que defiendo y de la que –desgraciadamente- soy a menudo vista como representante por mi interlocutor, trato de dejarla en el mejor lugar, buscando el mayor acercamiento a mi postura en el pensamiento del otro y no exasperándome también por mi propio bienestar. 

Todo esto tampoco implica que rechace la violencia bajo cualquier circunstancia, pues no soy una pacifista “mal entendida”. La violencia me parece legítima siempre y cuando sea un medio necesario y el más apropiado para lograr un fin justo. La cuestión es que muchas veces, aunque lo más apropiado para lograr un objetivo inmediato sea la violencia, resulta perjudicial a la larga para el avance del movimiento, y por ello hay que valorar no sólo los logros a corto plazo sino especialmente a largo plazo, es decir, hay que estudiar una estrategia. Como he dicho en el título, comprender no implica no posicionarse y tolerar. Comprender no es justificar. 


domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género. 

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.


domingo, 20 de enero de 2013

Cuestión de modales

De adultismo (que también) quisiera pasar a un tema de adultocentrismo (y de etnocentrismo, de paso): el aleccionamiento de los niños en los códigos de conducta. 

De pequeños se nos educa para seguir las normas sociales: coger el tenedor y el cuchillo de determinada manera, sentarnos de determinada manera, taparnos la boca al bostezar, no estirarnos en la mesa, mentir o callarnos sobre determinadas cosas, pedir perdón, dar las gracias, no eructar en público, etc.; normas sociales que los niños no siguen naturalmente porque, como su nombre indica, no son algo natural (biológico), sino una construcción social. Esto es fácilmente contrastable si conocemos un mínimo de antropología: en Japón es de educación sorber ruidosamente la sopa, en algunas tribus y países árabes eructar después de la comida es señal de cortesía, los inuits consideran ofensivo que los invitados rechacen acostarse con las esposas de los anfitriones, etc. No debemos olvidar, tampoco, que además de esa variable espacial tenemos una variable temporal: gran cantidad de protocolos de nuestra sociedad antes considerados normas de educación son ahora vistos como ridículos y, en consecuencia, ridículos aquellos que pretenden forzar a los demás a que los sigan.

Hago mención a esto, que aparentemente parece tan obvio, como crítica al comportamiento de aquellos (la gran mayoría) que enseñan con prepotencia a los niños la forma correcta de comportarse, es decir, no ya que les enseñen el modo de actuar que es costumbre en esa sociedad y las consecuencias que trae seguirlo y no seguirlo para que éste pueda valorar si le compensa o no, sino que los aleccionan en LA Forma correcta de comportarse, dando por hecho que la suya es errónea y, como adultos y más sabios, han de mostrarle cómo son las cosas. Conste que no estoy hablando de aquí de utilizar o no la violencia, la intimidación, las amenazas, el chantaje, etc. sino simplemente de una idea y una actitud del adulto, implícita o explícita, que puede perfectamente ser mostrada con “benevolencia” y condescendencia (de la mala). 

Es curioso cómo se tacha a menudo a los niños de caprichosos por querer hacer las cosas de una determinada manera o rechazar hacer las cosas de acuerdo a determinado protocolo, sin reparar en que ese protocolo, en muchos casos, no es más que otro capricho arbitrario de los adultos, y de hecho un capricho mucho más abusivo, pues se pretende con él obligar a todos a seguirlo mientras que el niño, generalmente, no obliga a nadie a hacer las cosas de esa forma en que él las prefiere. 


No estoy hablando aquí de casos como ceder el asiento del autobús a alguien aparentemente más débil, compartir, ofrecer ayuda a quien lo necesite, etc. pues ese tipo de cosas no son ya una cuestión de modales, sino de empatía, y como tal me parece muy positivo educar a los niños en ella. Hablo, por tanto, de convenciones más arbitrarias como las ya señaladas. 

Se podría aquí alegar que no seguir las normas de conducta también puede perjudicar a otros que se sienten incómodos con eso, pero no me parece comparable: una mujer en su último trimestre de embarazo (por ejemplo) lleva encima un peso al que no está acostumbrada, se siente seguramente incómoda, cansada y dolorida y encontrará mayores dificultades para caminar y mantenerse en pie, por lo que cederle el asiento cuando creemos que nuestra condición física es mejor me parece más que lógico; una persona que se siente incomodada porque bostecemos sin taparnos la boca o nos estiremos delante de ella no responde más que a un convencionalismo que no afecta a su vida para nada, sino a la nuestra, que limita en pos de una buena educación*. Del mismo modo, algunas personas se sienten molestas y consideran de mala educación las muestras de afecto en público entre dos personas del mismo sexo, una mujer con las axilas sin depilar, una mujer gorda que lleve biquini en la playa, etc. ¿Por qué se reprende al marginado (gordo, homosexual, mujer que no se depila, niño que no sigue un protocolo de educación…) por no integrarse (adelgazar, ocultar su orientación, depilarse, seguir un protocolo) en vez de reprender a los ofendidos por no aceptar la diversidad? No creo que estas discriminaciones sean muy distintas entre sí de acuerdo a lo que estoy reivindicando, a pesar de que algunas respondan a la segregación de un grupo que goza de cierta consideración (mujeres, homosexuales) y otras no tengan siquiera nombre conocido (como la gordofobia). 

Discriminar a alguien por no seguir un protocolo arbitrario me resulta, pues, igual de discriminatorio y perjudicial: discriminatorio con todos aquellos que no se sienten cómodos con los protocolos y perjudicial en tanto que nos alienan mermando la diversidad y, en muchos casos, haciéndonos la vida más incómoda innecesariamente, al rechazar aquello que nos sale naturalmente y con lo que no dañamos a nadie por una convención con la que pretendemos renegar de nuestra “animalidad”. Considero por tanto que debemos enfrentarnos a esa molestia impuesta por los protocolos sociales para normalizarlo y que podamos ser más libres de elegir cómo comportarnos. No pretendo con esto alentar a nadie a hacer nada considerado de mala educación sólo para llevar la contraria y romper los moldes, sino simplemente a que cada uno actúe de la forma en que considera más cómoda sin censurar la forma en que lo hagan los demás, siempre que ésta no dañe directamente a terceros. 

Trataré para finalizar dos casos aparentemente ajenos a esta crítica: los gases y los agradecimientos y disculpas. 

El tema de los gases (eructos y pedos) es controvertido por el tabú escatológico que recae sobre él. Aparentemente entraría dentro de esas “cuestiones de empatía” pues no son algo arbitrario ya que provocan verdaderamente, en algunos casos, un malestar olfativo a los demás. No obstante, nunca he oído/leído a nadie considerarlo desde el otro lado: cuando tenemos gases es debido muchas veces a una mala digestión y, en la mayoría de los casos, liberarlos puede aliviar a la persona de un malestar en mayor o menor grado. Por otra parte, excepto en los casos en que estemos encerrados en un recinto pequeño y sin ventilación (como un ascensor) no es difícil escapar de un mal olor, que no duraría en cualquier caso más que unos pocos segundos. Por todo esto, ¿realmente es más perjudicial un instantáneo malestar olfativo (que no siempre es así) que un dolor de tripas? Yo creo que en la gran mayoría de los casos la incomodidad del segundo es mayor que la del primero, que en su mayoría considero comparable a la incomodidad de aquel que se ruboriza ante una mujer gorda en biquini o sin depilar o una muestra de afecto homosexual, como ya he expuesto. Por otra parte, creo que ese malestar olfativo no deja de ser, al menos en parte, una cuestión cultural, pues que yo sepa (corregidme si me equivoco) somos el único animal al que le desagrada el olor de su orina/heces así como su propio olor corporal, que enmascaramos a toda costa (y que no se oculta y se aprecia en muchas otras sociedades). 

La crítica a las disculpas y agradecimientos es bastante más parcial. No me parece malo ni perjudicial, sino al contrario, que se dé las gracias y se pida perdón. Lo que me parece absurdo es que ese protocolo (como tantos otros) se convierta no en una muestra de nuestra gratitud o arrepentimiento, sino en una palabra vacía y falsa. Me refiero con esto a, por ejemplo, todos aquellos padres que obligan a sus hijos a decir “gracias” o “lo siento” cuando les regalan algo o hacen daño a otro ¿Cómo se supone que se puede obligar a alguien a agradecer o sentir algo? Una cosa es que los padres les enseñen empatía y el significado de esas palabras y los alienten a utilizarlas cuando las sientan, y otra cosa es que les enseñen a mentir obligándoles a decirlas por educación cuando quizás no las sientan (y es por cosas como ésta que, aunque no sepa cómo tratar con ellos y por eso los evite, prefiero a muchos niños antes que la mayoría de los adultos, mientras aún conservan su ingenuidad y sinceridad sin dobles caras). 

Otro uso del “gracias” que me llama la atención por lo absurdo que me resulta es el de utilizarlo cada vez que te dan una opinión favorable acerca de algo tuyo (y en este “algo tuyo” se incluyen hijos y animales no humanos con los que convivas, curiosamente, relegando en su tutor legal toda la responsabilidad de su personalidad como si ellos no tuvieran voluntad propia), porque ¿qué se supone que se está agradeciendo? Si es el hecho de que nos den una opinión, deberían agradecerse asimismo las opiniones negativas, pero raramente se agradecen y creo que no de la misma forma; entonces ¿se agradece que a esa persona le resultes inteligente, guapa, buena artista, buena profesional…? ¿No tendría más sentido que fuera la persona que ve algo positivo en ti quien te agradeciera tener ese algo positivo? Lo cierto es que tampoco es nada que me moleste, sino una mera reflexión. Quitando que con esto se fortalece la falsedad (se agradecen las opiniones positivas pero has de callarte las negativas, porque son de mala educación), no le veo tampoco mayor problema. 



*Es curioso que primero se eduque a la gente para que se sienta incómoda con determinada acción, para luego alentar a esa gente a que no la realicen por el bien común (el bien de toda la gente que se siente incómoda por esa acción, pues ha sido educada para que así sea).