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miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género. 

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Cuando los insultos dicen más del emisor que del destinatario

El insulto es generalmente una palabra (o conjunto de palabras que funcionan como una) que define un modo de ser o comportarse que consideraríamos denigrante y del cual acusamos al destinatario. Algunos insultos están vacíos de un concepto concreto o al menos de su significado literal original (cuando llamamos a alguien hija de puta, por ejemplo, no la estamos acusando de ser hija de una mujer que se dedica a la prostitución), pero muchos de los comúnmente utilizados son reflejo de los prejuicios sociales. Generalmente los insultos son discriminatorios con algún colectivo (racista, sexista, homófobo, etarista, gordófobo, especista…), con excepción quizás de palabras como falso, manipulador, arrogante, etc, que son más una definición de un comportamiento considerado antisocial que un insulto, otras como “mala persona” cuya definición depende de los principios morales del emisor y otras que no sabría cómo catalogar (cenizo, matao, zopenco, peinaolivas...).

Que la gente deje de utilizarlos o los sustituya todos por otros no discriminatorios lo veo una misión imposible, y tampoco es mi intención (yo misma los utilizo a menudo). Pero sobre lo que sí querría llamar la atención es sobre aquellas palabras o frases utilizadas a modo de insulto que no son simplemente un desahogo vacío de contenido (como puede serlo cabrón, gilipollas, hija de puta, imbécil, estúpida, etc) sino que reflejan en el fondo los prejuicios más o menos inconscientes del emisor. “Insultos” que son incluso utilizados por gente que cree estar en contra de la discriminación a la que se refieren. 

Este es el caso de palabras como fea, gordx*, maricón, negrx (o de cualquier etnia), nenaza (u otras palabras para acusar de femenino a un hombre), etc, acompañados a menudo por su precedente “putx/jodidx” y/o su subsiguiente “de mierda” (“puta gorda de mierda”, por ejemplo). Parece que cuando alguien hace algo que consideramos reprobable toda palabra “negativa” para mostrar la repulsa hacia este comportamiento está justificada. Si, por ejemplo, una tía que considerábamos nuestra amiga nos traiciona, o una desconocida sube un video a youtube cruel o discriminatorio, se justifica el insultarla a sus espaldas (o a la cara) llamándola fea o gorda, o negra o gitana si lo es, o zorra/guarra si sabemos que la tía es promiscua. Y esto no es un caso aislado, sino ampliamente común. Conozco personas que abogan por el feminismo y se muestran en contra de la discriminación hacia los gordos, por ejemplo, y no dudan en criticar a las demás por su aspecto físico o forma de vestir si la tía en cuestión es falsa, manipuladora, cruel, discriminatoria, etc. 

Sobre esto tendría varias cuestiones al respecto: si realmente se considera algo relevante y digno de mención el que una mujer sea (para ti) desagradable físicamente, ¿por qué se le oculta (o incluso se le miente descaradamente) todo el tiempo en que supuestamente eran amigas y se contaban las cosas (de ser el caso)? ¿Por qué se utiliza como arma arrojadiza una vez se ha truncado la relación? Parece que sólo puedes enterarte de la verdadera opinión de la gente (o de cómo son realmente) cuando les caes mal. Y, si la persona en cuestión se considera feminista ¿por qué la fealdad y el peso suele ser algo tan relevante para criticar a las mujeres y tan secundario en el caso de los hombres? 

En cualquier caso, no veo cómo puede venir al caso atacar con gordo, fea, maricón o negra a un hombre o mujer que hace o comenta algo que se considera éticamente reprobable o ridículo ¿Acaso lo moralmente inaceptable es que sea misógino, cruel con los animales, etc, estando gordo, por ejemplo? ¿Es un añadido reprochable a los hechos? ¿Si estuviera en forma, fuera guapo, blanco y vistiera bien lo hecho o dicho no sería tan ofensivo o estúpido? Considero que este tipo de cosas, aunque puedan tener el efecto inmediato deseado (ofender a la persona atacada) tienen un efecto nocivo a largo plazo, reforzando la discriminación que sufren aquellos grupos que se utilizan a modo de insulto. Además, no creo que realmente sea tan inocuo para la consciencia de la persona que los utiliza: si realmente consideras que características como el ser musulmán, fea, gordo, gay, poco masculino, vieja, joven, yonki o sexualmente insatisfecha son algo ofensivo como para utilizarlos de insultos cuando se dan en el individuo, creo que tienes bastante que trabajar en ti si realmente no te consideras una persona prejuiciosa y discriminadora. 


*Entrada relacionada: gordofobia.

lunes, 4 de junio de 2012

Homofobias

"A mi no me importa que los homosexuales coman por la mañana, pero que no lo llamen desayuno"


Estaba pensando en estos temas cuando me vino a la cabeza la idea de la homofobia. Creo que el saco de este término en el que suelen introducir a los individuos así calificados es demasiado amplio y heterogéneo como para no establecer algún tipo de diferenciación, como pasa con el concepto de racismo: algunos utilizan indistintamente el término para calificar actitudes y opiniones que pueden variar desde lo que constituiría propiamente el racismo a otras discriminaciones como la xenofobia o perspectivas parciales (a veces inocentes o inintencionadas) como el etnocentrismo.

Así, me voy a reducir únicamente a la homofobia con respecto a los hombres homosexuales, por ser la más visibilizada y sobre la que tengo más conocimiento, y trataré de hacerles justicia clasificándolos taxonómicamente como si de un estudio zoológico se tratase:


1. El antipluma: en mi opinión y experiencia (muy reducida, lo sé) este individuo es de los que más abundan. Se caracteriza por odiar no las orientaciones sexuales en sí sino las desviaciones masculinas del rol genérico hegemónico, es decir, aquel estereotipo tan extendido por los medios del “gay locaza” (un estereotipo que por otra parte es bastante distorsionado, por no variar).

Aquí nos enfrentamos a varios problemas: o bien el individuo odia el comportamiento pijo, superficial y teatral en sí (el cual también a mí me desagrada), y por tanto independientemente de si se da en hombres gays o heteros o en mujeres (que es entre las que más abunda), o bien lo odia sólo en los hombres y lo acepta o incluso le agrada en mujeres. En el primer caso el individuo no es homófobo, en el segundo, en cierto modo, sí. Aquí los límites entre homofobia y sexismo se difuminan bastante, o al menos yo consideraría una forma de sexismo, y no homofobia, el discriminar a un hombre heterosexual por comportarse de esa forma, ya que aquí el factor de la homosexualidad no se encuentra en la víctima, sino la desviación del comportamiento que se le atribuye en tanto “hombre”, análogamente a la discriminación de las mujeres que reniegan de su rol femenino y no por ello son lesbianas.

Podríamos considerar aquí un subgrupo: el espectador. Aquel que no es que le desagrade ese comportamiento en otros tíos, sino que disfruta observándolo y ridiculizándolo, convirtiendo al homosexual en una especie de payaso adorable que no supone más amenaza que la de la risa.


2. El hipocondriaco: dícese del individuo tan obsesionado por la salud (psicológica) que ve enfermedades donde no las hay, en este caso en las orientaciones sexuales ajenas. Este tipo de afirmaciones son bastante odiadas pero, no obstante, habría que distinguir aquí dos subgrupos: el hipocondriaco intolerante y el hipocondriaco tolerante.

El hipocondríaco intolerante considera la homosexualidad como una especie de enfermedad bacteriana potencialmente pandémica, algo así como que deberías llevar una mascarilla en el autobús si pasas cerca de algún invertido, por si acaso estornudase. Debido al peligro que este trastorno supone para la salud pública, el hipocondriaco intolerante se preocupa por su familia y conciudadanos exigiéndole al homosexual que acuda a un especialista para que lo cure cuanto antes, antes de que consiga propagar el virus. También está la versión cristiana de los que se preocupan por el alma del pecador y se toman muy a lo personal lo de librarte de la condena eterna.

El hipocondríaco tolerante, por su parte, simplemente opina que estás enfermo, pero lo que tú decidas hacer con tu vida, curarte o no, le da exactamente igual. A mí esta persona no me parecería una amenaza, excepto por su oposición en temas de normalización de la homosexualidad (que no fomento de) que ayudarían a reducir la homofobia, ya que supongo que no le parecerá aceptable que se trate de normalizar una “enfermedad” aduciendo que es una opción igual de respetable que “la correcta”. Por lo demás, tampoco considero que sea realmente preocupante la opinión que tenga mientras no se inmiscuya con ella en tu vida. Los psicólogos/psiquiatras ponen etiquetas a todo y casi cualquier comportamiento es tachado de trastorno: alguien podría considerar que una obsesión por, pongamos, ducharte varias veces al día, o ser extremadamente desordenado, es una especie de trastorno o enfermedad mental, pero si a ti no te supone ningún tipo de problema y mientras sus opiniones no afecten a tu libertad para hacerlo, no veo porqué gastar energías en convencerlos de lo contrario.


3. El decoroso: este individuo, que en algunos casos podría considerarse una especie de hipocondriaco por el miedo al contagio a través del contacto visual, afirma no tener problema con la orientación sexual de cada cual…siempre que se avergüencen de ellas y no las muestren en público. No hay condenación del alma (o igual sí, dependerá del caso) ni peligro social, pero lo de mostrar afecto por tu compañero se considera algo así como el cagar: o lo haces en tu casa encerrado en el baño o, si te da un apretón y no tienes servicios públicos cerca, te escondes tras un matorral sin que los viandantes te descubran.



4. El agresivo: este es el más peligroso de todos, tomándose como una gran ofensa que no coincidas en sus gustos sexuales. Quizá por fanatismo religioso o ideológico, porque ve dos cuernos sobre sus cabezas o porque no se atreve él mismo a salir del armario, adopta una actitud defensiva e identifica al otro como “la amenaza homosexual”, iniciando una persecución que puede variar desde reprobaciones o insultos desde la seguridad del anonimato hasta palizas de muerte para hacerle ver el agravio que supone su existencia y sugerirle respetuosamente que no se vuelva a repetir.


5. El receloso: he dejado para el final uno de los menos dañinos pero también el más obviado y subliminal. Muchos de ellos se consideran incluso antihomófobos, pero el inconsciente les traiciona diariamente. Sienten que, ante ellos, su virilidad corre peligro, y se ven demasiado presionados por el grupo. Pueden tener incluso amigos homosexuales a los que aprecien, pero nunca bajarán totalmente la guardia por miedo -consciente o no- a que lo identifiquen con su opción sexual: limitarán las muestras de afecto y debilidades emocionales, y considerarán y utilizarán generalmente como insultos palabras como “gay” o “maricón”, así como cualquier sugerencia o confusión sobre su sexualidad o el dimorfismo de sus gónadas (me ha pasado bastantes veces que algunos tíos se sientan ofendidos porque, intencionada o inintencionadamente, se haya referido alguien con generalización femenina a un grupo de mujeres en el que estaba incluido). La cuestión es: si tan abiertos son de mente, tan aceptable es la homosexualidad y tan defensores son de la igualdad de género… ¿a qué ese miedo? ¿Qué tiene de peligroso o insultante que te confundan con un gay o una mujer? Como ya señalé con respecto al primer grupo, esta no es sólo una cuestión de homofobia, sino que entra en juego el sexismo, el peligro inconsciente del descenso del estatus privilegiado del macho al de la hembra, y por tanto el miedo a todo lo que esté vinculada con ésta, ante lo que su condición de varón peligra.