Mostrando entradas con la etiqueta relaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relaciones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Monogamia y poliamor, ¿nace o se hace?

Podemos entender el poliamor, al igual que la monogamia, de dos formas distintas: en tanto orientación refiere a la capacidad de sentir atracción “amorosa”, sexual, enamoramiento, etc por varias personas simultáneamente (que no que se esté dando necesariamente esa simultaneidad en el momento presente); y la monogamia como orientación refiere a la incapacidad de sentir esto: una persona monógama sólo puede enamorarse, sentir atracción “amorosa” y, teórica o al menos tradicionalmente, también sexual, por una sola persona a la vez. A nivel pragmático/social, el poliamor refiere a un/os tipo/s de relación/es en la/s que la libertad afectivo-sexual de todos los implicados no sea restringida, pero en la cual todos ellos estén informados de esta no-restricción y muestren su consentimiento. La monogamia, por su parte, referiría a un tipo de relación en la cual la libertad afectivo-sexual de ambas partes se restringe a su compañerx, si bien existen de forma más minoritaria variantes en que la sexualidad de una o ambas partes cuenta con menores niveles de restricción. 

Si bien la gran mayoría de las relaciones que se establecen son monógamas, dudo mucho que la mayoría de la gente lo sea, como muestran estudios y estadísticas. Sin embargo, la gente sigue estableciendo relaciones monógamas convencionales pese a sentirse atraída por varias personas simultáneamente, o pese incluso a poner luego los cuernos a su pareja. Las razones para hacer esto son variadas, si bien el condicionamiento y presión social tienen un gran peso. A veces también una de las partes de la pareja no quiere una relación monógama pero la otra parte sí, y la primera cede. Otras veces una o ambas partes de la pareja quiere libertad afectivo-sexual para sí misma pero no soporta que su compañerx la tenga, de modo que acepta restringirse él/ella a cambio de que también se restrinja la otra parte, “yo me jodo si tú te jodes”. 

Bajo mi punto de vista una relación poliamorosa es más “sana” que una relación (que no orientación) monógama, en tanto que la segunda es más restrictiva (igual que es más restrictiva una relación en que ambos cónyuges se prohíban pasear por el monte que otra en la que no, y en la que, por tanto, si alguno de los dos quisiera hacerlo tuviera que reprimirse o ir a espaldas de su pareja) y la represión amorosa y sexual es para mí algo negativo, y en tanto que la libertad que da una relación poliamorosa permite una mayor autonomía, una mayor seguridad en tanto que no tienes que temer que tu compañerx te deje por encontrar a otro, etc. No obstante, con esto no quiero decir que toda relación poliamorosa sea más sana que toda relación monógama: no hablo de casos particulares sino en términos generales y abstractos. Asimismo no quiero con esto decir ni mucho menos que las personas monógamas sean menos sanas que las poliamorosas: sentir atracción afectivo-sexual por una sola persona no tiene nada de represivo, al igual que no lo tiene sentir sólo atracción afectivo-sexual por personas del sexo contrario. Lo represivo es no sentirlo así pero imponerte ese límite, igual que sería represivo tener la capacidad de sentir atracción amorosa-sexual por individuos independientemente de su sexo o género pero limitarse sólo a mostrarlo y consumarlo con el sexo opuesto. 

Dicho esto, aclaro también que no me meto con cómo quiera cada uno vivir sus relaciones, ni voy por ahí intentando “poliamorizar” a la gente. Si acaso veo que algún amigx sufre por su forma de vivir esas relaciones puedo sugerirle algo al respecto, pero no trato de coaccionar o persuadir a nadie de nada. 

En relación con esto, me encuentro con gente que envidia a la gente poliamorosa pero considera que ellxs no pueden establecer esas relaciones, que no son capaces de no sentir celos, etc. Si bien no defiendo la idea de que todos seamos o podamos ser poliamorosos, o de que el poliamor sea lo adecuado para todo el mundo, sí creo que puede serlo para más gente de la que cree poder, si es que realmente quiere. 

Contrariamente a lo que alguna gente cree o incluso a lo que algunos poliamorosos difunden, no (siempre) se nace poliamoroso, ni se nace (en muchos casos) con una incapacidad total para sentir celos. En primer lugar, no considero que las emociones, orientaciones sexuales, sociales o lo que sea sean algo determinantemente biológico, sino que la cultura tiene en esto una influencia importante. En segundo lugar, prácticamente todos en esta sociedad somos educados para la monogamia, se nos cría desde pequeños en el ideal del amor romántico, aprendemos o reforzamos a través de todos los medios de comunicación a sentir celos, a considerar que el amor va irremediablemente unido a ellos y son algo incontrolable, a pensar que el “amor de verdad” sólo puede sentirse hacia una persona, que si tu compañerx quiere acostarse con otra persona o lo hace no te quiere, etc. Debido a esto, muchas personas actualmente poliamorosas o que lo serán se han sentido monógamas en algún momento, han establecido ese tipo de relaciones, han tenido celos y han albergado ese tipo de prejuicios del amor romántico, etc. 

Para mí este proceso fue algo parecido al veganismo/antiespecismo: primero, un día, empecé reflexionando y cuestionándome prejuicios sobre el trato hacia los otros animales / las relaciones de pareja; después busqué información, opiniones de otra gente, etc y mi oposición a lo que me habían enseñado se asentó más y volvió más sólida, por lo que decidí modificar gradualmente mis hábitos y forma de relacionarme, ya que no se correspondían con lo que consideraba correcto para mí. No obstante, casi una década y media de socialización especista y monógama habían calado muy hondo en mi subconsciente y emociones. Por tanto, no bastaba con rechazar racionalmente el especismo o la forma monógama de relacionarse para superar de un día para otro todo lo que me habían enseñado al respecto. La deconstrucción de esas ideas y la superación de esos prejuicios fue un proceso gradual y, entre ellos, también el control/superación de los celos. 

En mi opinión, la comunicación es un apoyo fundamental en ese proceso: el poder hablar con tu/s compañerx/s cómo te sientes al respecto, la sinceridad, el no ocultarse los encuentros y relaciones que se tengan con otra gente, el tratar el tema con naturalidad, etc. para ir cerciorándote emocionalmente, poco a poco, de que las otras relaciones no tienen por qué cambiar ni reducir el amor que sentís el uno por el otro, para ir superando juntos el miedo, las inseguridades y competitividad que surjan de esto, etc. Los celos, si los tienes, no desaparecerán de un día para otro sino que necesitas atreverte a admitirlos, comunicarlos y enfrentarte a ellos (como con el miedo). Es posible que nunca llegues a superarlos completamente, pero esto no significa que debas rendirte y dejar que ellos tomen el control de tu vida: los celos son sólo una emoción más, como todas aquellas con las que lidias diariamente (enfado, odio, frustración, calentón…). Admitirlos es un primer paso para derrocar el control que tienen sobre ti y pasar a ser tú quien los controla. 

No todo el mundo podrá sobreponerse a esto, pero todo el que quiera o envidie este tipo de relación puede al menos intentarlo. Y quizás, aunque tras eso decidas finalmente que el poliamor no es para ti, la experiencia te ayude en tus futuras relaciones monógamas a llevarlas con mayor libertad, seguridad y honestidad.


lunes, 24 de junio de 2013

¿Quién defiende a los amantes?

Como ya he criticado en una entrada anterior, hay bastantes cosas que no me cuadran dentro del paradigma monógamo convencional, una de ellas es el odio hacia los posibles o reales competidores ilegítimos, los amantes. 

La ideología monógama establece que el interés afectivo-sexual sólo puede darse hacia el individuo con el que están emparejados (o al menos debe evitarse todo contacto romántico-sexual con quien no sea la pareja). Esta exclusividad es teóricamente una muestra de amor y, por consiguiente, no practicar esta exclusividad indica que la persona no está verdaderamente enamorada ni guarda el debido respeto por su pareja. 

Ahora bien, estas condiciones son un “contrato” que se establece (que se da por hecho, generalmente) para con la persona con la que te encuentras emparejada, no con los amigos, compañeros, conocidos o desconocidos. Entonces, ¿qué responsabilidad tiene el amante o el rollo de una noche con respecto al “contrato” de los individuos que no son su pareja? ¿Por qué habría de culpársele a él/ella de que la persona con la que mantiene una relación esté faltando a su palabra para con otra persona? 

No dejo de ver y oír reproches hacia esas personas (generalmente mujeres) tales como que son culpables de destrozar una pareja/familia, y digo yo ¿acaso la pareja/familia no estaba rota desde antes de que el rollo o amante entrara en escena? ¿Acaso la culpa no habría de corresponder íntegramente a la persona que ha puesto los cuernos a su pareja, pues ese acto no es (en teoría) más que un síntoma de que no estaba verdaderamente comprometida con la relación? 

Culpar al amante de seducir al hombre o mujer comprometidos es análogo a culpar a la víctima de una violación de provocar a su violador. Es el emparejado el que tiene teóricamente el deber de no engañar a su pareja: el amante no está engañando a nadie, porque nunca ha prometido nada. Más aún, si la figura del amante -o individuo cualquiera con el que se ha tenido una aventura puntual- ha de suscitar algún sentimiento, éste habría de ser el agradecimiento: es gracias a ella/él que puedes descubrir que tu pareja no te ama ni respeta (según la lógica monógama), es gracias a los “competidores” que tratan de seducir a tu pareja como puedes cerciorarte de que ésta está o no verdaderamente enamorada de ti, en función de si los acepta o los rechaza. Cuanta más gente ande detrás de tu pareja, más pruebas de su compromiso obtendrás. 

No obstante, cabría una posibilidad según la cual la violación de estas “condiciones de noviazgo” por parte de una persona ajena pueda ser lógicamente condenable: que el noviazgo/matrimonio se conciba como un contrato de propiedad, no como una mera promesa de lealtad y respeto entre dos personas. Sólo en este caso mencionado es reprochable la acción de un amante, en tanto que su aventura sería un ataque a la propiedad privada. Sin embargo, esta concepción conllevaría que los individuos implicados en el contrato son objetos alienables, no sujetos responsables de sus acciones (lo cual es de por sí contradictorio, pues supone que los dos individuos son y no son sujetos y objetos al mismo tiempo). 


Como tantos otros temas, éste no se libra de una perspectiva de género. Basta analizar en los medios audiovisuales la figura del amante y la amante, el marido infiel y la esposa infiel, así como los reproches que suscitan los cuatro tipos de individuos, para reparar en la diferente consideración que se tiene de los mismos en función del género. Si bien todos esos individuos son culpabilizados, la mujer suele llevarse la peor parte. Como ya he mencionado antes, a menudo se culpabiliza a la amante de un hombre comprometido por seducirlo, restándole así a él responsabilidad sobre sus acciones. Sin embargo, escasas veces se culpa al amante varón por seducir a la mujer, pues “como todos sabemos” es la mujer la que provoca, la que debe cuidarse de no tentar al varón con su cuerpo libidinoso. 

Con respecto a los reproches o ataques la diferencia es análoga: a las amantes se las suele culpar, como ya he mencionado, de destrozar familias. Son ellas las culpables de provocar a los maridos ajenos causando que las víctimas de sus encantos falten al compromiso monógamo con las “mujeres de bien”: sus legítimas esposas. Los amantes, por su parte, suelen recibir ataques más virulentos por la invasión de un territorio ajeno. La existencia de un amante es una ofensa para el novio/marido en tanto que este individuo le está burlando la propiedad que le pertenece legítimamente, el cuerpo/sexualidad de su pareja. Basta reparar en lo común que es que un baboso se te despegue más fácilmente si le dices que tienes novio que si simplemente lo rechazas, incluso reiteradamente, o bien que, cuando se lo dices con tu novio delante, se disculpe ante él en vez de ante ti. 

Por supuesto, existen muchos otros reproches con respecto a los y las amantes y más hoy en día, muchos de los cuales son iguales para ambos sexos; no obstante, desgraciadamente, la diferencia de género mencionada sigue vigente implícita o explícitamente en una gran cantidad de situaciones.

domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género. 

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.


lunes, 28 de enero de 2013

La sexualidad femenina

La santa y la puta, esa eterna dicotomía femenina que el imaginario social todavía no ha abandonado. Algunos sexistas reivindican y otros se quejan, sintiéndose discriminados, del pedestal en que a veces es erguida la mujer; pero lo cierto es que ese pedestal es un corpiño de hierro que no eleva a la mujer, sino a la imagen ideal que el imaginario patriarcal proyecta sobre ella: madre abnegada, ama de casa omnipotente, esposa dulce y dócil, mujer “recatada” pero atractiva, etc. En el momento en que desobedece alguno de los mandatos sociales que pesan sobre su género caerá irremediablemente de ese trono para ser tildada como su antagónica: la zorra. 

Y es que zorra o puta no es más que aquella mujer que se niega a cercenar su sexualidad en el papel pasivo que la sociedad le impone, además, con mandatos contradictorios: si te acuestas conmigo eres una mujer fácil, si no lo haces eres una estrecha; si te vistes de forma provocativa eres una puta, si no te vistes de forma femenina eres una marimacho; si cumples mis fantasías sexuales eres una guarra, si no lo haces eres una aburrida; si no cumples con los cánones estéticos de poco vales, si gastas el tiempo y recursos necesarios para poder cumplirlos eres una superficial, etc. 

Pero ¿por qué, si eres mujer, disfrutar de tu propia sexualidad sin hacer daño a nadie (sino al contrario) merece el vituperio social? Pues, entre otras cosas, por la idea tan antigua y complementaria de esta dicotomía, de que el cuerpo y sexualidad femeninas son un pecado, una tentación hacia el hombre de la que las mujeres son responsables y, como tal, de él han de expiarse. Para los que crean que exagero y son cosas del pasado u otras sociedades, basta reparar en la común culpabilización de muchas mujeres violadas o acosadas: “si es que lo iba pidiendo”, “eso te pasa por emborracharte”, “si no querías acostarte con él no deberías haber flirteado”, “no deberías haber salido sola por la noche”, “¿si no quieres que te digan guarradas para qué te vistes así?”, etc. ¿Acaso el cómo vaya vestida una mujer atenúa o invierte la responsabilidad del acoso o la agresión sexual? ¿Acaso la ebriedad justifica la manipulación o forzamiento de la persona? ¿Acaso la mujer violada es culpable por querer utilizar legítimamente la vía pública sin temer por su integridad? Nunca he oído a nadie decir de un hombre (o mujer) que “iba pidiendo que le robasen” por salir a la calle con ropa cara, o que “iba pidiendo que lo asesinasen” por salir por un barrio conflictivo sin armas para defenderse. Pero la violada “iba pidiendo que la violasen” por atreverse a no ir escoltada y tentar a los hombres con su cuerpo libidinoso por el que los pobres agresores se han visto irremediablemente seducidos, no pudiendo contenerse.


Volviendo a la cuestión inicial, este vituperio de la mujer que pretende hacerla sentir culpable e inferior por incurrir en ciertas conductas sexuales que violan las expectativas de género tradicionales es conocido como slutshaming y, desgraciadamente, no es un comportamiento precisamente minoritario, ni siquiera entre los jóvenes. Gran cantidad de hombres y mujeres censuran a otras mujeres por vestir de forma “provocativa”, ser promiscua o “fácil”, mantener muchas relaciones sexuales, mostrar el pecho o los genitales, disfrutar de alguna práctica sexual fuera de lo común o privado (como realizar cybersexo, sexo en grupo, porno casero, prostituirse…), flirtear o hasta por masturbarse, como se ve en las numerosas imágenes y bromas que circulan por todas las redes sociales (1), (2), (3), (4), (5), (6), (7), (8), (9).

Por supuesto, huelga decir que un hombre que vaya en pantalones cortos y hasta sin camiseta por la calle no “va pidiendo” nada ni pierde un ápice de respeto, si mantiene muchas relaciones sexuales es un crack, si se desnuda en público es gracioso o valiente, flirtear mucho o masturbarse es de lo más normal y realizar porno, sexo en grupo o cobrar por sexo lo convierten en alguien admirable. El peso de la culpa recaerá siempre sobre la que “se abre de piernas”, que será aquella para la cual peligre su estatus de “mujer de verdad”. 

Por último tenemos el popular concepto de friendzone. Para los que desconozcan su significado, hace referencia a una relación platónica en la que uno de los integrantes desea establecer una relación romántica mientras que el otro sólo está interesado en una amistad y, una vez establecida esa “zona de la amistad”, se supone que la relación suele estancarse ahí y es difícil hacerla avanzar hacia el romance. Cuando se habla de friendzone suele ser algo unilateral donde el hombre es amable y considerado esperando convertirse en novio de la mujer mientras que ésta sólo lo ve como un amigo y, a menudo, esas mujeres son culpabilizadas por no sentirse atraídas hacia esos amigos. Nuevamente son tachadas de zorras porque, según parece, las mujeres deberían venderse al mejor postor, en este caso al que sea más amable y caballeroso con ella, correspondiéndole con sexo. Si no premia ese “esfuerzo” que están haciendo por ser buenos con ella con algo más que amistad y/o se siente atraído por otro hombre sólo por su físico, es una completa zorra. Por supuesto, nadie menciona ni le importa que muchos de esos pobres luchadores caídos en la fatídica friendzone han tratado de ganarse a la chica por su atractivo físico, pues es perfectamente entendible que a un hombre sólo le interese una mujer por su físico, al fin y al cabo ¿a qué otra cosa podrían ellas a aspirar más que a ser un bello objeto? es sólo responsabilidad de éstas el vender el trofeo de su belleza al chico más cortés. 

Y es por denunciar todo esto, por rechazar estos prejuicios y concederme el derecho de disfrutar libremente de mi sexualidad, que no veo lógico seguir renegando de un concepto con el que sólo pretenden acortar mi libertad so pena del ostracismo que implica su acusación. Porque antes de que nadie me lo llame ya lo afirmo yo: sí, soy una zorra, ¿y qué? 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Crítica de la razón monógama

Desde pequeños nos educan para jerarquizar, limitar y clasificar nuestro afecto en un conjunto limitado de etiquetas. Se establece fundamentalmente una división entre el amor hacia los amigos o amistad y el amor romántico hacia una persona, amor considerado a menudo el más fuerte y verdadero. Con este tipo de sentimiento, además, se dan por hecho una serie de normas: sólo puedes sentirlo por una persona, viene acompañado de un sentimiento de posesividad romántico-sexual y requiere de un sacrificio por ambas partes. Tanto es así que las personas que no lo sienten de esa forma son a menudo discriminadas, ya no sólo legalmente (pues no puedes casarte o establecer como compañero sentimental a varias personas) sino socialmente, considerando que no han encontrado a la persona adecuada o no están verdaderamente enamoradas. 

En primer lugar, la creencia de que sólo puedas sentir aquello denominado amor romántico por una sola persona me parece algo bastante castrante y, en la mayoría de los casos, falso. Lo más común entre las personas que se sienten monógamas no es tener una única relación romántica para toda la vida, sino varias. Tampoco es poco común que esas personas se encuentren en algún momento de su vida en una encrucijada emocional en la que deban elegir entre dos o más personas que le gustan a aquélla con la que mantener finalmente una relación romántica. Pongamos, pues, que una persona se encuentra en una relación de pareja con alguien a quien quiere y aparece en su vida otra persona de la que se acaba enamorando: ¿Cómo se encaja eso con una forma de sentir supuestamente monógama? ¿Se borra de golpe todo el amor que sentías por esa persona con la que llevabas tanto tiempo compartiendo tu vida porque aparece otra que la sustituye? ¿Habías estado engañado hasta el momento creyendo que ese era el “amor de tu vida” porque ha aparecido otra persona que te atrae de esa misma forma? Y, si la cambias por la otra persona y luego aparece otra, ¿habías estado engañado otra vez y así ad infinitum? 

En segundo lugar, el tema de la posesividad es algo que también se vincula a menudo intrínsecamente al sentimiento de amor romántico. Se considera que querer a alguien de verdad implica querer limitarlo sexual y emocionalmente, querer que “sea sólo tuyo”, pero ¿la exclusividad es un ideal al que se aspira o algo que de hecho tiene lugar? En mi experiencia, no he conocido a nadie que por encontrarse en una relación monógama haya visto su libido totalmente anulada para con toda persona que no sea su pareja sentimental, sino que simplemente se reprime para no hacerle daño ¿Qué sentido tiene entonces esa exclusividad? ¿Qué diferencia hay entre desearlo y hacerlo? Una persona no es monógama sólo porque al estar en una relación de pareja con otra persona reprima sus deseos de estar con otras, sino que lo es solamente si de hecho no quieren estar con nadie más que con su pareja. Si a mí sólo me atraen las mujeres pero nunca he estado con una por miedo a la marginación social no por ello dejo de ser lesbiana, del mismo modo que que si me atraen sexualmente otras personas aparte de mi pareja y/o me masturbo pensando en ellas pero no mantengo relaciones con ellas por miedo a las consecuencias no por ello soy fiel a mi pareja, desde el punto de vista de la exclusividad afectivo-sexual. 

Este deseo de posesividad y circunscripción de la libertad del otro se conoce a menudo como celos. Cabría aclarar aquí la definición correcta de este término, desde mi punto de vista, pues a pesar de ser algo tan común es igualmente común utilizarlo de forma incorrecta, confundiéndolo con la envidia: sentir celos es desear que una persona no disfrute de algo, aun cuando el no hacerlo no supusiese disfrutarlo tú mismo. En este caso, los celos implican desear que una persona no se relacione con otra en un plano afectivo-sexual, querer que únicamente mantenga ese tipo de relación contigo o preferir que no lo haga con ninguno antes que con el otro, en caso de no tener tú ninguna posibilidad. La diferencia fundamental con la envidia es que esta última sólo desearía una situación más favorable para ti mismo, no la evitación de un bien menor o igual para la otra persona, es decir: si mantienes una relación con una persona y esa persona encuentra a otra con la que empieza a mantener una relación, el sentimiento sería de celos si tú deseases que abandonase la relación con esa persona aunque la vuestra no cambie lo más mínimo por esa nueva relación, pero sería de envidia si únicamente deseases que acabase su relación (o fuese menos intensa) porque implica un descuido de la vuestra, veros menos por quedar con la otra persona, etc. La diferencia se ve más claramente cuando las personas o cosas implicadas no lo están por una relación romántica: por ejemplo, se podría sentir envidia por un nuevo trabajo o afición de la pareja que restase mucho tiempo a vuestra relación, pero no son comunes los celos en ese caso: sólo se busca que las aficiones/trabajo del otro no reste tiempo e intensidad a la relación, no que no se practiquen en ningún caso. 

Los celos son generalmente consecuencia de las inseguridades y miedo al abandono, pues una relación monógama requiere estar alerta para anticiparse a los sentimientos que pudieran aflorar en la otra persona, ya que si encuentra y se llega a enamorar de otra persona, la relación se acabará contigo. En una relación poliamorosa sana, sin embargo, este miedo e inseguridades pueden eliminarse, pues en ningún caso la aparición y enamoramiento de nuevas personas supone el fin ni deterioramiento de ninguna relación anterior: nadie más que los propios implicados pueden acabar con esa relación, y no tienes que cargar con la presión y el miedo de ser suplantado. En mi opinión, el amor por alguien no es sustituible ni guardamos tampoco una cantidad de amor limitado que se vea reducido en función del número de divisores a repartir. Cada persona, para mí, es irremplazable, me transmite un sentimiento distinto y los quiero (en caso de que los quiera) de una forma distinta. Mi amor por la persona con la que me encuentro en una relación poliamorosa actualmente es tan fuerte como el que podría sentir cualquiera en una relación monógama convencional y sin embargo no siento ninguna necesidad ni deseo de limitar sus otras relaciones: sólo sabiendo que tiene toda la libertad para estar y sentir lo que quiera por quien quiera y que a pesar de ello no me deja nunca de lado sé que verdaderamente me quiere y no sigue conmigo por miedo a no encontrar otra persona mejor o estar solo. 


Por último, veo también en mi experiencia que las relaciones monógamas son, por lo general, muy poco sanas: se basan en el sacrificio mutuo por el otro, renunciando a tu individualidad. Cuanto más “seria” se considera una relación más se funden ambos en una sola entidad: la de la pareja. Las personas emparejadas suelen dejar o desgastar con el tiempo las relaciones con sus amigos y, fundamentalmente, se privan bastante de quedar con ellos a solas: se da por hecho que los amigos de uno han de serlo también de su pareja, y si la cosa no parece muy compatible con determinados colegas han de dejarse de lado. Las vacaciones son siempre en pareja, las decisiones personales se toman o como mínimo se consultan con la pareja, etc. Es común ir a sitios, quedar con gente o hacer cosas que no te gustan por la otra persona, en lugar de ir a los sitios, quedar con la gente o hacer las cosas que a cada uno le gustan por separado, en el caso de que no coincidáis en esos gustos. Todo ello da lugar a una limitación de la libertad individual (además de la anteriormente explicada), un “dar por hecho” cosas que en teoría debería hacer o decir la otra persona, reproches por no querer hacer cosas que en teoría deberíais compartir y mentiras para evitar esos enfados y reproches, ocultar la atracción que podrías sentir por otras personas, etc. 

Aclaro, para finalizar, que con esto no digo que las relaciones monógamas, por definición, tengan que ser de esta forma, sino que por lo general las relaciones monógamas convencionales sí son así. Tampoco pretendo enseñar a nadie cómo debe vivir su vida amorosa, sino sólo exponer mi opinión personal sobre el tema y mi perspectiva y forma de sentirlo.