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viernes, 27 de diciembre de 2013

Nazis de la gramática

En el mundo anglosajón se conoce como grammar nazis a los “guardianes de la lengua” que se dedican a censurar a todo aquél que se salga de las normas estipuladas por los eruditos del lenguaje. Aunque a veces pueda usarse, cayendo en el mismo error, hacia aquéllos que deciden escribir respetando escrupulosamente la normativa en todos los contextos comunicativos (incluyendo sms, chats, etc), en general refiere a la actitud arrogante de quienes corrigen y critican a los demás cada vez que no utilizan una gramática que consideran adecuada. 

Por supuesto, no meto toda “corrección” en el mismo saco, pues como en todo puede haber diferentes grados e intenciones. Por ejemplo, si un amigo viste de una forma que te parece poco favorecedora, no me parecería ninguna falta de respeto que le hicieras puntualmente alguna sugerencia o comentario constructivo, sin creerte por ello que tu criterio estético es más válido que el suyo. Pero lo irrespetuoso, a mis ojos, es criticar su vestimenta desacreditando su criterio por salirse de la norma, humillarlo o burlarte de él por no seguir la moda o normas estéticas del momento, o insistir en unas críticas a su imagen pese a haberte pedido que dejes de hacerlas. Análogamente, veo normal que le puedas sugerir a alguien la forma normativa de escribir algo, por si acaso su intención es seguir esa norma y por tanto ha cometido un error de acuerdo a sus pretensiones, pero no insistir si ha dejado claro que no le interesa seguir la ortografía normativa. Asimismo, pedir una “ortografía de mínimos” en determinadas comunidades virtuales como foros de debate lo veo pertinente para posibilitar una comunicación óptima, pero más como una petición que como una exigencia, pues la intención comunicativa no es algo que en la mayoría de los casos puedas evaluar de acuerdo a su ortografía y estilo narrativo (a algunos puede costarles mucho escribir de una forma “no caótica” a ojos de la mayoría mientras que a otros les saldría espontáneamente un discurso ameno y ordenado para los demás). 


Aunque en sí esta actitud quisquillosa y de acecho me genera rechazo, me lo genera más aún la forma en que a menudo es utilizada: como contraargumento. Cuando alguien opina algo con lo que otra persona está en desacuerdo, es común atacar a su ortografía en vez de a sus argumentos. Esto no es más que una forma del famoso argumento ad hominem, un tipo de falacia consistente en dar por sentada la falsedad de un argumento en base a quién es la persona que lo emite, es decir, por medio de desacreditar al mensajero, en vez de al mensaje; en este caso, a la ortografía del mensajero en su mensaje. 

Semejante contraargumento para mí deja más en evidencia al crítico que al criticado, mostrando lo que parece una carencia de argumentos reales, además de una actitud despreciativa y elitista. 

Lo que más me fastidia de este comportamiento es que es sostenido incluso por mucha gente de izquierdas y anarquista. Por una parte, como acabo de decir, esta “burla” me parece en sí rancia y elitista: el objetivo de la lengua es la comunicación, no ganar una partida de Scrabble. La lengua es lo que los hablantes construyen, es una herramienta viva en constante evolución y crecimiento, no un manual cerrado de términos escritos y pronunciados como un grupo de estudiosos estipula que es correcto. Por supuesto, el establecimiento de una norma me parece una herramienta útil para facilitar la comunicación, pero no creo que sea una especie de deidad a la que respetar y repudiar a quienes no la alaben: quien quiera seguir la norma que otros marcan que la siga, quien quiera crear sus propias reglas o estilo o hacer cualquier tipo de modificación en el modelo estándar, que lo haga. Yo no tengo ningún problema con que alguien decida usar la k en vez de la q o con que hable como le dé la gana mientras lo entienda. Si no lo entiendo, igual que si me habla en una lengua que desconozco, le pediré si puede acercarse algo más al código que yo manejo para posibilitar la comunicación. Y si no puede o quiere hacerlo, simplemente no me comunico con esa persona, pues la comunicación es imposible: ya sea por la imposibilidad de conciliar los códigos (en el primer caso) o por la actitud del otro miembro (en el segundo caso). 

No obstante, a mayores de esto hay un elemento mucho más clasista y burgués, y es que en una gran cantidad de casos en los que se ridiculiza a otros por una “mala” ortografía, la burla es una crítica que se suelta de forma espontánea, sin pasarla por un filtro, es decir: pocas veces se tiene constancia y busca primero analizar la situación socioeconómica de quien comete las “faltas” por las que son ridiculizados, sino que la burla se dirige por igual a un occidental blanco y rico que a un mexicano pobre que a duras penas ha podido ir a la escuela. Que una persona se burle y humille a otra porque le guste vestir ropa vieja y rota es (entre otras cosas) ser entrometido e irrespetuoso, pero que se burle de alguien pobre que lleva esa ropa porque no puede permitirse nada mejor, es además del más rancio y acérrimo clasismo. Es idéntico a la actitud del capitalista más convencido que culpa a los pobres de su pobreza por “ser unos vagos”, y por tanto es algo totalmente impropio de gente que presuma de progresista.

jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Hembrismo?

Muchxs feministxs rechazan o niegan la existencia del hembrismo, considerándolo un término falaz, erróneo, que nos divide y se vuelve contra nosotras, perjudicando al movimiento. Hay, pues, dos objeciones fundamentales a su uso: el perjuicio que supone y el cuestionamiento de su propia existencia. 

Con respecto a las consecuencias de su uso mi conclusión es la opuesta. En primer lugar, dado que el concepto de feminismo es bastante confuso para mucha gente por su semejanza gramatical con “machismo”, este nuevo término nos permite identificar la diferencia de ambas terminologías adjudicándole un verdadero opuesto. En segundo lugar, el término nos permite distinguir y distanciarnos desde el feminismo de aquellas actitudes y prejuicios no feministas que perjudican gravemente al movimiento: con la negación del hembrismo, toda aquella actitud despreciativa hacia los hombres que no alimente la pervivencia del patriarcado (como lo haría, por ejemplo, el despreciar a un hombre por no ser valiente o no querer mantener relaciones sexuales) y por tanto no podamos explicar como forma “paradójica” de machismo, no podrá sino encuadrarse dentro del concepto de “feminismo”. 

El miedo a que se vuelva contra nosotrxs me parece injustificado, pues quien quiera acusar injustamente a una feminista o sección del feminismo de misándrico lo va a hacer conozca o no el término hembrismo, al igual que muchxs homófobxs acusan a los activistas lgbt de odiar y luchar contra los heterosexuales sin que la mayoría conozcan ni usen el término heterofobia. Por otra parte, considero que incluso aunque existiera esta posibilidad de que “se vuelva en nuestra contra” supondrá en último término un beneficio para el movimiento, en tanto que: 

1) fomentará la autocrítica y el debate interno sobre si algo es o no realmente feminista y justificable desde el feminismo. 

2) “saneará” el feminismo manteniendo a raya actitudes revanchistas y/o maniqueístas que frenan el avance del movimiento. 

3) ayudará a reforzar y hacer más firmes los argumentos y las bases sobre las que se sustentan nuestras reflexiones y acciones, al vernos quizás más expuestxs a los posibles recelos con respecto a nuestras intenciones, y esto, en último término: 

4) desarrollará la capacidad comunicativa y don de gentes de lxs activistas, haciendo al feminismo más accesible para todxs, alejándolo de la endogamia y restricción a la esfera académica e intelectual. 


Con respecto al cuestionamiento de su existencia, muchxs feministxs argumentan que, dado que el machismo no es una mera actitud sino todo un sistema, el hembrismo no existe en tanto que no existe ningún sistema que coloque a la mujer en una situación de poder con respecto al hombre, sometiendo y agrediendo a estos últimos, ni existen grupos de mujeres u organizaciones que defiendan la imposición de este sistema. 

La primera objeción a este argumento es que, en cierto modo, estxs feministas cometen el mismo error que todas aquellas personas que atacan al feminismo equiparándolo al machismo porque suenan como antónimos. Del mismo modo que el feminismo no es la inversión del machismo, el hembrismo tampoco es la inversión idéntica del machismo, aunque la formación gramatical sea análoga. Y es que ¿quién dice que el hembrismo es un sistema como el machismo o un movimiento por el mismo? Las personas que consideran que el concepto al que otrxs se refieren no existe no pueden ser quienes definan lo que ese concepto significa. Son sólo quienes afirman la existencia del hembrismo quienes pueden definir lo que es, y en base a la definición que éstxs asienten lxs detractorxs expondrán sus objeciones. En resumen: para oponerte a algo primero tienes que saber qué es ese algo, y no es quien niega la existencia de ese algo quien puede decir lo que es. 

Así pues, obviamente, el hembrismo no es un opuesto simétrico al machismo: nadie piensa en un sistema cuando habla de hembrismo, salvo unos pocos machistas/masculinistas que consideran que las mujeres dominan el mundo. El machismo, al igual que el racismo y especismo hegemónicos (hacia los no-blancos y no-humanos, respectivamente), en tanto problema estructural, conforma no sólo una actitud individual de discriminación hacia un cierto grupo, sino todo un sistema que perjudica, discrimina, oprime y estereotipa a los grupos minorizados (a nivel laboral, legal, cultural, simbólico, social, etc), por lo que goza de poderosos cimientos y está muy extendido. En estas discriminaciones, por tanto, puede distinguirse un nivel individual y otro social, estrechamente interconectados y que se retroalimentan. 

Sus discriminaciones opuestas, en la gran mayoría de los casos, no son más que una reacción de resistencia y autodefensa contra ese sistema discriminador, si bien convirtiéndose en respuesta desproporcionada al caer en las mismas generalizaciones que hegemónicamente ellos sufren. El hembrismo (así como el racismo hacia los blancos) es, pues, una discriminación que existe solamente a nivel individual y está muchísimo menos extendida que su opuesto dominante, pero existe. 

Hembrismo es, por ejemplo, que en un debate feminista se respeten y valoren las opiniones y argumentos de una mujer, y que cuando los da un hombre se considere que “quiere ir dando lecciones a las mujeres”.

Hembrismo es obviar por completo que el patriarcado también perjudica (aunque en menor medida) a los hombres, considerando que éstos no pintan nada dentro del movimiento feminista (o sólo pintan como aliados y calladitos, sin cuestionar nada). 

Hembrismo es generalizar en lo que los hombres hacen a las mujeres, prejuzgándoles móviles e intenciones.

Hembrismo es tachar de lloricas a los hombres que se quejan de algún tipo de discriminación o limitación que sufren, porque TODAS las mujeres SIEMPRE sufren mucho más (que, aunque así fuera el caso, tampoco es incompatible luchar contra ambas cosas, sino más bien complementario) y por tanto lo suyo es irrelevante y puro victimismo. 

Hembrismo es justificar y comprender un sinfín de actitudes desagradables y discriminatorias de mujeres, refiriéndose a sus circunstancias y condicionamiento social en tanto atenuantes o supresores de su responsabilidad, y no hacer el mismo ejercicio de comprensión con respecto a los hombres, como si ellos fuesen cabrones y machistas por naturaleza. 

Hembrismo es, en definitiva, juzgar con un doble rasero a hombres y mujeres en perjuicio de los hombres, desde una supuesta perspectiva antipatriarcal: prejuzgar, generalizar, minusvalorar y adoptar una postura maniqueísta con respecto al sexismo. NO es abogar por un sistema donde el hombre cobre menos, se lleve todo el peso de las tareas domésticas o sufra acoso y agresiones sexuales sistemáticas, al igual que muchos machistas no quieren estas cosas para las mujeres y no por ello dejan de serlo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

sábado, 1 de junio de 2013

Los problemas de verdad

A menudo se menosprecian los problemas propios o ajenos comparándolos con los considerados “problemas de verdad”, ya sea con “malas” intenciones (considerando que la persona que sufre por ese “problema de mentira” es caprichoso y desagradecido por no valorar lo que tiene) o “buenas” (tratando de minimizar el problema para ayudarte a superarlo). El criterio para determinar por cuáles problemas puedes sentirte mal o ser legítimamente compadecido varía según la persona que te juzga: algunos consideran que el ser pobre, tener graves problemas de salud, quedarse parapléjico, no tener casa, morirse de hambre… siempre hay gente que está peor, siempre hay gente que lidia sin mayores dificultades con las situaciones que a ti te causan malestar. 

Cuando la gente utiliza esos argumentos me dan ganas de contestar que hay gente capaz de componer una sinfonía en 8 horas, dibujar un retrato hiperrealista en dos días o sacar una ingeniería a curso por año y sin suspensos, por lo que “si tú no eres capaz es porque no lo intentas lo suficiente” o “si esa gente puede hacer eso, ¿cómo te atreves a decir que no eres capaz de hacer esa otra cosa de menor dificultad?”. 

Los eventos que ocurren en nuestras vidas no son así de buenos o malos, así de difíciles o fáciles: el valor se lo da quien lo valora/experimenta, lo cual es involuntario y totalmente subjetivo. Una persona puede hundirse por algo que para ti es irrelevante y a la inversa con otras situaciones. Una persona puede haber superado un problema de una determinada forma y que a ti eso no te funcione. La capacidad para afrontar un problema depende de infinitud de factores que no podemos controlar, como por ejemplo los niveles de dopamina, serotonina u oxitocina. 

Sé que cada persona es un mundo y quizás a algunas les ayude considerar que sus problemas son estúpidos para superarlos, pero muchas veces el efecto es el contrario. En mi caso, al menos, ese continuo menosprecio sólo me ha servido para sentir una inmensa culpa cada vez que me siento mal, lo cual acrecienta bastante el problema original. No sugiero tampoco que se haga un drama de ello y nos compadezcamos de la persona como si no hubiera esperanza alguna para ella: no existe tal dilema. Si queremos ayudar quizás sea positivo preguntar a la persona cómo le afecta a ella ese problema en vez de prejuzgar cómo debería afectarle según nuestra experiencia o la de otras personas, y preguntar si y cómo podemos ayudarla, o qué cosas podrían distraerla o darle un respiro, sin juzgar tampoco que si esa persona se anima de alguna de esas formas es porque realmente su problema no era tan grave (la gravedad del problema no depende necesariamente del tiempo durante el que éste persista, sino de la intensidad con la que se siente mientras éste persiste). 

Si tratamos de ponernos en la piel de la otra persona y entender por lo que ha pasado, los valores en los que ha sido educada, sus miedos, sus limitaciones físicas y psicológicas, etc quizás logremos dejar de juzgar y empezar a comprender. Quizás entendamos así por qué para aquella chica era tan importante no verse fea o gorda o tener las mejores notas de la clase, por qué aquél hombre se muestra tan arrogante por miedo a que los demás lo consideren débil o por qué aquella otra persona es incapaz de llamar por teléfono, mirarte a los ojos o salir sola a la calle. O quizás a veces no podamos comprender el por qué (a veces quizás ni las propias personas lo entiendan), pero eso no hace en ningún caso que el problema sea menos real. Una depresión, por ejemplo, no depende necesariamente de que seas pobre, de que una persona cercana haya muerto, la gente no te aprecie o no tengas suerte en tu vida profesional. Cualquiera es susceptible de sufrirla independientemente de las circunstancias externas que lo acompañen, y decirle a alguien que no hay motivos para estar deprimido es tan absurdo como decirle que no hay motivos para tener artritis o astigmatismo, amén del ya mentado riesgo de conseguir el efecto justo contrario al que buscamos: que la persona sienta que hay algo malo en ella y se sienta culpable por estar mal ya que, aparentemente, no hay motivos para ello. 

martes, 21 de mayo de 2013

Los eternos olvidados en las discusiones sobre la custodia

Las dos posturas fundamentales que me he encontrado en el tema de la custodia de los hijos son, por parte de una gran cantidad de masculinistas, aquella que exige la custodia compartida automática; y por parte de muchas feministas, la de la custodia compartida pero no automática. La diferencia de la segunda con respecto a la primera es que se exigirían una serie de criterios y responsabilidad para que la custodia sea de ambos progenitores y no sólo (o no mayoritariamente) de uno de ellos, y no se presupone, como a veces se pretende, que si los hijos denuncian malos tratos o abusos sexuales por parte de uno de los progenitores (generalmente del padre) es por un Síndrome de Alienación Parental. 

Si bien el sistema actual favorece por defecto a la mujer en la custodia de los hijos, presuponiendo que la madre cuidará mejor a los niños que el padre, muchas feministas no consideran que la solución sea la aplicación de la custodia compartida automática en caso de que ambos progenitores cumplan unos "requisitos mínimos" (que ninguno sea maltratador, violador, etc) pues la paridad en el cuidado de los hijos está lejos de ser una realidad: que yo conozca, no hay ninguna estadística de ningún país en que las horas de cuidado por parte de los padres sean iguales a las de las madres (a exepción de la tribu centroafricana de los pigmeos aka y, en Occidente, Suecia es lo más cercano) sino que suele haber una diferencia del doble si no más y son las mujeres las que fundamentalmente sacrifican su vida profesional, académica y personal para volcarse en sus hijos, pues además es sobre ellas sobre quienes se concentra toda la presión social de ser una buena madre. Es por ello que se considera que, dada la sociedad en la que vivimos, en la mayoría de los casos la custodia habría de favorecer a la madre por una cuestión de mérito (cuando así sea).

Todas estas consideraciones me parecerían estupendas si habláramos de propiedades, pero no de personas ¿o es que a nadie se le ha pasado por la cabeza que los hijos pueden tener algo que decir al respecto? 


Desde la imposición de una vida que nadie ha pedido en unas circunstancias que nadie ha elegido, los padres tienen potestad para decidir prácticamente todo en la vida de sus hijos, y lo que no tienen poder de imponerle sus padres se lo impone el Estado. Los padres (sobretodo la madre) pueden decidir “tener” o no “tener” un hijo, pero ¿alguien se ha preguntado si los hijos quieren/querrán “tener” esos padres? ¿A alguien le preocupa cómo se siente el hijo con respecto a los padres y la vida que éstos le dan si no les propician palizas (porque “por un cachete no pasa nada” y “una bofetada a tiempo arregla muchas cosas”, claro) o abusan sexualmente de ellos? No sólo no preocupa a la gran mayoría de la población sino que a menudo esta reivindicación es ridiculizada y tachada de desagradecida: “encima que vives a su costa te atreves a quejarte”, “ellos te han dado la vida” o “con todo lo que han hecho por ti” son algunas de las quejas que suelen aducirse. Como ya he argumentado en otras entradas, nadie debe nada por sufrir una imposición (nacer), independientemente de que luego la disfrutes. Nadie debe nada a sus padres porque éstos los hayan cuidado, pues fueron ellos quienes decidieron traer a una persona al mundo sabiendo que iba a tener necesidades. 

“Custodia compartida sí” o “custodia compartida no”, por muy en pro de la igualdad de sexo que pueda ser o no, supone tratar a los niños y adolescentes como meras propiedades sin voz ni capacidad de decisión, obligados a vivir primero la vida que le imponen sus padres y después la que un juez decide que es mejor para él/ella, nuevamente bajo la tutela de uno o ambos progenitores durante los periodos que el juez elija. A nadie le importa si la madre maltrata psicológicamente al niño comparándolo constantemente con otros, porque eso no deja marca; a nadie le importa si el padre sólo le deja salir de casa un día a la semana a los sitios donde el padre decide, obligándole el resto de la semana a acudir a actividades extraescolares que detesta y/o estudiar sin descanso durante horas para sacar las mejores notas; a nadie le importa si el niño se siente totalmente incomprendido por sus padres y no quiere vivir con ninguno de los dos. A nadie le importan, en definitiva, los deseos, sentimientos u opiniones de las propiedades con respecto a sus propietarios. 

En conclusión, lo que yo considero la mejor opción en los casos de divorcio es el preguntar directamente al niño o niña (siempre que tenga capacidad de decisión) con qué progenitor quiere convivir y durante qué períodos, si es que quiere convivir con alguno de ellos o con ambos, teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra y permitiéndole hablar con un psicólogo infantil que pueda ayudarlo (que no coaccionarlo) a decidir qué decisión tomar y por qué. Y también creo que debería poder visitar a ese u otro especialista cada cierto tiempo en caso de que quisiese rectificar su decisión. Ya que los hijos no pueden escoger a sus padres, el mínimo derecho que creo que merecen es el poder decidir si prefieren ser tutelados por uno, ambos o ninguno.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

viernes, 15 de marzo de 2013

Orgullo y prejuicio menstruante

Con respecto a la menstruación (o más exactamente, a las mujeres menstruantes) suelo encontrarme dos posturas radicales contrapuestas, tanto por parte de mujeres como de hombres: la mayoritaria, de quienes la repudian, la consideran un tema tabú, lo ven como algo impuro, sucio o degradante e incluso se burlan con ello de otras mujeres; y la minoritaria, de algunas feministas (de la diferencia, sobretodo), que la sacralizan, la consideran un vínculo con la naturaleza o la Luna y lo ven como una especie de suerte o privilegio, un proceso tremendamente beneficioso y enriquecedor. Y por no variar, no respaldo ninguna de las dos. 

La utilidad de la menstruación es de sobra conocida, si bien desconozco si trae a mayores algún beneficio (todo lo que he encontrado al respecto han sido argumentos místicos y –para mí- vacíos), por lo que sentíos libres de aportarlos si sabéis de alguno -no poético ni espiritual, sino físico. Para mí (y para la mayoría de las mujeres) la regla es un fastidio, un engorro y una auténtica carga de la que me desharía sin pensarlo si pudiese hacerlo (sin consecuencias negativas), pero al menos por ahora no me convencen las alternativas farmacológicas, no voy a inducirme una deficiencia proteica y, por supuesto, no pienso quedarme embarazada. No se trata de prejuicios misóginos que me hayan metido en la cabeza, sino de mi propia experiencia personal: me incomoda, duele, quita energía, baja el ánimo, mancha, despierta por las noches e impide en general hacer vida normal.

La cuestión es que la regla es, como tantos otros, un proceso fisiológico no más místico que el comer o el cagar, y que este proceso afecte sólo a hembras humanas (y de primates, murciélagos y otros pocos animales) no es algo causal por una suerte de mayor vinculación de la mujer con la Madre Tierra o la Luna, sino casual, por obra de una selección sexual y otros factores biológicos. La sacralización de la menstruación, así como del parto, es un puro esencialismo bastante contraproducente para el logro de la igualdad, pues los prejuicios y las constricciones de los roles de género no se eliminarán mientras se siga promoviendo una imagen de la mujer como ser místico, mágico, natural y poseedor de otras tantas cualidades que corresponden a su “feminidad esencial” (que, a todo esto, los hombres también tienen un ciclo sexual que los afecta hormonalmente, así como padecen también una “menopausia” masculina o andropausia).

¿Que tiene su razón de ser? por supuesto. Y me parece probable que reporte algún beneficio biológico -o por lo menos que el no tenerla reporte algún perjuicio- pero esto no es distinto en el caso de la fiebre, congestión nasal o vómito: todas son respuestas beneficiosas del organismo (en algunos casos) en tanto que éste está reaccionando y defendiéndose de un agente que considera perjudicial, ya sea un virus, un exceso de contaminación, una comida en mal estado, etc. Sin embargo, no por ello dejamos de considerar que estas “formas de proceder” de nuestro cuerpo son unas molestas cargas que deseamos no sufrir nunca. No veo que este deseo de evitar una incomodidad sea distinto en el caso de la menstruación, para todas aquellas que la sufren. El tabú social no es el único -ni muchas veces el principal- factor determinante de este deseo.

Sin embargo, el que yo y otras muchas consideremos odioso este proceso no justifica el tabú social, sino más bien al contrario. En torno a él han girado gran cantidad de prejuicios que segregan y repudian a las mujeres. Si bien mitos como el de que las mujeres menstruantes provocan la muerte de las plantas o cortan la mayonesa ya no son prácticamente mantenidos en nuestra sociedad (excepto quizás en las zonas rurales) por ir en contra de una mentalidad mayoritariamente cientificista, otros tantos prejuicios gozan de gran salud:

Nos educan para verlo como algo asqueroso y repulsivo, mientras que no tenemos esos reparos con cualquier otro tipo de sangre, que alguna gente hasta ingiere si no es humana (en morcillas, filloas, etc) o bien se deleita con el análogo a la menstruación en las hembras ovíparas (los huevos) o trozos de músculos desmembrados, intestinos u otras tripas.

A raíz de esto, a muchos hombres y mujeres les da asco mantener relaciones sexuales con una mujer menstruante, como si fueran a ponerse a expulsar sangre como una fuente o los fluidos fueran algo corrosivo. Pero eso sí, eyacular en el cuerpo, cara o boca de una mujer se ve a menudo de lo más sexy, aunque pueda ser un líquido más viscoso y difícil de limpiar que muchas menstruaciones, o al menos en determinados días. No es que considere que la gente deba hacerlo aun si no se siente cómodx, simplemente me parece triste que por prejuicios y presión social muchxs que sí querrían se quiten de practicarlo: es común que a muchas mujeres les aumente la libido durante la regla, además de que mantener relaciones sexuales durante ese período puede ayudar a aliviar los cólicos, desinflar el pecho y vientre y obtener orgasmos más intensos y, adicionalmente, las probabilidades de embarazo son bastante menores (que no imposibles).

Se insta constantemente a las mujeres a avergonzarse de su menstruación, sentirse sucias y malolientes, sumando esto a que, como las hemorroides, es algo que debe sufrirse en silencio, pues el tema no ha dejado de ser tabú -especialmente delante de hombres. Sin embargo, para sorpresa de muchos, la regla en sí no suele oler mal (a menudo cuando lo hace es por causa de alguna infección), sino que lo que a muchxs les apesta son precisamente los químicos y plásticos de las compresas que supuestamente los encubren. Con compresas de tela o una copa menstrual (producto que recomiendo encarecidamente) la regla no suele tener ningún mal olor, a menos, quizás, que no te cambies en un día entero. Otros factores que podrían provocar eso serían, por ejemplo, el llevar pantalones muy ajustados o –paradójicamente- el exceso de “higiene”, que puede desequilibrar la flora vaginal y dar lugar a hongos o infecciones (y es que la vulva y la regla no son algo “sucio” que haya que estar lavando cada pocas horas –y menos con jabones-, especialmente las duchas vaginales son bastante peligrosas: la vagina ya se encarga ella sola de limpiarse (por dentro) con su propio flujo).

Se difunden numerosos chistes e ideas sobre lo mentalmente desequilibradas que las mujeres están cuando menstrúan: por una parte, como ya he dicho, los hombres no se libran de los ciclos hormonales; por la otra, no a todas las mujeres ni todas las veces les afecta en su carácter y personalidad y, en cualquier caso, eso no implica que se conviertan en unas locas irracionales incapaces de controlar su ira o impulsos, pues la influencia de las hormonas no deja de ser limitada y nuestra racionalidad lidia y reprime diariamente multitud de impulsos bajo todos los estados anímicos, por lo que para la gran mayoría será algo bastante controlable.

Se ridiculiza y pone el grito en el cielo cada vez que ese “avergonzante secreto” se hace visible a los demás, es decir, cada vez que la sangre menstrual mancha la ropa o alguna otra cosa, o menos comúnmente, cuando las compresas se hacen visibles o intuibles bajo la ropa. Nadie se burla de que la sangre de una herida abierta manche la ropa de una persona, pues esa sangre es “pura”; sin embargo, la “sangre impura” de la menstruación le resulta a la gente tan repugnante y humillante como la orina o las heces, como si manchar la ropa de sangre menstrual fuera como una falta de control de las mujeres sobre sus esfínteres.

Por último, considero también bastante sexista la imposibilidad de las mujeres para pedir una baja por dolores menstruales o síndrome premenstrual (al menos en la mayoría de los empleos), obligando a muchas a acudir al trabajo con una gran indisposición o a perder el sueldo o el trabajo por ausencias mensuales reincidentes. No sugiero ni mucho menos que todas las mujeres, por el hecho de ser menstruantes, deban gozar de x días de baja cada mes, sino que aquellas que sufran esa condición, con algún tipo de justificante o revisión médica, tengan el derecho de hacerlo (derecho que, por otra parte, nunca se logrará mientras se siga defendiendo que si se sufre por la menstruación es por los prejuicios patriarcales que nos han metido en la cabeza, desacreditando por completo las experiencias de millones de mujeres considerándolas psicológica y emocionalmente manipulables hasta límites insospechados). Sin embargo también es probable que, desgraciadamente, de concederse este derecho acabase volviéndose en nuestra contra: agravando la discriminación laboral, acrecentando las burlas y desacreditaciones por la regla y alimentando el resentimiento de una gran cantidad de hombres que se sentirían “discriminados” por un malvado feminismo que busca “que las mujeres tengan más derechos que los hombres”.


domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género. 

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.


lunes, 28 de enero de 2013

La sexualidad femenina

La santa y la puta, esa eterna dicotomía femenina que el imaginario social todavía no ha abandonado. Algunos sexistas reivindican y otros se quejan, sintiéndose discriminados, del pedestal en que a veces es erguida la mujer; pero lo cierto es que ese pedestal es un corpiño de hierro que no eleva a la mujer, sino a la imagen ideal que el imaginario patriarcal proyecta sobre ella: madre abnegada, ama de casa omnipotente, esposa dulce y dócil, mujer “recatada” pero atractiva, etc. En el momento en que desobedece alguno de los mandatos sociales que pesan sobre su género caerá irremediablemente de ese trono para ser tildada como su antagónica: la zorra. 

Y es que zorra o puta no es más que aquella mujer que se niega a cercenar su sexualidad en el papel pasivo que la sociedad le impone, además, con mandatos contradictorios: si te acuestas conmigo eres una mujer fácil, si no lo haces eres una estrecha; si te vistes de forma provocativa eres una puta, si no te vistes de forma femenina eres una marimacho; si cumples mis fantasías sexuales eres una guarra, si no lo haces eres una aburrida; si no cumples con los cánones estéticos de poco vales, si gastas el tiempo y recursos necesarios para poder cumplirlos eres una superficial, etc. 

Pero ¿por qué, si eres mujer, disfrutar de tu propia sexualidad sin hacer daño a nadie (sino al contrario) merece el vituperio social? Pues, entre otras cosas, por la idea tan antigua y complementaria de esta dicotomía, de que el cuerpo y sexualidad femeninas son un pecado, una tentación hacia el hombre de la que las mujeres son responsables y, como tal, de él han de expiarse. Para los que crean que exagero y son cosas del pasado u otras sociedades, basta reparar en la común culpabilización de muchas mujeres violadas o acosadas: “si es que lo iba pidiendo”, “eso te pasa por emborracharte”, “si no querías acostarte con él no deberías haber flirteado”, “no deberías haber salido sola por la noche”, “¿si no quieres que te digan guarradas para qué te vistes así?”, etc. ¿Acaso el cómo vaya vestida una mujer atenúa o invierte la responsabilidad del acoso o la agresión sexual? ¿Acaso la ebriedad justifica la manipulación o forzamiento de la persona? ¿Acaso la mujer violada es culpable por querer utilizar legítimamente la vía pública sin temer por su integridad? Nunca he oído a nadie decir de un hombre (o mujer) que “iba pidiendo que le robasen” por salir a la calle con ropa cara, o que “iba pidiendo que lo asesinasen” por salir por un barrio conflictivo sin armas para defenderse. Pero la violada “iba pidiendo que la violasen” por atreverse a no ir escoltada y tentar a los hombres con su cuerpo libidinoso por el que los pobres agresores se han visto irremediablemente seducidos, no pudiendo contenerse.


Volviendo a la cuestión inicial, este vituperio de la mujer que pretende hacerla sentir culpable e inferior por incurrir en ciertas conductas sexuales que violan las expectativas de género tradicionales es conocido como slutshaming y, desgraciadamente, no es un comportamiento precisamente minoritario, ni siquiera entre los jóvenes. Gran cantidad de hombres y mujeres censuran a otras mujeres por vestir de forma “provocativa”, ser promiscua o “fácil”, mantener muchas relaciones sexuales, mostrar el pecho o los genitales, disfrutar de alguna práctica sexual fuera de lo común o privado (como realizar cybersexo, sexo en grupo, porno casero, prostituirse…), flirtear o hasta por masturbarse, como se ve en las numerosas imágenes y bromas que circulan por todas las redes sociales (1), (2), (3), (4), (5), (6), (7), (8), (9).

Por supuesto, huelga decir que un hombre que vaya en pantalones cortos y hasta sin camiseta por la calle no “va pidiendo” nada ni pierde un ápice de respeto, si mantiene muchas relaciones sexuales es un crack, si se desnuda en público es gracioso o valiente, flirtear mucho o masturbarse es de lo más normal y realizar porno, sexo en grupo o cobrar por sexo lo convierten en alguien admirable. El peso de la culpa recaerá siempre sobre la que “se abre de piernas”, que será aquella para la cual peligre su estatus de “mujer de verdad”. 

Por último tenemos el popular concepto de friendzone. Para los que desconozcan su significado, hace referencia a una relación platónica en la que uno de los integrantes desea establecer una relación romántica mientras que el otro sólo está interesado en una amistad y, una vez establecida esa “zona de la amistad”, se supone que la relación suele estancarse ahí y es difícil hacerla avanzar hacia el romance. Cuando se habla de friendzone suele ser algo unilateral donde el hombre es amable y considerado esperando convertirse en novio de la mujer mientras que ésta sólo lo ve como un amigo y, a menudo, esas mujeres son culpabilizadas por no sentirse atraídas hacia esos amigos. Nuevamente son tachadas de zorras porque, según parece, las mujeres deberían venderse al mejor postor, en este caso al que sea más amable y caballeroso con ella, correspondiéndole con sexo. Si no premia ese “esfuerzo” que están haciendo por ser buenos con ella con algo más que amistad y/o se siente atraído por otro hombre sólo por su físico, es una completa zorra. Por supuesto, nadie menciona ni le importa que muchos de esos pobres luchadores caídos en la fatídica friendzone han tratado de ganarse a la chica por su atractivo físico, pues es perfectamente entendible que a un hombre sólo le interese una mujer por su físico, al fin y al cabo ¿a qué otra cosa podrían ellas a aspirar más que a ser un bello objeto? es sólo responsabilidad de éstas el vender el trofeo de su belleza al chico más cortés. 

Y es por denunciar todo esto, por rechazar estos prejuicios y concederme el derecho de disfrutar libremente de mi sexualidad, que no veo lógico seguir renegando de un concepto con el que sólo pretenden acortar mi libertad so pena del ostracismo que implica su acusación. Porque antes de que nadie me lo llame ya lo afirmo yo: sí, soy una zorra, ¿y qué? 

domingo, 20 de enero de 2013

Cuestión de modales

De adultismo (que también) quisiera pasar a un tema de adultocentrismo (y de etnocentrismo, de paso): el aleccionamiento de los niños en los códigos de conducta. 

De pequeños se nos educa para seguir las normas sociales: coger el tenedor y el cuchillo de determinada manera, sentarnos de determinada manera, taparnos la boca al bostezar, no estirarnos en la mesa, mentir o callarnos sobre determinadas cosas, pedir perdón, dar las gracias, no eructar en público, etc.; normas sociales que los niños no siguen naturalmente porque, como su nombre indica, no son algo natural (biológico), sino una construcción social. Esto es fácilmente contrastable si conocemos un mínimo de antropología: en Japón es de educación sorber ruidosamente la sopa, en algunas tribus y países árabes eructar después de la comida es señal de cortesía, los inuits consideran ofensivo que los invitados rechacen acostarse con las esposas de los anfitriones, etc. No debemos olvidar, tampoco, que además de esa variable espacial tenemos una variable temporal: gran cantidad de protocolos de nuestra sociedad antes considerados normas de educación son ahora vistos como ridículos y, en consecuencia, ridículos aquellos que pretenden forzar a los demás a que los sigan.

Hago mención a esto, que aparentemente parece tan obvio, como crítica al comportamiento de aquellos (la gran mayoría) que enseñan con prepotencia a los niños la forma correcta de comportarse, es decir, no ya que les enseñen el modo de actuar que es costumbre en esa sociedad y las consecuencias que trae seguirlo y no seguirlo para que éste pueda valorar si le compensa o no, sino que los aleccionan en LA Forma correcta de comportarse, dando por hecho que la suya es errónea y, como adultos y más sabios, han de mostrarle cómo son las cosas. Conste que no estoy hablando de aquí de utilizar o no la violencia, la intimidación, las amenazas, el chantaje, etc. sino simplemente de una idea y una actitud del adulto, implícita o explícita, que puede perfectamente ser mostrada con “benevolencia” y condescendencia (de la mala). 

Es curioso cómo se tacha a menudo a los niños de caprichosos por querer hacer las cosas de una determinada manera o rechazar hacer las cosas de acuerdo a determinado protocolo, sin reparar en que ese protocolo, en muchos casos, no es más que otro capricho arbitrario de los adultos, y de hecho un capricho mucho más abusivo, pues se pretende con él obligar a todos a seguirlo mientras que el niño, generalmente, no obliga a nadie a hacer las cosas de esa forma en que él las prefiere. 


No estoy hablando aquí de casos como ceder el asiento del autobús a alguien aparentemente más débil, compartir, ofrecer ayuda a quien lo necesite, etc. pues ese tipo de cosas no son ya una cuestión de modales, sino de empatía, y como tal me parece muy positivo educar a los niños en ella. Hablo, por tanto, de convenciones más arbitrarias como las ya señaladas. 

Se podría aquí alegar que no seguir las normas de conducta también puede perjudicar a otros que se sienten incómodos con eso, pero no me parece comparable: una mujer en su último trimestre de embarazo (por ejemplo) lleva encima un peso al que no está acostumbrada, se siente seguramente incómoda, cansada y dolorida y encontrará mayores dificultades para caminar y mantenerse en pie, por lo que cederle el asiento cuando creemos que nuestra condición física es mejor me parece más que lógico; una persona que se siente incomodada porque bostecemos sin taparnos la boca o nos estiremos delante de ella no responde más que a un convencionalismo que no afecta a su vida para nada, sino a la nuestra, que limita en pos de una buena educación*. Del mismo modo, algunas personas se sienten molestas y consideran de mala educación las muestras de afecto en público entre dos personas del mismo sexo, una mujer con las axilas sin depilar, una mujer gorda que lleve biquini en la playa, etc. ¿Por qué se reprende al marginado (gordo, homosexual, mujer que no se depila, niño que no sigue un protocolo de educación…) por no integrarse (adelgazar, ocultar su orientación, depilarse, seguir un protocolo) en vez de reprender a los ofendidos por no aceptar la diversidad? No creo que estas discriminaciones sean muy distintas entre sí de acuerdo a lo que estoy reivindicando, a pesar de que algunas respondan a la segregación de un grupo que goza de cierta consideración (mujeres, homosexuales) y otras no tengan siquiera nombre conocido (como la gordofobia). 

Discriminar a alguien por no seguir un protocolo arbitrario me resulta, pues, igual de discriminatorio y perjudicial: discriminatorio con todos aquellos que no se sienten cómodos con los protocolos y perjudicial en tanto que nos alienan mermando la diversidad y, en muchos casos, haciéndonos la vida más incómoda innecesariamente, al rechazar aquello que nos sale naturalmente y con lo que no dañamos a nadie por una convención con la que pretendemos renegar de nuestra “animalidad”. Considero por tanto que debemos enfrentarnos a esa molestia impuesta por los protocolos sociales para normalizarlo y que podamos ser más libres de elegir cómo comportarnos. No pretendo con esto alentar a nadie a hacer nada considerado de mala educación sólo para llevar la contraria y romper los moldes, sino simplemente a que cada uno actúe de la forma en que considera más cómoda sin censurar la forma en que lo hagan los demás, siempre que ésta no dañe directamente a terceros. 

Trataré para finalizar dos casos aparentemente ajenos a esta crítica: los gases y los agradecimientos y disculpas. 

El tema de los gases (eructos y pedos) es controvertido por el tabú escatológico que recae sobre él. Aparentemente entraría dentro de esas “cuestiones de empatía” pues no son algo arbitrario ya que provocan verdaderamente, en algunos casos, un malestar olfativo a los demás. No obstante, nunca he oído/leído a nadie considerarlo desde el otro lado: cuando tenemos gases es debido muchas veces a una mala digestión y, en la mayoría de los casos, liberarlos puede aliviar a la persona de un malestar en mayor o menor grado. Por otra parte, excepto en los casos en que estemos encerrados en un recinto pequeño y sin ventilación (como un ascensor) no es difícil escapar de un mal olor, que no duraría en cualquier caso más que unos pocos segundos. Por todo esto, ¿realmente es más perjudicial un instantáneo malestar olfativo (que no siempre es así) que un dolor de tripas? Yo creo que en la gran mayoría de los casos la incomodidad del segundo es mayor que la del primero, que en su mayoría considero comparable a la incomodidad de aquel que se ruboriza ante una mujer gorda en biquini o sin depilar o una muestra de afecto homosexual, como ya he expuesto. Por otra parte, creo que ese malestar olfativo no deja de ser, al menos en parte, una cuestión cultural, pues que yo sepa (corregidme si me equivoco) somos el único animal al que le desagrada el olor de su orina/heces así como su propio olor corporal, que enmascaramos a toda costa (y que no se oculta y se aprecia en muchas otras sociedades). 

La crítica a las disculpas y agradecimientos es bastante más parcial. No me parece malo ni perjudicial, sino al contrario, que se dé las gracias y se pida perdón. Lo que me parece absurdo es que ese protocolo (como tantos otros) se convierta no en una muestra de nuestra gratitud o arrepentimiento, sino en una palabra vacía y falsa. Me refiero con esto a, por ejemplo, todos aquellos padres que obligan a sus hijos a decir “gracias” o “lo siento” cuando les regalan algo o hacen daño a otro ¿Cómo se supone que se puede obligar a alguien a agradecer o sentir algo? Una cosa es que los padres les enseñen empatía y el significado de esas palabras y los alienten a utilizarlas cuando las sientan, y otra cosa es que les enseñen a mentir obligándoles a decirlas por educación cuando quizás no las sientan (y es por cosas como ésta que, aunque no sepa cómo tratar con ellos y por eso los evite, prefiero a muchos niños antes que la mayoría de los adultos, mientras aún conservan su ingenuidad y sinceridad sin dobles caras). 

Otro uso del “gracias” que me llama la atención por lo absurdo que me resulta es el de utilizarlo cada vez que te dan una opinión favorable acerca de algo tuyo (y en este “algo tuyo” se incluyen hijos y animales no humanos con los que convivas, curiosamente, relegando en su tutor legal toda la responsabilidad de su personalidad como si ellos no tuvieran voluntad propia), porque ¿qué se supone que se está agradeciendo? Si es el hecho de que nos den una opinión, deberían agradecerse asimismo las opiniones negativas, pero raramente se agradecen y creo que no de la misma forma; entonces ¿se agradece que a esa persona le resultes inteligente, guapa, buena artista, buena profesional…? ¿No tendría más sentido que fuera la persona que ve algo positivo en ti quien te agradeciera tener ese algo positivo? Lo cierto es que tampoco es nada que me moleste, sino una mera reflexión. Quitando que con esto se fortalece la falsedad (se agradecen las opiniones positivas pero has de callarte las negativas, porque son de mala educación), no le veo tampoco mayor problema. 



*Es curioso que primero se eduque a la gente para que se sienta incómoda con determinada acción, para luego alentar a esa gente a que no la realicen por el bien común (el bien de toda la gente que se siente incómoda por esa acción, pues ha sido educada para que así sea).

lunes, 7 de enero de 2013

Adultismo ilustrado: todo para los niños, pero sin los niños

La palabra etarismo hace referencia al prejuicio o discriminación de alguien en función de su edad, ya sea por ser considerado demasiado viejo o demasiado joven. En esta entrada hablaré de ese segundo caso, también denominado adultismo. 

El adultismo es algo tan ampliamente extendido y normalizado que pocos lo reconocerían como una verdadera discriminación, sino que muy al contrario lo consideran el modo correcto y normal de relacionarse con los niños. No quiero decir con esto que la mayoría de los padres no amen a sus hijos: el amor poco tiene que ver con la justicia, al igual que la condescendencia (en su sentido negativo) poco tiene que ver con el verdadero respeto. 


Cuando nacemos en el seno de una familia lo hacemos como propiedades de nuestros padres, si bien con ciertas concesiones legales. Pero igual que a nadie se le exige un “carnet de padre/madre” para tener un hijo biológico, tampoco ha de pasar por controles regulares imprevistos que garanticen un buen ejercicio de esa paternidad. La mayoría de padres y madres que maltratan a sus hijos, ya sea física o psicológicamente, constante o esporádicamente, no son denunciados. Y tampoco es que el destino que les esperaría a éstos en un orfanato (de retirárseles a ambos la custodia y no ofrecerse otro tutor responsable) sea, en muchos casos, mucho mejor. 

Todo esto puede sonar a casos extremos alejados de lo que la mayoría de mis lectores podrían justificar, pero no es necesario irse a las palizas y los abusos sexuales para identificar el adultismo en los comportamientos mayoritarios, como expondré a continuación. 

Los padres, como responsables legales de sus hijos, se ven en muchos casos obligados a no desapegarse de ellos en casi todo el día, con lo que ello implica: los hijos han de ir a donde quieran los padres, visitar a quien los padres quieran que visite, salir y quedar únicamente cuando los padres quieran salir con ellos y a donde los padres quieran llevarlos, comer la comida que los padres quieran que coma, etc. Un adulto puede no querer visitar a un familiar, no ir a determinado lugar o frecuentar otro, odiar determinado plato y no comerlo nunca… y sus preferencias se aceptan y tienen en cuenta, respetando su personalidad. Sin embargo, una niña que no quiera ver a su abuela, salir con sus padres al parque o comer lentejas es automáticamente tachada de caprichosa y, en muchos casos, obligada a hacer lo que sus padres quieran que haga contra su voluntad. Tampoco, en muchos casos, los padres se buscarán la vida para encontrar a gente que pueda llevar a su hijo a donde él quiera ir o hacer con su hijo lo que él quiera hacer cuando ellos, por trabajo, compromisos o mera desapetencia, no quieran o puedan hacerlo. 

Podría parecer que mi empatía hacia los hijos es desproporcionada en comparación con la que tengo hacia los padres, pero no creo que sea el caso: los niños no eligen venir a este mundo ni eligen la situación de dependencia en la que se encuentran. Son los padres los que voluntariamente deciden tenerlos (en caso de que el embarazo sea deseado o se decida voluntariamente continuar con él), por lo que si éstos no son capaces de renunciar a su libertad para tratar de hacer la existencia de su hijo lo más feliz posible, o no tienen los medios suficientes para garantizarlo, no creo que debieran ser padres. 

Volviendo a la crítica previa, en este trato desigual de los intereses de niños y adultos veo otro gran fruto de esa discriminación: la desacreditación de los intereses y sentimientos de los niños. Los deseos, opiniones, intereses y sentimientos de los niños son a menudo infravalorados por los adultos, amparándose en que lo verán o sentirán de otra forma cuando sean adultos. Y es cierto en la mayoría de los casos, como también es cierto que muy probablemente un adulto de 20 años no opinará y sentirá lo mismo cuando tenga 30, ni uno de 30 cuando tenga 50, ni uno de 50 cuando tenga 80. No creo que la validez de una opinión o sentimiento sea directamente proporcional a la edad de la persona que la emite o a la prolongación de tiempo con la que la mantenga (que puede ser no más que cabezonería), pero en nuestra sociedad, construida por y para adultos humanos en una determinada cosmovisión, las estructuras de pensamiento y modos de afección de los adultos que secundan ese imaginario son los considerados correctos y normativos, por lo que aquellos que no cumplan con esta cosmovisión serán tachados de locos, inmaduros o inferiores (adultos que discrepen, niños y animales no humanos). 

En definitiva, que los sentimientos e intereses de los niños me parecen tan reales y válidos como los de un adulto, al igual que sus juicios aseverativos. En este último caso, cuando creamos que por falta de experiencia o conocimiento el niño pueda no tener en cuenta determinados factores lo propio es, con el mismo respeto que hacia un adulto, tratar de explicárselos teniendo en cuenta sus limitaciones, pero no recurrir por comodidad al manido argumento de autoridad. “Porque yo lo digo” o “porque soy tu padre/madre” son “argumentos” a menudo utilizados para callar bocas por medio de la prepotencia y la intimidación y ahorrarnos una explicación. Cuando un niño muestra su descontento replicando ante una de estas imposiciones se le acusa de “contestar” a sus padres, como señalando una gran falta de respeto por pretender que su interés pueda ser tenido en igual consideración que el de su padre o madre. Creo que huelga aclarar que rechazo esta utilización ilegítima de una posición de poder y esta subordinación de intereses. 

Las mentiras son otra común constante en nuestra relación con los niños: se les miente acerca de Papá Noel, la muerte, el ratoncito Pérez, el sexo y básicamente todo aquello que creamos que pueda ilusionarlo o que nos cueste explicarle. Entiendo que determinadas cosas sean difíciles de entender para un niño (la muerte, el sexo…), pero no que eso justifique en ningún caso la mentira, sino tan sólo una explicación más superficial, adaptada a la capacidad y el interés que muestre el niño o niña. También puedo entender que alguien no vea la mentira como algo negativo siempre que a la persona engañada esa mentira le pueda traer felicidad. La cuestión es que la mayoría de la gente que utiliza este argumento para mentirle a los niños acerca de Papá Noel, los reyes, el ratoncito Pérez o los unicornios no lo aplica para con los adultos, pues se dice a menudo que las personas merecen saber la verdad, aunque duela, y no vivir engañadas ¿a qué, entonces, esta distinción? ¿Por qué no mentir a un adulto sobre la muerte de algún ser querido, la explicación de algo que le costará entender o la existencia de cosas que no existen (siempre que resulten verosímiles) para incentivar su imaginación o para ahorrarnos una explicación más compleja? ¿Por qué no mentir a alguien sobre los sentimientos de una persona que le gusta, o hacernos pasar nosotros mismos por alguien interesado por esa persona mandándole mensajes de amor o admiración que la ilusionen? Es probable que se entere algún día de la mentira y llegue la desilusión, pero al fin y al cabo no es distinto a lo que le ocurrirá a los niños y niñas con esas otras mentiras. 

Finalmente está la violencia física y verbal, violencia que, una vez más, se le aplica a los niños en casos que no se justificarían con adultos, por ejemplo cuando un niño o niña comete un error o torpeza (la típica torta, intimidación o humillación verbal por tirar un plato, verter un líquido, romper un jarrón…), cuando no actúa de la forma en que consideramos educada, cuando se niega a hacer algo que queremos que haga, cuando nos replica o cuando nos falta al respeto (¿cuántos adultos justificarían un guantazo a otro adulto por decirle algo que le hiera u ofenda del mismo tipo que lo dicho por el niño?); violencia que, por supuesto, la mayoría considera justificable en determinadas situaciones por parte del padre hacia su hijo (“la situación era tensa”, “fue un calentón repentino”, “una bofetada a tiempo…”), pero inadmisible por parte del hijo hacia su padre. 

Para no alargarme más y finalizar este último punto y la entrada, os invito a un interesante ejercicio de reflexión sobre "esa bofetada a tiempo".