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martes, 1 de julio de 2014

Biología, cultura y transexualidad

Existe cierto sector del feminismo (minoritario, yo creo) que se empeña en negar la transexualidad (y algunos hasta la repudian). Muchas críticas ha generado el artículo de Píkara acerca de El sexo sentido, polémica que nos presenta esta “confusión”* bastante común, estos principios mantenidos por algunas contra viento y marea. 

Sucede que, a menudo, en nuestro afán por lograr un mundo igualitario podemos acabar tendiendo a deconstruirlo todo bajo el prisma cultural, pretendiendo abarcar más de lo que esa amplia dimensión puede dar de sí. En el caso de este rechazo a la transexualidad la identidad sexual es negada en pos de una igualdad homogeneizante: todo es género, todo es construcción social; nadie sentiría disforia de género si no nos hubiesen metido en la cabeza que un determinado carácter corresponde a una determinada anatomía, si nos aceptasen y tratasen en función de cómo nos identificamos independientemente de cómo sea nuestro cuerpo. 

Sin embargo, por lo poco que conozco del tema veo esta postura un tanto paternalista. Incluso conociendo al dedillo la teoría queer, incluso teniendo el respeto y apoyo de todos sus allegados, incluso siendo visibilizados como el género con el que se identifican, muchxs transexuales necesitan, para sí mismxs y no para los demás, cambiar su cuerpo para adaptarlo a aquél con el que se identifican (pues nuestra identidad no está sólo en nuestros pensamientos abstractos e inmateriales); y esta identificación llega tan lejos y tan hondo en el subconsciente que muchas veces está ahí desde siempre y para siempre en cómo se imaginan, se sienten, se ven en sueños. Su identidad sexual es tan real y tan fuerte que se sobrepone a todos los límites y obstáculos que la sociedad les impone: pese a ser educados como el género-sexo opuesto, pese a que la transición les supondrá discriminación, repudio y exclusión social, pese a que en muchos casos o bien por apertura mental voluntaria o por necesidad su círculo les habría aceptado como “mujeres masculinas”, “hombres femeninos”, queers, etc (o al menos más que como transexuales), ellxs siguen necesitando modificar su cuerpo para sentirse en paz consigo mismxs. Por ello creo que, paradójicamente para muchxs, los hombres y mujeres trans son “más hombres” y “más mujeres” que muchos hombres y mujeres teóricamente cisexuales**, pues estos últimos nunca se han visto en la tesitura de tener que poner a prueba su identidad sexual con todo en su contra: seguramente muchos hombres y mujeres cis tengan una identidad sexual y/o de género mucho menos marcada, de forma que de haber sido educadxs como el género opuesto o haber nacido en un cuerpo diferente se habrían adaptado mejor y quizás sentirían menos disforia. 

Por otra parte, hay una especie de miedo a que la aceptación de la transexualidad suponga una baza a favor del esencialismo (y el sexismo que lo acompaña). Aunque puedo entender ese recelo pienso que, en primer lugar, no podemos pretender negar una realidad porque no coincida con nuestro ideal, pues no podremos lograr progresos si pretendemos avanzar con los ojos cerrados, aferrados a utopías que ignoran los hechos; y en segundo lugar, no hay por qué interpretar la transexualidad como una excepción que confirme y sustente la regla del género, como una justificación a la discriminación sexista y la naturalización de los roles sociales; sino que es, más bien, un ejemplo más dentro del amplísimo espectro de la diversidad sexual y de género que nos confirma que no debemos prejuzgar ni educar a nadie en función de una apariencia o unos genitales. Y más aún: aun en el caso de que finalmente se probase que la tendencia general es que los hombres y las mujeres sean por biología en determinados aspectos como marca su rol de género, eso tampoco justificaría el sexismo, pues la naturaleza no es el destino. Si, por ejemplo, los hombres fueran por naturaleza más violentos que las mujeres, eso no debería conducir a justificar la violencia masculina, sino a prevenirla tratando de reconducirla y reducirla al mínimo mediante la educación, igual que modificamos, reprimimos y reorientamos nuestra “naturaleza” e “instintos naturales” de infinitas formas para hacernos la vida y la convivencia más feliz y satisfactoria para todos. 


*Entre transgénero y transexual. Más información aquí. 
**Cisexual: personas cuya identidad de género y sexo biológico concuerdan con lo que les fue socialmente asignado (es decir, las no trans).

lunes, 17 de febrero de 2014

El deber de dar la vida

Si bien ya he dejado clara mi opinión al respecto del aborto en otra entrada del blog, retomaré el tema sin volver a explicar lo ya dicho, para plantear un ejercicio de reflexión. Pongamos por caso los siguientes ejemplos: 

Ejemplo1: Luis es un médico privado de clase media-alta con capacidad y medios para curar afecciones que ningún otro es capaz, como en el caso de la enfermedad mortal de Elena. Sin embargo, Elena no tiene dinero suficiente como para pagar el tratamiento que ofrece Luis. 

Ejemplo 2: Laura es una senderista que paseaba por el monte mientras Juan practicaba tiro disparando a unas latas. Por error alcanzó a Laura con una bala malhiriéndola en sus riñones. Ahora necesita urgentemente que le donen uno para seguir viviendo y no hay ninguno disponible para ella.

Ejemplo3: Silvia cruzó sin mirar por el medio de la carretera, justo por delante de María. María, para esquivarla, dio un giro tan cerrado que volcó su coche y quedó muy malherida. Ahora necesita a alguien a su cargo las 24h del día, por el resto de su vida.* 

En los tres casos, o bien la persona mencionada es la única capaz de salvarle la vida a la otra (Luis, con su tratamiento) o bien un despiste o error de cálculo de Juan y Silvia provocaron a otros una situación de dependencia extrema: la necesidad de un riñón o unos cuidados para poder seguir viviendo. En los tres casos, aportar esas tres cosas no provocaría la muerte de Luis, Juan ni Silvia, aunque sí podría cambiar o reducir un poco o muchísimo su vida, libertad y economía. En ninguno de los tres casos se obliga por ley a Luis, Juan ni Silvia a aportar ninguna de esas tres cosas a quienes han quedado en esa situación por su imprudencia o a quienes sólo ellos pueden salvar, sino si acaso, en los dos últimos casos, a ofrecer una indemnización por los daños (que puede no llegarles o no servirles de nada para poder salvar su vida). La mayoría de la gente, de hecho, consideraría abusivo o injusto que desde el gobierno se obligase a Luis a endeudarse o invertir una gran cantidad de su dinero en el tratamiento de alguien que no conoce de nada; o que se le quitase a Juan un riñón por su error o condenase a Silvia a cuidar a María el resto de su vida. 

Sin embargo pongamos ahora el caso de Raquel, que se quedó embarazada por un fallo en los métodos anticonceptivos. 

Sucede que en este y sólo en este tipo de caso, Raquel sí está obligada por ley (en España y otros países) a poner su cuerpo, su salud, su dinero y su libertad al servicio de otro individuo (que yo no considero tal hasta como mínimo el segundo trimestre, pero eso ya lo he tratado aquí) por haber hecho algo sobre lo cual existía una remota posibilidad de que, por error, provocara una concepción. Una posibilidad que, en el caso de métodos como, por ejemplo, el preservativo, la píldora o el DIU, es seguramente mucho más remota que la posibilidad de atropellar a alguien cuando cogemos el coche o la posibilidad de disparar a alguien si nos ponemos a practicar tiro en el monte, sin embargo ¿se consideraría moralmente culpable y un asesino a quien por error atropellase a un peatón o disparase a alguien practicando tiro, ya que sabía que existía una remota posibilidad de que eso pudiese pasar y aún así realizó esa actividad? Si la respuesta es positiva, para ser coherentes, no deberíamos hacer prácticamente nada, pues siempre existe una remota posibilidad de provocar algún mal, por el cual seríamos irremediablemente culpables y deberíamos pagar. Si la respuesta es negativa ¿por qué, entonces, una mujer que haya mantenido relaciones sexuales consentidas es culpable si se queda embarazada y debe “hacerse responsable” de las “consecuencias de sus actos”, en tanto sabía que existía esa remota posibilidad? 

Luis no tiene porqué tratar ni reducir su nivel de vida para tratar a una persona que no conoce de nada, aunque la vida de ésta dependa de ello. Juan no está obligado a someterse a una operación tan invasiva por un pequeño error, nadie le obligará a poner su cuerpo a disposición de nadie. María no tiene ninguna obligación de cambiar por completo su vida y pasar a centrarla en Silvia por un despiste. Para Raquel no hay errores, despistes ni “es un desconocido” que valgan ¿El caso es distinto en ella porque no es una omisión de un acto la que provoca la muerte, sino que ella misma provoca una muerte? No, tampoco esto cambia nada. Si los cigotos pudieran sobrevivir fuera del útero de una mujer y ella se negase a que el proceso continuase de esa forma, quizás podría hacerse esa crítica. Pero la cuestión es que lo que ella quiere no es matar a nadie, sino no someter su útero, su cuerpo, su salud, su vida, su dinero, su libertad… a la vida de nadie (no olvidemos que un embarazo –ya sin contar la crianza posterior- afecta a todas estas cosas) ¿Que como consecuencia de querer echar a alguien de tu cuerpo éste muere? Sí. Pero no es una consecuencia pretendida, sino prevista (si es que sois deontologistas a la caza de un culpable), al igual que en el caso de Luis, Juan y Silvia (¿o es que acaso lo que ellos buscan es que muera Elena, Laura o María?).

Pero sobre esto, como guiño al argumento de Judith Thomson, podríamos aún hacer más analogías: si un día te levantas cosido a un desconocido cual hermano siamés, y la separación de éste implicaría su muerte ¿considerarías que es tu deber permanecer cosido a esa persona? Si unas personas te secuestran y la única forma de liberarte es matarlos (o pidiéndole a otro que los maten) ¿también considerarías que es tu deber no hacerlo, porque matar está mal? Si una persona intenta violarte y, también, la única manera que tienes de librarte es matándolo, o dándole permiso a un policía para que lo mate ¿tampoco lo considerarías justificado? Si estos últimos dos ejemplos te parecen distintos por el tema de la culpa que tendrían tus agresores, supón que tienen enfermedades mentales que les impiden ser conscientes de lo que hacen o el daño que causan, pero, a pesar de ser tan inocentes como el cigoto que Raquel lleva en su útero, causan también tanto daño como el que podría causarle a Raquel el cigoto que lleva en su útero. En todas estas y otras situaciones similares que puedas imaginar, ¿es tu deber no causar la muerte bajo ninguna circunstancia, independientemente de las consecuencias que pueda causar para tu vida, integridad física o psicológica? Si es así, ¡felicidades! Eres un/a santo/a. Sin embargo, la mayoría de las mujeres no queremos ser beatificadas, por lo que si quieres salvar la vida de cigotos inocentes, te aconsejo que vayas a las clínicas abortivas a pedir que te los implanten a ti misma en el útero (o en los testículos).


*He tratado de poner ejemplos sencillos para no alargar mucho la entrada ni centrarla en enrevesadas analogías, pero es probable que por su extrema simplicidad no sean los más adecuados y se le puedan poner muchas pegas. No obstante, pueden pensarse decenas de ejemplos más complejos y bien atados, porque la idea que quería transmitir no varía: nunca se obliga a nadie a que dé tanto por otro (salud, integridad física y psíquica, libertad, dinero...) por un "error", y menos por un "desconocido" (sí, al cigoto recién implantado no lo conoces de nada y nunca has querido conocerlo, cuando el embarazo es indeseado), como a una mujer embarazada a la que se le impide abortar.

jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Hembrismo?

Muchxs feministxs rechazan o niegan la existencia del hembrismo, considerándolo un término falaz, erróneo, que nos divide y se vuelve contra nosotras, perjudicando al movimiento. Hay, pues, dos objeciones fundamentales a su uso: el perjuicio que supone y el cuestionamiento de su propia existencia. 

Con respecto a las consecuencias de su uso mi conclusión es la opuesta. En primer lugar, dado que el concepto de feminismo es bastante confuso para mucha gente por su semejanza gramatical con “machismo”, este nuevo término nos permite identificar la diferencia de ambas terminologías adjudicándole un verdadero opuesto. En segundo lugar, el término nos permite distinguir y distanciarnos desde el feminismo de aquellas actitudes y prejuicios no feministas que perjudican gravemente al movimiento: con la negación del hembrismo, toda aquella actitud despreciativa hacia los hombres que no alimente la pervivencia del patriarcado (como lo haría, por ejemplo, el despreciar a un hombre por no ser valiente o no querer mantener relaciones sexuales) y por tanto no podamos explicar como forma “paradójica” de machismo, no podrá sino encuadrarse dentro del concepto de “feminismo”. 

El miedo a que se vuelva contra nosotrxs me parece injustificado, pues quien quiera acusar injustamente a una feminista o sección del feminismo de misándrico lo va a hacer conozca o no el término hembrismo, al igual que muchxs homófobxs acusan a los activistas lgbt de odiar y luchar contra los heterosexuales sin que la mayoría conozcan ni usen el término heterofobia. Por otra parte, considero que incluso aunque existiera esta posibilidad de que “se vuelva en nuestra contra” supondrá en último término un beneficio para el movimiento, en tanto que: 

1) fomentará la autocrítica y el debate interno sobre si algo es o no realmente feminista y justificable desde el feminismo. 

2) “saneará” el feminismo manteniendo a raya actitudes revanchistas y/o maniqueístas que frenan el avance del movimiento. 

3) ayudará a reforzar y hacer más firmes los argumentos y las bases sobre las que se sustentan nuestras reflexiones y acciones, al vernos quizás más expuestxs a los posibles recelos con respecto a nuestras intenciones, y esto, en último término: 

4) desarrollará la capacidad comunicativa y don de gentes de lxs activistas, haciendo al feminismo más accesible para todxs, alejándolo de la endogamia y restricción a la esfera académica e intelectual. 


Con respecto al cuestionamiento de su existencia, muchxs feministxs argumentan que, dado que el machismo no es una mera actitud sino todo un sistema, el hembrismo no existe en tanto que no existe ningún sistema que coloque a la mujer en una situación de poder con respecto al hombre, sometiendo y agrediendo a estos últimos, ni existen grupos de mujeres u organizaciones que defiendan la imposición de este sistema. 

La primera objeción a este argumento es que, en cierto modo, estxs feministas cometen el mismo error que todas aquellas personas que atacan al feminismo equiparándolo al machismo porque suenan como antónimos. Del mismo modo que el feminismo no es la inversión del machismo, el hembrismo tampoco es la inversión idéntica del machismo, aunque la formación gramatical sea análoga. Y es que ¿quién dice que el hembrismo es un sistema como el machismo o un movimiento por el mismo? Las personas que consideran que el concepto al que otrxs se refieren no existe no pueden ser quienes definan lo que ese concepto significa. Son sólo quienes afirman la existencia del hembrismo quienes pueden definir lo que es, y en base a la definición que éstxs asienten lxs detractorxs expondrán sus objeciones. En resumen: para oponerte a algo primero tienes que saber qué es ese algo, y no es quien niega la existencia de ese algo quien puede decir lo que es. 

Así pues, obviamente, el hembrismo no es un opuesto simétrico al machismo: nadie piensa en un sistema cuando habla de hembrismo, salvo unos pocos machistas/masculinistas que consideran que las mujeres dominan el mundo. El machismo, al igual que el racismo y especismo hegemónicos (hacia los no-blancos y no-humanos, respectivamente), en tanto problema estructural, conforma no sólo una actitud individual de discriminación hacia un cierto grupo, sino todo un sistema que perjudica, discrimina, oprime y estereotipa a los grupos minorizados (a nivel laboral, legal, cultural, simbólico, social, etc), por lo que goza de poderosos cimientos y está muy extendido. En estas discriminaciones, por tanto, puede distinguirse un nivel individual y otro social, estrechamente interconectados y que se retroalimentan. 

Sus discriminaciones opuestas, en la gran mayoría de los casos, no son más que una reacción de resistencia y autodefensa contra ese sistema discriminador, si bien convirtiéndose en respuesta desproporcionada al caer en las mismas generalizaciones que hegemónicamente ellos sufren. El hembrismo (así como el racismo hacia los blancos) es, pues, una discriminación que existe solamente a nivel individual y está muchísimo menos extendida que su opuesto dominante, pero existe. 

Hembrismo es, por ejemplo, que en un debate feminista se respeten y valoren las opiniones y argumentos de una mujer, y que cuando los da un hombre se considere que “quiere ir dando lecciones a las mujeres”.

Hembrismo es obviar por completo que el patriarcado también perjudica (aunque en menor medida) a los hombres, considerando que éstos no pintan nada dentro del movimiento feminista (o sólo pintan como aliados y calladitos, sin cuestionar nada). 

Hembrismo es generalizar en lo que los hombres hacen a las mujeres, prejuzgándoles móviles e intenciones.

Hembrismo es tachar de lloricas a los hombres que se quejan de algún tipo de discriminación o limitación que sufren, porque TODAS las mujeres SIEMPRE sufren mucho más (que, aunque así fuera el caso, tampoco es incompatible luchar contra ambas cosas, sino más bien complementario) y por tanto lo suyo es irrelevante y puro victimismo. 

Hembrismo es justificar y comprender un sinfín de actitudes desagradables y discriminatorias de mujeres, refiriéndose a sus circunstancias y condicionamiento social en tanto atenuantes o supresores de su responsabilidad, y no hacer el mismo ejercicio de comprensión con respecto a los hombres, como si ellos fuesen cabrones y machistas por naturaleza. 

Hembrismo es, en definitiva, juzgar con un doble rasero a hombres y mujeres en perjuicio de los hombres, desde una supuesta perspectiva antipatriarcal: prejuzgar, generalizar, minusvalorar y adoptar una postura maniqueísta con respecto al sexismo. NO es abogar por un sistema donde el hombre cobre menos, se lleve todo el peso de las tareas domésticas o sufra acoso y agresiones sexuales sistemáticas, al igual que muchos machistas no quieren estas cosas para las mujeres y no por ello dejan de serlo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

lunes, 24 de junio de 2013

¿Quién defiende a los amantes?

Como ya he criticado en una entrada anterior, hay bastantes cosas que no me cuadran dentro del paradigma monógamo convencional, una de ellas es el odio hacia los posibles o reales competidores ilegítimos, los amantes. 

La ideología monógama establece que el interés afectivo-sexual sólo puede darse hacia el individuo con el que están emparejados (o al menos debe evitarse todo contacto romántico-sexual con quien no sea la pareja). Esta exclusividad es teóricamente una muestra de amor y, por consiguiente, no practicar esta exclusividad indica que la persona no está verdaderamente enamorada ni guarda el debido respeto por su pareja. 

Ahora bien, estas condiciones son un “contrato” que se establece (que se da por hecho, generalmente) para con la persona con la que te encuentras emparejada, no con los amigos, compañeros, conocidos o desconocidos. Entonces, ¿qué responsabilidad tiene el amante o el rollo de una noche con respecto al “contrato” de los individuos que no son su pareja? ¿Por qué habría de culpársele a él/ella de que la persona con la que mantiene una relación esté faltando a su palabra para con otra persona? 

No dejo de ver y oír reproches hacia esas personas (generalmente mujeres) tales como que son culpables de destrozar una pareja/familia, y digo yo ¿acaso la pareja/familia no estaba rota desde antes de que el rollo o amante entrara en escena? ¿Acaso la culpa no habría de corresponder íntegramente a la persona que ha puesto los cuernos a su pareja, pues ese acto no es (en teoría) más que un síntoma de que no estaba verdaderamente comprometida con la relación? 

Culpar al amante de seducir al hombre o mujer comprometidos es análogo a culpar a la víctima de una violación de provocar a su violador. Es el emparejado el que tiene teóricamente el deber de no engañar a su pareja: el amante no está engañando a nadie, porque nunca ha prometido nada. Más aún, si la figura del amante -o individuo cualquiera con el que se ha tenido una aventura puntual- ha de suscitar algún sentimiento, éste habría de ser el agradecimiento: es gracias a ella/él que puedes descubrir que tu pareja no te ama ni respeta (según la lógica monógama), es gracias a los “competidores” que tratan de seducir a tu pareja como puedes cerciorarte de que ésta está o no verdaderamente enamorada de ti, en función de si los acepta o los rechaza. Cuanta más gente ande detrás de tu pareja, más pruebas de su compromiso obtendrás. 

No obstante, cabría una posibilidad según la cual la violación de estas “condiciones de noviazgo” por parte de una persona ajena pueda ser lógicamente condenable: que el noviazgo/matrimonio se conciba como un contrato de propiedad, no como una mera promesa de lealtad y respeto entre dos personas. Sólo en este caso mencionado es reprochable la acción de un amante, en tanto que su aventura sería un ataque a la propiedad privada. Sin embargo, esta concepción conllevaría que los individuos implicados en el contrato son objetos alienables, no sujetos responsables de sus acciones (lo cual es de por sí contradictorio, pues supone que los dos individuos son y no son sujetos y objetos al mismo tiempo). 


Como tantos otros temas, éste no se libra de una perspectiva de género. Basta analizar en los medios audiovisuales la figura del amante y la amante, el marido infiel y la esposa infiel, así como los reproches que suscitan los cuatro tipos de individuos, para reparar en la diferente consideración que se tiene de los mismos en función del género. Si bien todos esos individuos son culpabilizados, la mujer suele llevarse la peor parte. Como ya he mencionado antes, a menudo se culpabiliza a la amante de un hombre comprometido por seducirlo, restándole así a él responsabilidad sobre sus acciones. Sin embargo, escasas veces se culpa al amante varón por seducir a la mujer, pues “como todos sabemos” es la mujer la que provoca, la que debe cuidarse de no tentar al varón con su cuerpo libidinoso. 

Con respecto a los reproches o ataques la diferencia es análoga: a las amantes se las suele culpar, como ya he mencionado, de destrozar familias. Son ellas las culpables de provocar a los maridos ajenos causando que las víctimas de sus encantos falten al compromiso monógamo con las “mujeres de bien”: sus legítimas esposas. Los amantes, por su parte, suelen recibir ataques más virulentos por la invasión de un territorio ajeno. La existencia de un amante es una ofensa para el novio/marido en tanto que este individuo le está burlando la propiedad que le pertenece legítimamente, el cuerpo/sexualidad de su pareja. Basta reparar en lo común que es que un baboso se te despegue más fácilmente si le dices que tienes novio que si simplemente lo rechazas, incluso reiteradamente, o bien que, cuando se lo dices con tu novio delante, se disculpe ante él en vez de ante ti. 

Por supuesto, existen muchos otros reproches con respecto a los y las amantes y más hoy en día, muchos de los cuales son iguales para ambos sexos; no obstante, desgraciadamente, la diferencia de género mencionada sigue vigente implícita o explícitamente en una gran cantidad de situaciones.

jueves, 13 de junio de 2013

Yo no soy bonita ni lo quiero ser

Un icono femenino puede ser increíblemente inteligente, valiente, talentosa, trabajadora o graciosa, pero jamás podrá escapar de la presión del enjuiciamiento masivo sobre aquello que la hace “aprovechable” o “desechable” como mujer: su belleza. Todas sus otras cualidades o aptitudes son generalmente concebidas como un agradable añadido, a menudo incluso como un añadido que no hace sino volverla más sexy. 

De este filtro no se libran siquiera –o menos aún, si cabe- los iconos infantiles; para muestra una excepción: uno de los escasísimos modelos de Disney que rompía más con el estereotipo, la princesa Mérida de Brave, fue “pasada por” quirófano, modista, peluquero y maquillador para poder constar como princesa oficial, porque aparentemente el cuento de que la belleza está en el interior (aunque el personaje ya era guapa antes) sólo vale para con los varones (Quasimodo, la Bestia, el Fantasma de la ópera…). 

Incluso cuando se reivindica respeto para aquellas mujeres que no encajan con los cánones de belleza hegemónicos muchas veces la reivindicación no trasciende la premisa de que la belleza es una importante cualidad en las mujeres: se habla de la belleza de este u otro cuerpo, de la belleza de la diversidad, singularidad o de alguna cualidad mental, de lo bella que eres "al natural", de que hagas o seas esto o lo otro sigues siendo bella, y digo yo ¿por qué ese afán por ensanchar hasta el infinito el concepto de bello en vez de cuestionar el peso que tiene en la valoración ajena y propia de una mujer? ¿Por qué legitimar una acción (depilarse o no, maquillarse o no, usar ropa femenina o no) con lo bella que es hacerla o no hacerla? 

Tan impositivo es que nos insten a que nos pongamos bonitas callándonos, depilándonos, maquillándonos y poniéndonos tacones como que lo hagan con respecto a que gritemos, nos dejemos el vello crecer, estemos despeinadas u ojerosas. A veces las mujeres toman decisiones en función de, por ejemplo, su practicidad, placer o comodidad, no sólo ni constantemente en función del agrado que cause a los demás. Cada cual debería poder hacer con su vida y su cuerpo lo que le dé la gana sin tener que ver su preferencia reforzada por la opinión de alguien de que haciendo eso está o sigue estando bonita. 


El colmo de este tipo de reivindicaciones son los lemas a menudo secundados por algunas feministas tales como “mujer bonita es la que lucha” o “qué linda te pones cuando luchas”. Lemas que pretenden romper moldes sobre el ideal de belleza femenino pero siguen perpetuando y reforzando esa sobrevaloración de la belleza en la mujer, sólo que definida en otros términos. A la mayoría de la gente le parecería un absurdo y una frivolidad que se le dijese a, por ejemplo, Che, Bakunin o Emiliano Zapata, lo bonitos que estaban luchando; sin embargo para las mujeres ni siquiera las luchadoras pueden escapar del omnipresente juicio de su belleza, aunque sea utilizado a modo de “refuerzo positivo” de una determinada cualidad: parece que sólo nos preocuparemos por ser inteligentes o luchar si la gente nos encuentra bonitas por ello.

martes, 21 de mayo de 2013

Los eternos olvidados en las discusiones sobre la custodia

Las dos posturas fundamentales que me he encontrado en el tema de la custodia de los hijos son, por parte de una gran cantidad de masculinistas, aquella que exige la custodia compartida automática; y por parte de muchas feministas, la de la custodia compartida pero no automática. La diferencia de la segunda con respecto a la primera es que se exigirían una serie de criterios y responsabilidad para que la custodia sea de ambos progenitores y no sólo (o no mayoritariamente) de uno de ellos, y no se presupone, como a veces se pretende, que si los hijos denuncian malos tratos o abusos sexuales por parte de uno de los progenitores (generalmente del padre) es por un Síndrome de Alienación Parental. 

Si bien el sistema actual favorece por defecto a la mujer en la custodia de los hijos, presuponiendo que la madre cuidará mejor a los niños que el padre, muchas feministas no consideran que la solución sea la aplicación de la custodia compartida automática en caso de que ambos progenitores cumplan unos "requisitos mínimos" (que ninguno sea maltratador, violador, etc) pues la paridad en el cuidado de los hijos está lejos de ser una realidad: que yo conozca, no hay ninguna estadística de ningún país en que las horas de cuidado por parte de los padres sean iguales a las de las madres (a exepción de la tribu centroafricana de los pigmeos aka y, en Occidente, Suecia es lo más cercano) sino que suele haber una diferencia del doble si no más y son las mujeres las que fundamentalmente sacrifican su vida profesional, académica y personal para volcarse en sus hijos, pues además es sobre ellas sobre quienes se concentra toda la presión social de ser una buena madre. Es por ello que se considera que, dada la sociedad en la que vivimos, en la mayoría de los casos la custodia habría de favorecer a la madre por una cuestión de mérito (cuando así sea).

Todas estas consideraciones me parecerían estupendas si habláramos de propiedades, pero no de personas ¿o es que a nadie se le ha pasado por la cabeza que los hijos pueden tener algo que decir al respecto? 


Desde la imposición de una vida que nadie ha pedido en unas circunstancias que nadie ha elegido, los padres tienen potestad para decidir prácticamente todo en la vida de sus hijos, y lo que no tienen poder de imponerle sus padres se lo impone el Estado. Los padres (sobretodo la madre) pueden decidir “tener” o no “tener” un hijo, pero ¿alguien se ha preguntado si los hijos quieren/querrán “tener” esos padres? ¿A alguien le preocupa cómo se siente el hijo con respecto a los padres y la vida que éstos le dan si no les propician palizas (porque “por un cachete no pasa nada” y “una bofetada a tiempo arregla muchas cosas”, claro) o abusan sexualmente de ellos? No sólo no preocupa a la gran mayoría de la población sino que a menudo esta reivindicación es ridiculizada y tachada de desagradecida: “encima que vives a su costa te atreves a quejarte”, “ellos te han dado la vida” o “con todo lo que han hecho por ti” son algunas de las quejas que suelen aducirse. Como ya he argumentado en otras entradas, nadie debe nada por sufrir una imposición (nacer), independientemente de que luego la disfrutes. Nadie debe nada a sus padres porque éstos los hayan cuidado, pues fueron ellos quienes decidieron traer a una persona al mundo sabiendo que iba a tener necesidades. 

“Custodia compartida sí” o “custodia compartida no”, por muy en pro de la igualdad de sexo que pueda ser o no, supone tratar a los niños y adolescentes como meras propiedades sin voz ni capacidad de decisión, obligados a vivir primero la vida que le imponen sus padres y después la que un juez decide que es mejor para él/ella, nuevamente bajo la tutela de uno o ambos progenitores durante los periodos que el juez elija. A nadie le importa si la madre maltrata psicológicamente al niño comparándolo constantemente con otros, porque eso no deja marca; a nadie le importa si el padre sólo le deja salir de casa un día a la semana a los sitios donde el padre decide, obligándole el resto de la semana a acudir a actividades extraescolares que detesta y/o estudiar sin descanso durante horas para sacar las mejores notas; a nadie le importa si el niño se siente totalmente incomprendido por sus padres y no quiere vivir con ninguno de los dos. A nadie le importan, en definitiva, los deseos, sentimientos u opiniones de las propiedades con respecto a sus propietarios. 

En conclusión, lo que yo considero la mejor opción en los casos de divorcio es el preguntar directamente al niño o niña (siempre que tenga capacidad de decisión) con qué progenitor quiere convivir y durante qué períodos, si es que quiere convivir con alguno de ellos o con ambos, teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra y permitiéndole hablar con un psicólogo infantil que pueda ayudarlo (que no coaccionarlo) a decidir qué decisión tomar y por qué. Y también creo que debería poder visitar a ese u otro especialista cada cierto tiempo en caso de que quisiese rectificar su decisión. Ya que los hijos no pueden escoger a sus padres, el mínimo derecho que creo que merecen es el poder decidir si prefieren ser tutelados por uno, ambos o ninguno.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

viernes, 15 de marzo de 2013

Orgullo y prejuicio menstruante

Con respecto a la menstruación (o más exactamente, a las mujeres menstruantes) suelo encontrarme dos posturas radicales contrapuestas, tanto por parte de mujeres como de hombres: la mayoritaria, de quienes la repudian, la consideran un tema tabú, lo ven como algo impuro, sucio o degradante e incluso se burlan con ello de otras mujeres; y la minoritaria, de algunas feministas (de la diferencia, sobretodo), que la sacralizan, la consideran un vínculo con la naturaleza o la Luna y lo ven como una especie de suerte o privilegio, un proceso tremendamente beneficioso y enriquecedor. Y por no variar, no respaldo ninguna de las dos. 

La utilidad de la menstruación es de sobra conocida, si bien desconozco si trae a mayores algún beneficio (todo lo que he encontrado al respecto han sido argumentos místicos y –para mí- vacíos), por lo que sentíos libres de aportarlos si sabéis de alguno -no poético ni espiritual, sino físico. Para mí (y para la mayoría de las mujeres) la regla es un fastidio, un engorro y una auténtica carga de la que me desharía sin pensarlo si pudiese hacerlo (sin consecuencias negativas), pero al menos por ahora no me convencen las alternativas farmacológicas, no voy a inducirme una deficiencia proteica y, por supuesto, no pienso quedarme embarazada. No se trata de prejuicios misóginos que me hayan metido en la cabeza, sino de mi propia experiencia personal: me incomoda, duele, quita energía, baja el ánimo, mancha, despierta por las noches e impide en general hacer vida normal.

La cuestión es que la regla es, como tantos otros, un proceso fisiológico no más místico que el comer o el cagar, y que este proceso afecte sólo a hembras humanas (y de primates, murciélagos y otros pocos animales) no es algo causal por una suerte de mayor vinculación de la mujer con la Madre Tierra o la Luna, sino casual, por obra de una selección sexual y otros factores biológicos. La sacralización de la menstruación, así como del parto, es un puro esencialismo bastante contraproducente para el logro de la igualdad, pues los prejuicios y las constricciones de los roles de género no se eliminarán mientras se siga promoviendo una imagen de la mujer como ser místico, mágico, natural y poseedor de otras tantas cualidades que corresponden a su “feminidad esencial” (que, a todo esto, los hombres también tienen un ciclo sexual que los afecta hormonalmente, así como padecen también una “menopausia” masculina o andropausia).

¿Que tiene su razón de ser? por supuesto. Y me parece probable que reporte algún beneficio biológico -o por lo menos que el no tenerla reporte algún perjuicio- pero esto no es distinto en el caso de la fiebre, congestión nasal o vómito: todas son respuestas beneficiosas del organismo (en algunos casos) en tanto que éste está reaccionando y defendiéndose de un agente que considera perjudicial, ya sea un virus, un exceso de contaminación, una comida en mal estado, etc. Sin embargo, no por ello dejamos de considerar que estas “formas de proceder” de nuestro cuerpo son unas molestas cargas que deseamos no sufrir nunca. No veo que este deseo de evitar una incomodidad sea distinto en el caso de la menstruación, para todas aquellas que la sufren. El tabú social no es el único -ni muchas veces el principal- factor determinante de este deseo.

Sin embargo, el que yo y otras muchas consideremos odioso este proceso no justifica el tabú social, sino más bien al contrario. En torno a él han girado gran cantidad de prejuicios que segregan y repudian a las mujeres. Si bien mitos como el de que las mujeres menstruantes provocan la muerte de las plantas o cortan la mayonesa ya no son prácticamente mantenidos en nuestra sociedad (excepto quizás en las zonas rurales) por ir en contra de una mentalidad mayoritariamente cientificista, otros tantos prejuicios gozan de gran salud:

Nos educan para verlo como algo asqueroso y repulsivo, mientras que no tenemos esos reparos con cualquier otro tipo de sangre, que alguna gente hasta ingiere si no es humana (en morcillas, filloas, etc) o bien se deleita con el análogo a la menstruación en las hembras ovíparas (los huevos) o trozos de músculos desmembrados, intestinos u otras tripas.

A raíz de esto, a muchos hombres y mujeres les da asco mantener relaciones sexuales con una mujer menstruante, como si fueran a ponerse a expulsar sangre como una fuente o los fluidos fueran algo corrosivo. Pero eso sí, eyacular en el cuerpo, cara o boca de una mujer se ve a menudo de lo más sexy, aunque pueda ser un líquido más viscoso y difícil de limpiar que muchas menstruaciones, o al menos en determinados días. No es que considere que la gente deba hacerlo aun si no se siente cómodx, simplemente me parece triste que por prejuicios y presión social muchxs que sí querrían se quiten de practicarlo: es común que a muchas mujeres les aumente la libido durante la regla, además de que mantener relaciones sexuales durante ese período puede ayudar a aliviar los cólicos, desinflar el pecho y vientre y obtener orgasmos más intensos y, adicionalmente, las probabilidades de embarazo son bastante menores (que no imposibles).

Se insta constantemente a las mujeres a avergonzarse de su menstruación, sentirse sucias y malolientes, sumando esto a que, como las hemorroides, es algo que debe sufrirse en silencio, pues el tema no ha dejado de ser tabú -especialmente delante de hombres. Sin embargo, para sorpresa de muchos, la regla en sí no suele oler mal (a menudo cuando lo hace es por causa de alguna infección), sino que lo que a muchxs les apesta son precisamente los químicos y plásticos de las compresas que supuestamente los encubren. Con compresas de tela o una copa menstrual (producto que recomiendo encarecidamente) la regla no suele tener ningún mal olor, a menos, quizás, que no te cambies en un día entero. Otros factores que podrían provocar eso serían, por ejemplo, el llevar pantalones muy ajustados o –paradójicamente- el exceso de “higiene”, que puede desequilibrar la flora vaginal y dar lugar a hongos o infecciones (y es que la vulva y la regla no son algo “sucio” que haya que estar lavando cada pocas horas –y menos con jabones-, especialmente las duchas vaginales son bastante peligrosas: la vagina ya se encarga ella sola de limpiarse (por dentro) con su propio flujo).

Se difunden numerosos chistes e ideas sobre lo mentalmente desequilibradas que las mujeres están cuando menstrúan: por una parte, como ya he dicho, los hombres no se libran de los ciclos hormonales; por la otra, no a todas las mujeres ni todas las veces les afecta en su carácter y personalidad y, en cualquier caso, eso no implica que se conviertan en unas locas irracionales incapaces de controlar su ira o impulsos, pues la influencia de las hormonas no deja de ser limitada y nuestra racionalidad lidia y reprime diariamente multitud de impulsos bajo todos los estados anímicos, por lo que para la gran mayoría será algo bastante controlable.

Se ridiculiza y pone el grito en el cielo cada vez que ese “avergonzante secreto” se hace visible a los demás, es decir, cada vez que la sangre menstrual mancha la ropa o alguna otra cosa, o menos comúnmente, cuando las compresas se hacen visibles o intuibles bajo la ropa. Nadie se burla de que la sangre de una herida abierta manche la ropa de una persona, pues esa sangre es “pura”; sin embargo, la “sangre impura” de la menstruación le resulta a la gente tan repugnante y humillante como la orina o las heces, como si manchar la ropa de sangre menstrual fuera como una falta de control de las mujeres sobre sus esfínteres.

Por último, considero también bastante sexista la imposibilidad de las mujeres para pedir una baja por dolores menstruales o síndrome premenstrual (al menos en la mayoría de los empleos), obligando a muchas a acudir al trabajo con una gran indisposición o a perder el sueldo o el trabajo por ausencias mensuales reincidentes. No sugiero ni mucho menos que todas las mujeres, por el hecho de ser menstruantes, deban gozar de x días de baja cada mes, sino que aquellas que sufran esa condición, con algún tipo de justificante o revisión médica, tengan el derecho de hacerlo (derecho que, por otra parte, nunca se logrará mientras se siga defendiendo que si se sufre por la menstruación es por los prejuicios patriarcales que nos han metido en la cabeza, desacreditando por completo las experiencias de millones de mujeres considerándolas psicológica y emocionalmente manipulables hasta límites insospechados). Sin embargo también es probable que, desgraciadamente, de concederse este derecho acabase volviéndose en nuestra contra: agravando la discriminación laboral, acrecentando las burlas y desacreditaciones por la regla y alimentando el resentimiento de una gran cantidad de hombres que se sentirían “discriminados” por un malvado feminismo que busca “que las mujeres tengan más derechos que los hombres”.


domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género. 

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.


lunes, 28 de enero de 2013

La sexualidad femenina

La santa y la puta, esa eterna dicotomía femenina que el imaginario social todavía no ha abandonado. Algunos sexistas reivindican y otros se quejan, sintiéndose discriminados, del pedestal en que a veces es erguida la mujer; pero lo cierto es que ese pedestal es un corpiño de hierro que no eleva a la mujer, sino a la imagen ideal que el imaginario patriarcal proyecta sobre ella: madre abnegada, ama de casa omnipotente, esposa dulce y dócil, mujer “recatada” pero atractiva, etc. En el momento en que desobedece alguno de los mandatos sociales que pesan sobre su género caerá irremediablemente de ese trono para ser tildada como su antagónica: la zorra. 

Y es que zorra o puta no es más que aquella mujer que se niega a cercenar su sexualidad en el papel pasivo que la sociedad le impone, además, con mandatos contradictorios: si te acuestas conmigo eres una mujer fácil, si no lo haces eres una estrecha; si te vistes de forma provocativa eres una puta, si no te vistes de forma femenina eres una marimacho; si cumples mis fantasías sexuales eres una guarra, si no lo haces eres una aburrida; si no cumples con los cánones estéticos de poco vales, si gastas el tiempo y recursos necesarios para poder cumplirlos eres una superficial, etc. 

Pero ¿por qué, si eres mujer, disfrutar de tu propia sexualidad sin hacer daño a nadie (sino al contrario) merece el vituperio social? Pues, entre otras cosas, por la idea tan antigua y complementaria de esta dicotomía, de que el cuerpo y sexualidad femeninas son un pecado, una tentación hacia el hombre de la que las mujeres son responsables y, como tal, de él han de expiarse. Para los que crean que exagero y son cosas del pasado u otras sociedades, basta reparar en la común culpabilización de muchas mujeres violadas o acosadas: “si es que lo iba pidiendo”, “eso te pasa por emborracharte”, “si no querías acostarte con él no deberías haber flirteado”, “no deberías haber salido sola por la noche”, “¿si no quieres que te digan guarradas para qué te vistes así?”, etc. ¿Acaso el cómo vaya vestida una mujer atenúa o invierte la responsabilidad del acoso o la agresión sexual? ¿Acaso la ebriedad justifica la manipulación o forzamiento de la persona? ¿Acaso la mujer violada es culpable por querer utilizar legítimamente la vía pública sin temer por su integridad? Nunca he oído a nadie decir de un hombre (o mujer) que “iba pidiendo que le robasen” por salir a la calle con ropa cara, o que “iba pidiendo que lo asesinasen” por salir por un barrio conflictivo sin armas para defenderse. Pero la violada “iba pidiendo que la violasen” por atreverse a no ir escoltada y tentar a los hombres con su cuerpo libidinoso por el que los pobres agresores se han visto irremediablemente seducidos, no pudiendo contenerse.


Volviendo a la cuestión inicial, este vituperio de la mujer que pretende hacerla sentir culpable e inferior por incurrir en ciertas conductas sexuales que violan las expectativas de género tradicionales es conocido como slutshaming y, desgraciadamente, no es un comportamiento precisamente minoritario, ni siquiera entre los jóvenes. Gran cantidad de hombres y mujeres censuran a otras mujeres por vestir de forma “provocativa”, ser promiscua o “fácil”, mantener muchas relaciones sexuales, mostrar el pecho o los genitales, disfrutar de alguna práctica sexual fuera de lo común o privado (como realizar cybersexo, sexo en grupo, porno casero, prostituirse…), flirtear o hasta por masturbarse, como se ve en las numerosas imágenes y bromas que circulan por todas las redes sociales (1), (2), (3), (4), (5), (6), (7), (8), (9).

Por supuesto, huelga decir que un hombre que vaya en pantalones cortos y hasta sin camiseta por la calle no “va pidiendo” nada ni pierde un ápice de respeto, si mantiene muchas relaciones sexuales es un crack, si se desnuda en público es gracioso o valiente, flirtear mucho o masturbarse es de lo más normal y realizar porno, sexo en grupo o cobrar por sexo lo convierten en alguien admirable. El peso de la culpa recaerá siempre sobre la que “se abre de piernas”, que será aquella para la cual peligre su estatus de “mujer de verdad”. 

Por último tenemos el popular concepto de friendzone. Para los que desconozcan su significado, hace referencia a una relación platónica en la que uno de los integrantes desea establecer una relación romántica mientras que el otro sólo está interesado en una amistad y, una vez establecida esa “zona de la amistad”, se supone que la relación suele estancarse ahí y es difícil hacerla avanzar hacia el romance. Cuando se habla de friendzone suele ser algo unilateral donde el hombre es amable y considerado esperando convertirse en novio de la mujer mientras que ésta sólo lo ve como un amigo y, a menudo, esas mujeres son culpabilizadas por no sentirse atraídas hacia esos amigos. Nuevamente son tachadas de zorras porque, según parece, las mujeres deberían venderse al mejor postor, en este caso al que sea más amable y caballeroso con ella, correspondiéndole con sexo. Si no premia ese “esfuerzo” que están haciendo por ser buenos con ella con algo más que amistad y/o se siente atraído por otro hombre sólo por su físico, es una completa zorra. Por supuesto, nadie menciona ni le importa que muchos de esos pobres luchadores caídos en la fatídica friendzone han tratado de ganarse a la chica por su atractivo físico, pues es perfectamente entendible que a un hombre sólo le interese una mujer por su físico, al fin y al cabo ¿a qué otra cosa podrían ellas a aspirar más que a ser un bello objeto? es sólo responsabilidad de éstas el vender el trofeo de su belleza al chico más cortés. 

Y es por denunciar todo esto, por rechazar estos prejuicios y concederme el derecho de disfrutar libremente de mi sexualidad, que no veo lógico seguir renegando de un concepto con el que sólo pretenden acortar mi libertad so pena del ostracismo que implica su acusación. Porque antes de que nadie me lo llame ya lo afirmo yo: sí, soy una zorra, ¿y qué? 

lunes, 13 de agosto de 2012

Violencia de género: la cosificación de la mujer

A menudo se habla de violencia de género como una agresión física o verbal de un hombre hacia una mujer, generalmente siendo su pareja o expareja sentimental. En primer lugar cabría mencionar que no siempre que un hombre agreda a una mujer el móvil de la agresión ha de ser el género, al igual que sí podría serlo, aunque se da en menor proporción y de distinta forma, en el caso de una mujer que agreda a un hombre. En cualquier caso, me remito a esto para señalar una condena del sexismo muy miope que ignora el porqué de todas esas agresiones, pues en una sociedad igualitaria la violencia entre dos sexos no se daría por cuestiones de género.

La violencia se ejerce de muchas maneras y en muchos casos no se presenta como un insulto, sino como un cumplido. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos de personas con dos grupos de características complementarias y contrapuestas: los hombres como racionales, potentes, fuertes, valientes, estables, claros y seguros; las mujeres como emocionales, débiles, miedosas, inestables, retorcidas e inseguras, pero sobretodo bonitas. Las mujeres son “el sexo bello”, la decoración u objeto en contraposición al sujeto (hombre). Ellas son un cuerpo mientras los hombres son una mente, y esta identificación simbólica no ha cambiado mucho desde hace más de medio siglo, por mucho que la situación legal haya mejorado enormemente.

Una ojeada a los anuncios nos muestra una clara utilización del cuerpo femenino como reclamo erótico, mujeres reducidas a culos, piernas esbeltas, vientres planos o labios entreabiertos que saborean un producto con cara de placer sexual. Todos esos anuncios están dirigidos a un público masculino heterosexual, pero también a un público femenino heterosexual que proyecta en ellas una imagen ideal de sí mismas vistas desde ojos masculinos. Las mujeres no buscan así su propio ideal de personas, sino que quieren ser lo que los hombres quieren que sean, lo que buscan ver en ellas como obra artística u objeto erótico, esto es, las mujeres sufren socialmente una heteroidentificación. Además de esta cosificación erótica de la mujer es destacable la fuerte presencia de los estereotipos en ese y otros ámbitos como los dibujos para niñ@s, las revistas o incluso los periódicos, las películas o los videojuegos. Con respecto a esto último, Anita Sarkessian había creado un proyecto para denunciar los estereotipos de las mujeres en ellos, presentadas siempre con arquetipos como el de “compañera sexy” o “dama en apuros”, por el cual recibió numerosas amenazas y acoso por internet de formas diversas. Resulta también relevante la imagen que se desprende de las mujeres en las revistas “femeninas”, pues la información se distribuye mayoritariamente en relación a cuatro ámbitos: doméstico (decoración, cocina, limpieza), privado (belleza, cuidado del cuerpo), banal (cotilleos) y de relaciones (interpersonales, de pareja o familiares). Es especialmente remarcable este refuerzo de los estereotipos en las revistas femeninas para adolescentes, centradas en el logro de la belleza, la seducción y el romance, la moda y el sexo heterosexual. En las noticias y periódicos, aunque más sutilmente, la consideración inferior de la mujer también se hace visible con una mucho menor presencia especialmente en secciones de economía, política, opinión y sobretodo deportes, con una casi total invisibilización de las deportistas y los equipos femeninos. Esta invisibilidad de la mujer se hace también bastante patente en las películas con tres sencillas preguntas: el Test de Bechdel.

A esta invisibilidad, menosprecio y cosificación hay que añadir, por supuesto, otros importantes factores que complementan el caldo de cultivo de la violencia supremacista de género: la educación en el ideal del amor romántico como principal (o casi principal) aspiración en la vida de toda mujer, así como la indefensión aprendida resultado de las expectativas de su género: sumisión, comprensión, empatía, solidaridad, obediencia, abnegación en el cuidado de los hijos, pasividad, rechazo de la violencia...


Reducidas a objetos eróticos o floreros como guapas, mudas y prescindibles azafatas en numerosos programas-concurso, valoradas únicamente por el físico y escasamente por sus capacidades intelectuales, complementos del hombre y prácticamente invisibles en todo lo que representan actos trascendentes: ésta es la violencia de género, la violencia psicológica que origina la agresión física. Es un maltrato sutil que presiona a las mujeres a ser mejores floreros en vez de mejores personas: maquíllate, pues tus rasgos al natural son bastos; adelgaza, pues los kilos de más son humillantes, asquerosos y vergonzosos; depílate, pues tu vello corporal es de mal gusto y antihigiénico; ponte guapa, pues tu calidad humana se mide por tu capacidad de seducción. No hace falta verbalizarlo para que se dé un maltrato, pues la orden ya está encima de la mesa: la amenaza con la marginación social. Que el maltrato se personalice más explícita y duramente en un individuo concreto como pareja sentimental es sólo el último eslabón de la cadena, la punta del gran iceberg.

sábado, 28 de julio de 2012

El derecho al aborto

Aprovecho, por su actualidad en España, para tratar el tema del aborto que, supongo, no está exento de polémicas, sobretodo por oponerme no sólo a los pro-vida sino a muchas pro-elección, dadas las campañas que se erigen desde ambas posiciones.

Para empezar no parece haber mucho entendimiento en la discusión, como en el debate taurinos-antitaurinos en que los defensores de la práctica alegan, ante la crítica acerca del sufrimiento del toro, que quien no quiera no vaya a verlo. Los detractores del aborto arguyen que éste es un asesinato de un ser con derecho a la vida, mientras que los defensores contraatacan demasiado frecuentemente con un “es mi cuerpo y hago con él lo que me da la gana”. El argumento de que las mujeres deciden porque son las que tienen el útero me resulta bastante confuso: en primer lugar no hace más que reforzar la idea de que el feminismo es cosa sólo de mujeres, pues ignora la opinión de los hombres por no compartir sus genitales (cuando muchos hombres son pro-elección, al igual que los propios de un país pueden ser antixenófobos con los inmigrantes); en segundo lugar, incluso excluyendo la opinión de los hombres nos encontramos con que muchas mujeres son anti-abortistas, no sólo en relación a lo que decidirían ellas mismas sino a lo que legislarían. Ellas no lo consideran una cuestión personal sino un conflicto ético para con otro individuo: el feto. Y es que la cuestión no es que sea o no el cuerpo de nadie, sino si en el conflicto de intereses entre el feto y la mujer tiene mayor peso el de ella, o si no existe siquiera tal conflicto.

En primer lugar habría que definir qué es o no es una persona (desde el punto de vista psicológico) y, consecuentemente, si el embrión-feto es o no es una persona. La definición más fácil es contestar que una persona es un ser humano, pero esta definición es errónea, antropocéntrica y no nos soluciona gran cosa. Siendo precisos, persona hace referencia a un individuo con personalidad propia, diferenciado del resto por su consciencia individual. Esta consciencia implica que el medio no le es indiferente, es decir, que puede experimentar experiencias que le serán beneficiosas o perjudiciales, en función de las cuales generará unos intereses. De acuerdo con esto: 1) No todo ser humano es una persona, pues los individuos con muerte cerebral o difuntos, por ejemplo, pertenecen a la especie humana, pero ya no tienen consciencia 2) No sólo los seres humanos pueden ser personas, sino también todo animal no humano con consciencia propia (mamíferos, aves, reptiles, etc).

Y siguiendo este mismo punto ¿Sólo las personas merecen consideración ética? Desde mi punto de vista claramente sí, pues sólo alguien que pueda generar intereses tiene unos intereses a tener o no en cuenta: una planta, un muerto o una bacteria no tiene un centro psicológico (o ya no activo, en el caso del muerto) con el que generar intereses, por lo que no hay interés suyo alguno que podamos respetar.

Una vez aclarado esto, la pregunta sería si el embrión-feto es o no una persona, y por tanto si es o no alguien a tener en cuenta: de acuerdo con los actuales conocimientos neurobiológicos el feto no puede ser considerado una persona hasta el tercer trimestre del embarazo. Sólo a partir de la semana 24 podría experimentar dolor y, por otra parte, se considera altamente probable que en el interior del útero el feto no se encuentre en un estado de vigilia sino que, por el ambiente químico en el que se halla, se mantendría en un estado de inconsciencia como de sueño o sedación (fuente).

De acuerdo con esto, ante la situación de una mujer que decidiera abortar no habría conflicto de intereses alguno al menos hasta el sexto mes, pues el embrión-feto no es todavía un ser sintiente-consciente y, como tal, no tiene interés alguno que se pueda ver violado con la decisión de la mujer.

Por supuesto, alguien puede intentar rebatirme esto con otros estudios de “evidencias científicas que prueban que” el feto-embrión sí es consciente desde el principio y puede experimentar experiencias dentro del útero. Quien tenga tal información que la aporte sin problemas, estoy abierta al debate. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado nada sobre esto realmente fiable, sino más bien falacias que asimilan la influencia de los estímulos externos en el desarrollo del feto a una respuesta consciente por parte de éste. No soy ninguna experta en biología ni mucho menos, pero creo que esa “respuesta” del feto es comparable a la “respuesta” de un geranio cuando le pones música: todo organismo vivo se ve afectado por el entorno en que se encuentra, con el que necesita relacionarse de alguna forma para mantener esa vida. Por ello, las plantas pueden reaccionar químicamente a las vibraciones de la música al igual que lo hacen al agua o al sol con la fotosíntesis o el fototropismo, lo cual por supuesto afecta a su desarrollo pero, no obstante, ello no implica que las plantas puedan ser conscientes de esos procesos, que puedan desear o rechazar nada. Del mismo modo, el desarrollo de un feto puede verse afectado por los ruidos externos que puedan llegar hasta el útero, la actividad de la madre o la comida que digiera, pero ello no implica que pueda ser consciente de todo eso, que tenga consciencia alguna que le permita percibir como sujeto y verse afectado positiva o negativamente por esas percepciones. En cualquier caso, creo que el debate giraría en torno a a partir de qué mes el feto podría empezar a sentir (y, por tanto, hasta que mes la mujer podría abortar sin ir contra sus intereses), no a que el mismo cigoto ya tenga o no capacidad de hacerlo.

Otro argumento recurrente es que el cigoto, embrión o feto es una persona en potencia, e impedir este desarrollo es como matar a la persona (o algo por el estilo). Poco tengo que decir al respecto, porque no le veo mucho sentido a tal afirmación: ¿por qué deben protegerse los cigotos-embriones-fetos como personas en potencia y no los óvulos o espermatozoides? No creo que el hecho de que un cigoto ya sea la unión de ambos y por tanto un inicio (que no EL inicio) del proceso de formación sea realmente algo relevante, pues ese cigoto no es autónomo: el cigoto no crece por sí mismo hasta convertirse en persona, sino que además de la unión de un óvulo y un espermatozoide se necesitan una serie de circunstancias favorables y nutrientes en el útero materno para que continúe así, que es responsabilidad de la mujer aportar o no. Siguiendo ese mismo razonamiento, cada vez que una mujer menstrúa sería responsable por no haber copulado sin protección con hombres fértiles de haber frenado un proceso de crecimiento de una persona que ya se había iniciado en su útero con los aumentos de las hormonas pertinentes, la maduración del óvulo y la preparación del endometrio para la implantación del óvulo fecundado.

A modo de paréntesis, decir también que con todo lo anteriormente explicado estoy argumentando también el por qué una postura pro-abortista no sería incompatible con una filosofía de vida vegana y, por tanto, respaldar ambas cosas no es hipócrita: el veganismo implica la consideración ética de todos los individuos con capacidad para sufrir y disfrutar. Supone un respeto por los sujetos con intereses, no por la vida en sí ni tampoco por la vida en potencia.


Adyacentemente a esta postura de base antiabortista se encuentra la de aquellos que aceptan o toleran el aborto sólo en dos supuestos: en caso de violación y en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales en el feto. 

El primer caso pone en evidencia que para estos antiabortistas lo que realmente les importa no es el embrión-feto, sino el control del cuerpo de la mujer. En tanto que se culpabiliza a la mujer por tener relaciones sexuales sólo se le permite a ésta no sufrir su “castigo” si estas relaciones fueron contra su voluntad: si has mantenido relaciones sexuales consentidas te jodes y aguantas las consecuencias; si no fueron consentidas, te dejamos librarte de esas consecuencias ¿Cómo se entiende de otra forma que el indefenso embrión-feto cuyo derecho a la vida tanto se preocupan por defender pase ahora a poder ser legítimamente asesinado sólo porque su madre ha sufrido una agresión? ¿Qué culpa tendría ese embrión-feto de que esa mujer sea violada? Por ello, o bien la cuestión es la culpabilización y control del cuerpo de la mujer, o bien una especie de ley de Talión desfocalizada, algo así como un “como te han roto las piernas te dejamos que mates a tu hija de 11 meses, porque que te rompan las piernas es una putada, así que se te permite desahogarte con otro”, lo cual es más absurdo todavía, por lo que me inclino a concebirlo como la primera opción. 

El segundo supuesto muestra también su hipocresía, al menos en la mayoría de los casos. Si partimos de la base de que los embriones o fetos humanos son (para ellos) individuos con el mismo valor moral que los ya nacidos, y se acepta el abortar a esos embriones o fetos en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales, esto trae como consecuencia inevitablemente que esas personas están a favor de asesinar legítimamente a cualquier individuo con disfunciones intelectuales o malformaciones (ya nacido, vaya). Y lo que es más, no sólo se debería aceptar esta muerte de forma eutanásica tras preguntarle a los individuos en cuestión si la desean, sino que darles muerte sería legítimo con o sin su consentimiento, pues al fin y al cabo al embrión-feto nadie le pide consentimiento, sino que se decide por él qué es lo mejor. Quien estuviera a favor de esta eugenesia radical no pecaría de contradicción alguna al aceptar el supuesto de malformaciones o disfunciones como legítimo para provocar un aborto; no obstante, para la mayoría de los individuos -que no estarían a favor de esta medida- , se hace evidente que la consideración moral que se tiene por el embrión-feto no es la misma que por el individuo ya nacido, y por tanto no consideran a los embriones-fetos plenos seres humanos que haya que respetar, al igual que los pro-elección.