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jueves, 30 de enero de 2014

Purismo vegano o de cómo alejar a gente de tu causa

En todo movimiento social que se precie acaba surgiendo tarde o temprano un cierto gregarismo y maniqueísmo por parte de un número considerable de sus integrantes, una idea de que “nosotros” (el grupo) somos los únicos poseedores de la verdad y justicia, que hemos de mostrar a los demás, que son malvados. En ocasiones eso acaba volviéndose contra el propio grupo y formando jerarquías morales internas según el nivel de compromiso. El veganismo no es una excepción, pues a menudo se ven ciertos individuos que parecen más preocupados por aumentar su grado de pureza vegana que por acercar a gente a la causa. 

El cacao, la palma, los números E, los productos procedentes de multinacionales o empresas poco éticas y los productos testados suelen ser los focos principales de conflicto. A menudo ciertos veganos acusan a otros de no serlo por comer chocolate, comprar en X supermercado, no evitar el aceite de palma, no ir a hacer la compra con una lista de todos los números E, etc. Se trata de una actitud de “todo o nada”: o no colaboras de forma alguna con ningún tipo de explotación o tienes las manos manchadas de sangre: no eres uno de los nuestros. 

En general esa idea de trazar unas líneas fijas que distingan a los verdaderamente puros de los culpables siempre me ha parecido un error, no sólo por mi rechazo del maniqueísmo (1) (2) (3) y por cuestiones estratégicas, sino también porque en sí el llevar una vida 100% vegana me parece un horizonte utópico. Vivimos en una sociedad especista y capitalista en la que es casi imposible no participar. Gran parte de la industria minera, textil, agrícola y muchas otras es sustentada por trabajadores en condiciones altamente precarias o de casi (o sin casi) esclavitud; todo nuevo compuesto que llega al mercado es testado en animales; el petróleo, gas y otros combustibles que inevitablemente usamos es causa de numerosas y sangrientas guerras e invasiones; todo medio de transporte provoca muertes y/o sufrimiento de animales, incluso el ir a pie, así como la construcción de casas, carreteras, muebles, campos de cultivo, etc etc. 

Todo esto no significa que sea inútil cualquier esfuerzo, sino simplemente que no podemos hacerlo todo, y bajo mi punto de vista, tampoco debemos pretender hacerlo todo, pues semejante pretensión sólo provocará una creciente frustración que acabará con nuestra motivación. Es por esto que mucha gente no se hace vegana, pues piensa que no servirá de nada el esfuerzo: se seguirán matando animales igual. Y es cierto que no vamos a salvar el mundo ni acabar con la explotación animal por hacernos veganos: el error está en plantearse eso como objetivo. Lo que sí salvaremos es el mundo de cada uno de los individuos cuya explotación evitemos ¿o es que acaso nos parecería irrelevante ser cocinados vivos porque millones de otros crustáceos van a seguir sufriéndolo igual? 

Volviendo al tema, es esta actitud de todo o nada la que frena a la gente a hacer algo. A veces quien reduce su consumo de carne se encuentra con la presión de otros veganos para dejarla ya por completo, quien la deja, para abandonar cuanto antes los lácteos y huevos, quien los elimina por completo, para cambiar todos sus productos de higiene, memorizarse los números E, comprar ecológico, no comprar en supermercados, etc. Por otra parte, no hay una única forma de reducir el daño, como si la evolución ética de una persona tuviera que seguir una determinada ruta marcada: quizás alguien no esté dispuesto a renunciar al cacao pero sí renuncia a viajes largos (para evitar muertes de animales) a los que otra persona que no consume cacao no es capaz; quizás alguien que consuma puntualmente huevos realice mucho activismo que el vegano que le critica su consumo esporádico no quiere hacer; quizás, también, alguna gente se guíe por un criterio más consecuencialista, y prefiera comprarse unos tenis made in china por 5€ y donar después 35€ a una organización animalista, en vez de gastarse 40€ en unos tenis ecológicos y de comercio justo, ya que evitará mucho más sufrimiento de la primera forma. 

No digo con esto que me oponga al activismo, el aporte de información e intentos de concienciación: lo que sí considero altamente contraproducente es el acoso, el tratar de imponerles a los demás nuestro propio ritmo de cambio. Y me parece altamente contraproducente, sobre todo, porque el veganismo es una forma de vida y movimiento muy minoritario, por mucho que se haya extendido en los últimos años. Los veganos continuamos siendo los raros, los radicales, y sólo continuaremos alimentando el estigma y minando el avance del movimiento si exigimos a la gente cada vez más y más renuncias para “ser de los nuestros”.


A muchos el estigma de raros y radicales puede darles igual o hasta enorgullecerlos. Sin embargo, a los animales no: cuanto más inaccesible hacemos para los demás el cambio, menos gente estará dispuesta a darlo (pues la sociedad respalda esa no-acción), lo cual se deduce en más sufrimiento y muertes de animales. Para mí el veganismo está más en la intención (de tratar de reducir el daño causado, dentro de nuestra situación y posibilidades) que en unas acciones concretas. Además, mi posición y perspectiva es bastante pragmática, por lo que en general rechazo la categorización de determinadas acciones como éticas o no éticas en sí, veganas o no veganas en sí. En concreto, y para acabar, hay dos de esas cuestiones que trataré más pormenorizadamente: el boicot a los productos testados en animales y a las empresas “poco éticas” (no-veganas, hipercontaminantes o lo que sea): 

El boicot a los productos testados en animales siempre me ha parecido una cuestión más secundaria que la alimentación o vestimenta, por dos motivos fundamentales: por una parte, el consumo no es necesariamente proporcional al número de experimentos animales: cuando compras un jamón, la muerte de ese animal ha sido demandada sí o sí por tu compra; no obstante, si compras un champú testado en animales, no estás demandando la ceguera de un conejo (ni medio, ni 0,002). Una empresa puede decidir testar puntualmente x producto o principio activo en 1000 roedores independientemente de que las ventas que vayan a tener después sean de 10000 o 300000000. Ni se testan cada uno de los artículos ni se experimenta con animales por diversión o para celebrar un éxito comercial. Por otra parte, la colaboración con la experimentación animal no es algo evitable como sí lo es en el caso de la industria alimenticia: prácticamente todo está testado en animales (pesticidas, productos químicos en general, aditivos, todos los fármacos, los tintes de la ropa, muebles, etc), y es que por ley todo nuevo compuesto químico que se sintetice debe ser testado antes de salir al mercado, todos los fármacos, etc. No consumir fármacos cuando los necesitas no va a cambiar esta realidad, pues no es algo que esté en manos del consumidor, sino de los científicos que desarrollen alternativas a la experimentación animal. Lo que podemos hacer por nuestra parte es, básicamente, apoyar esas iniciativas y presionar al gobierno para que esas condiciones cambien. 

No obstante, con relación a este punto sí considero que tiene más sentido el boicot en determinados sectores: en aquellos donde sí existen alternativas comerciales populares (accesibles), como la cosmética o los productos de higiene, pues aquí las pérdidas que pueda tener una empresa por testar en animales pueden acabar deduciéndose en el cese de esa actividad, al no ser obligatoria. Sin embargo, ya que los motivos para dejar de comprar un producto son infinitos y ellos no pueden adivinar los tuyos, quizás más importante aún que ese boicot a nivel individual sea la presión sobre este punto enviando quejas, cartas, etc, para pedirles el cese de la experimentación animal. 

Finalmente, el boicot de ciertos productos veganos por pertenecer a empresas poco éticas siempre me ha parecido bastante absurdo, no tanto como postura individual (es mejor comprar un zumo ecológico de comercio local que uno de Unilever, obviamente) sino como activismo. Por una parte, me parece absurdo pretender mostrar una oposición a la explotación animal de la que se lucra cierta compañía llamando al boicot de los productos de esa compañía que no se sustentan en la experimentación animal, pues precisamente de esa forma lo que se consigue es que no apuesten por alternativas a la explotación animal. Las empresas que se lucran con la explotación animal no están dirigidas por sádicos que disfrutan torturando animales, como si tuvieran que montar un negocio alrededor de eso para tener una excusa para hacerlo: lo que buscan es ganar dinero. Si una empresa que vende chorizos empieza a comercializar almendras y tienen más éxito que los primeros, se priorizará la producción de almendras sobre la de los chorizos; y si nadie compra chorizos y sólo les compran las almendras, dejarán de producir chorizos y se dedicarán a las almendras. Lo mismo podría aplicarse a una multinacional que contamine mucho que saque una línea de productos ecológicos. Además, aunque sólo compraras productos de empresas veganas, el dinero siempre acabará yendo a parar a manos de no veganos: el supermercado, las empresas a las que les compren las materias primas las empresas veganas que producen los productos, etc. 

Por otra parte, mientras que el daño que le podríamos provocar a las multinacionales por boicotear sus productos veganos sería minúsculo, el daño que le provocaría al veganismo la escasez de opciones veganas baratas y accesibles en los supermercados sí sería importante. Como ya he dicho, cuanto más fácil le pongamos a alguien el hacerse vegano más fácil será que dé el paso. Si ser vegano supone renunciar a infinidad de productos manufacturados, no poder encontrar casi nada en los supermercados y tener que recurrir a herboristerías para poder comprarte unas galletas a un precio desorbitado, poca gente estará dispuesta a ello (y más animales se verán perjudicados por esto).

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

jueves, 18 de julio de 2013

Relativismos mal entendidos

Cuando digo -o más bien cuando se deduce de mis argumentaciones- que soy relativista mucha gente me adjudica ideas tales como que entonces debería abstenerme de criticar a cualquier cultura ajena o comportamiento, o que todas las tradiciones habrán de parecerme bien, o al menos creeré que nadie debería intentar erradicarlas o modificarlas. Pues bien: eso no tiene nada que ver con el relativismo. De hecho, esas ideas son completamente anti-relativistas (es decir, dogmáticas). 

En primer lugar, para quienes aún no tengan claro su significado, cabe aclarar cuál es la esencia del relativismo: la no creencia en los valores absolutos. El valor y connotaciones de las cosas no existen en sí sino que dependen de un conjunto de relaciones, de los sujetos capaces de valorar. Según esto, no podemos decir que tal o cual cosa esté bien o mal, sino que tal o cual cosa nos gusta/parece bien o disgusta/parece mal. El dogmatismo, por el contrario, se caracteriza por partir de premisas que se dan por ciertas sin cuestionarlas, por ejemplo, que hacer daño a alguien innecesariamente está mal. Es decir, que es algo objetivamente malo, pues el Bien y Mal existen más allá de los sujetos que los juzgan. Me llama especialmente la atención el dogmatismo en personas agnósticas o ateas, pues muchas se burlan de la creencia ciega de los católicos u otras personas religiosas en x palabras o mandamientos, pero luego ellos también creen en Verdades Absolutas, en dogmas que te indican cuál es el camino correcto. 


Las personas relativistas no creemos que exista algo así como “ser (objetivamente) bueno/malo”, ni siquiera en los mandatos sencillos tales como el ya expuesto (“hacer daño innecesariamente está mal”). No obstante, eso no implica que seamos psicópatas, conformistas o indiferentes, sino únicamente que no sentimos la necesidad de recurrir a algo o alguien superior para fundamentar nuestras ideas: simplemente creemos en ellas, opinamos, sin decir saber que son ciertas porque son (o parten de otras) obvias (un argumento tan circular como este). La evidencia no es para mí ningún hecho sino una carencia: la incapacidad psicológica para dudar sobre algo. Para unos es evidente que Dios existe; para otros, que matar está mal. 

Pensar de un relativista que es ruin porque no puede tener moral al no creer en valores absolutos es lo mismo que pensar eso de un ateo por no creer en una autoridad divina, un castigo ni un premio eterno. En todo caso podríamos decir que las personas más “bondadosas” son aquellas que, no creyendo en ninguna autoridad ni valor absoluto, tratan de reducir el daño que causan porque así lo quieren: ¿qué valor tiene tu respeto si sólo lo llevas a cabo por miedo al castigo de Dios? ¿Qué puede decir de los sentimientos de un ateo el hecho de que haga cosas buenas por los demás si lo hace únicamente porque considera que es lo que debe hacerse, en vez de por verdadera inclinación? 

Debido a mi (cantidad y tipo de) empatía algo en mí hace que me cause rechazo emocional-moral ver sufrir a otros individuos. Es por ello que me parece mal/disgusta que se haga daño innecesariamente a alguien. Por eso soy vegana, feminista y anti todas las discriminaciones que identifico como tales, y por ello siento a veces el impulso de intentar convencer o conseguir que los demás no dañen innecesariamente a otros (o sea, de hacer activismo). No veo en los eventos ningún vínculo que una necesariamente el hecho de que alguien pueda sufrir con la idea de que es nuestro deber no causarle ese sufrimiento. No veo por qué del hecho de que no te gustaría que te lo hicieran a ti se debiera concluir que no se lo debas hacer a los demás: para no querer hacer eso hace falta sentir empatía, que no es más que la capacidad de ponerte en el lugar del otro individuo de tal modo que te haga vincular su sufrimiento con el tuyo propio: todo recae en última instancia en tu propio sufrimiento, en el agrado o desagrado que algo te causa. 

Pues bien: el relativismo, en tanto que no entiende de deberes morales ni verdades absolutas, no insta a nadie a respetar las tradiciones ajenas a la suya por el hecho de que las culturas correspondientes partan de otros valores morales. El relativismo no está en contra de imponer nuestro propio criterio a los demás ¡porque eso es en sí mismo un dogma!: si no existe el Bien ni el Mal en sí: ¿cómo podríamos decir que debemos (o siquiera que sea bueno) respetar los criterios de los demás en vez de imponer nuestras propias ideas? Muchas personas dogmáticas temen la palabra “imposición” porque para ellos lleva implícita connotaciones negativas. Para ellos, someter a todos los individuos bajo sus criterios éticos no es una imposición, es “ser lo que tiene que ser”, porque sus criterios éticos son absolutos y universalmente válidos. Yo acepto la contingencia de mis valores morales y por ello admito que me gustaría imponerlos: desearía imponer que nadie explotase a nadie, que nadie violase, que mujeres, hombres y otros sexos/géneros fueran tratados de forma equitativa, etc., pues tan impositivo es que alguien fuerce a otro a mantener relaciones sexuales como forzar a ese alguien a que no viole (es decir, para que quede claro: imponer no es sinónimo de “hacer algo malo”). 


· Entrada relacionada: comprender no es justificar.

sábado, 1 de junio de 2013

Los problemas de verdad

A menudo se menosprecian los problemas propios o ajenos comparándolos con los considerados “problemas de verdad”, ya sea con “malas” intenciones (considerando que la persona que sufre por ese “problema de mentira” es caprichoso y desagradecido por no valorar lo que tiene) o “buenas” (tratando de minimizar el problema para ayudarte a superarlo). El criterio para determinar por cuáles problemas puedes sentirte mal o ser legítimamente compadecido varía según la persona que te juzga: algunos consideran que el ser pobre, tener graves problemas de salud, quedarse parapléjico, no tener casa, morirse de hambre… siempre hay gente que está peor, siempre hay gente que lidia sin mayores dificultades con las situaciones que a ti te causan malestar. 

Cuando la gente utiliza esos argumentos me dan ganas de contestar que hay gente capaz de componer una sinfonía en 8 horas, dibujar un retrato hiperrealista en dos días o sacar una ingeniería a curso por año y sin suspensos, por lo que “si tú no eres capaz es porque no lo intentas lo suficiente” o “si esa gente puede hacer eso, ¿cómo te atreves a decir que no eres capaz de hacer esa otra cosa de menor dificultad?”. 

Los eventos que ocurren en nuestras vidas no son así de buenos o malos, así de difíciles o fáciles: el valor se lo da quien lo valora/experimenta, lo cual es involuntario y totalmente subjetivo. Una persona puede hundirse por algo que para ti es irrelevante y a la inversa con otras situaciones. Una persona puede haber superado un problema de una determinada forma y que a ti eso no te funcione. La capacidad para afrontar un problema depende de infinitud de factores que no podemos controlar, como por ejemplo los niveles de dopamina, serotonina u oxitocina. 

Sé que cada persona es un mundo y quizás a algunas les ayude considerar que sus problemas son estúpidos para superarlos, pero muchas veces el efecto es el contrario. En mi caso, al menos, ese continuo menosprecio sólo me ha servido para sentir una inmensa culpa cada vez que me siento mal, lo cual acrecienta bastante el problema original. No sugiero tampoco que se haga un drama de ello y nos compadezcamos de la persona como si no hubiera esperanza alguna para ella: no existe tal dilema. Si queremos ayudar quizás sea positivo preguntar a la persona cómo le afecta a ella ese problema en vez de prejuzgar cómo debería afectarle según nuestra experiencia o la de otras personas, y preguntar si y cómo podemos ayudarla, o qué cosas podrían distraerla o darle un respiro, sin juzgar tampoco que si esa persona se anima de alguna de esas formas es porque realmente su problema no era tan grave (la gravedad del problema no depende necesariamente del tiempo durante el que éste persista, sino de la intensidad con la que se siente mientras éste persiste). 

Si tratamos de ponernos en la piel de la otra persona y entender por lo que ha pasado, los valores en los que ha sido educada, sus miedos, sus limitaciones físicas y psicológicas, etc quizás logremos dejar de juzgar y empezar a comprender. Quizás entendamos así por qué para aquella chica era tan importante no verse fea o gorda o tener las mejores notas de la clase, por qué aquél hombre se muestra tan arrogante por miedo a que los demás lo consideren débil o por qué aquella otra persona es incapaz de llamar por teléfono, mirarte a los ojos o salir sola a la calle. O quizás a veces no podamos comprender el por qué (a veces quizás ni las propias personas lo entiendan), pero eso no hace en ningún caso que el problema sea menos real. Una depresión, por ejemplo, no depende necesariamente de que seas pobre, de que una persona cercana haya muerto, la gente no te aprecie o no tengas suerte en tu vida profesional. Cualquiera es susceptible de sufrirla independientemente de las circunstancias externas que lo acompañen, y decirle a alguien que no hay motivos para estar deprimido es tan absurdo como decirle que no hay motivos para tener artritis o astigmatismo, amén del ya mentado riesgo de conseguir el efecto justo contrario al que buscamos: que la persona sienta que hay algo malo en ella y se sienta culpable por estar mal ya que, aparentemente, no hay motivos para ello. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Comprender no es justificar

En ocasiones se ha puesto en duda mi compromiso para con el antiespecismo, feminismo u otras luchas contra otras formas de discriminación por no exasperarme con aquellos que tienen algún tipo de opinión o actuación contraria y/o discriminatoria o incluso por oponerme a que sean tratados por otros de esa forma. En vez de partir de una posición defensiva, cuando mi paciencia me lo permite, trato de comprender por qué piensan como piensan y entablar un debate respetuoso en el que le muestre mi postura buscando los posibles puntos en común. Al parecer, eso me coloca en el lugar del opresor por “tolerar” su comportamiento, me convierte en una bienestarista. 

Sin embargo, simplemente trato de rechazar, en la medida de mis posibilidades, esa visión maniqueísta del mundo. Trato de no personalizar al enemigo ya que, desgraciadamente, los verdaderos enemigos son una fuerza invisible mucho más poderosa que un grupo delimitable de individuos: son los prejuicios y su inagotable capacidad de propagación. 

Cuando presenciamos o somos informados de casos de padres irresponsables, maltratadores o discriminadores sentimos lástima por los hijos que criarán, por las ideas que les inculcarán o por la violencia que sufrirán. Sin embargo, cuando esos niños llegan a la adolescencia o adultez y algunos proyectan en sus actos u opiniones esa educación y valores que han heredado, la mayoría de la gente olvida por completo esa lástima considerando al individuo como único responsable de que piense como piensa y actúe como actúa. Parece como si el libre albedrío de un ser humano adulto fuese claro y absoluto (así como los conceptos de Bien y Mal) y no estuviese para nada determinado o condicionado por la cultura (propia y colectiva) en la que se ha formado. Pero entonces, ¿por qué sentimos lástima por la educación que recibirá el niño o niña, si en cuanto desarrolle su capacidad de reflexión rechazará esas ideas inculcadas por su entorno (en caso de que sea una buena persona, claro; si es una mala persona continuará adscribiéndose a esas ideas, pero la culpa será sólo suya)? 

En caso de que eso fuese como esa gente lo ve, y que el que sea o no prejuiciosa no dependiese de la educación recibida, ¿no significaría esto que las malas y buenas personas nacen ya como malas o buenas personas –pues si su entorno no influye en su libre elección, el que unos se decanten por la “maldad” y otros por la “bondad” habría de ser algo genético- y por tanto tampoco así son responsables de sus actos u opiniones? Lo enfoque desde donde lo enfoque no logro encajar el concepto de culpa. 

Es por ello que ante una opinión sexista, xenófoba, especista, etarista, gordofóbica… trato de analizar primero sus palabras en busca de puntos en común, antes de rechazarlo, marginarlo y vituperarlo por mostrarse prejuicioso con respecto a algo. Si veo que las premisas desde las que parte son cualitativamente distintas a las mías (como en el caso de las personas que basan la legitimidad de sus argumentos en cuestiones espirituales o religiosas) ni me molesto en intentar debatir, pues no veo la forma en que podamos llegar a ningún acuerdo partiendo cada uno de axiomas en los que el otro no cree. Tampoco me molesto cuando veo que lo único que busca la otra persona es ofenderme con insultos y otras faltas de respeto. No obstante, en los restantes casos la comprensión me ha dado buenos frutos en algunas situaciones, logrando incentivar la reflexión sobre actitudes y formas de discriminación que antes no se habían planteado gracias a evitar una actitud defensiva como resultado de un juicio acusatorio y desacreditador. Y es por eso que a veces, aún quemada de volver a oír los mismos argumentos que considero falaces, me muerdo la lengua e intento ser clara pero educada por una cuestión estratégica. Porque es contra un prejuicio contra el que estoy luchando, no contra una persona; y por tanto no se trata de destruir a la persona sino a sus esquemas de pensamiento, que difícilmente se cambian por medio del insulto. 

No digo que siempre sea educada ni me creo mejor por no buscar culpables. Al igual que soy comprensiva con los demás también lo soy conmigo misma (que antes que activista soy persona), entendiendo que a veces puedo enfadarme por formas de pensar y actuar que rechazo y reaccionar con rudeza. Simplemente, por mi cosmovisión del mundo y por el bien de la causa que defiendo y de la que –desgraciadamente- soy a menudo vista como representante por mi interlocutor, trato de dejarla en el mejor lugar, buscando el mayor acercamiento a mi postura en el pensamiento del otro y no exasperándome también por mi propio bienestar. 

Todo esto tampoco implica que rechace la violencia bajo cualquier circunstancia, pues no soy una pacifista “mal entendida”. La violencia me parece legítima siempre y cuando sea un medio necesario y el más apropiado para lograr un fin justo. La cuestión es que muchas veces, aunque lo más apropiado para lograr un objetivo inmediato sea la violencia, resulta perjudicial a la larga para el avance del movimiento, y por ello hay que valorar no sólo los logros a corto plazo sino especialmente a largo plazo, es decir, hay que estudiar una estrategia. Como he dicho en el título, comprender no implica no posicionarse y tolerar. Comprender no es justificar. 


lunes, 6 de agosto de 2012

Especismo entre antiespecistas

“No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy 
vegana porque no me siento superior a nadie” - Michele McCowan

Es común entre nuevos veganos pasar por una etapa fundamentalista o intransigente (y a veces no tan nuevos ni tan etapa): primero se preguntan cómo han podido “estar tan ciegos” de no hacer ciertas conexiones y se esfuerzan por informar a los demás para que cambien su perspectiva; después, no obstante, tras varias decepciones algunos desarrollan algún tipo de amnesia retrógrada que les impide recordar que hasta hace no mucho ellos eran especistas, y consideran a los que lo son como unos asesinos hijos de puta que disfrutan haciendo sufrir a los animales. Esta actitud es perniciosa fundamentalmente por dos motivos: es especista y perjudica a los animales. 

En primer lugar, las generalizaciones siempre son injustas con los individuos que conforman los grupos. Es común atacar a “los humanos” como culpables de las torturas que sufren algunos animales; “me avergüenzo de ser humana” o “los humanos hacemos tal y cual”: ¿Por qué esta actitud no es vista como discriminatoria y especista cuando se está condenando a todo un colectivo por los actos de unos de ellos? Si alguien dijera que las lesbianas son todas unas zorras manipuladoras se le tacharía automáticamente de homófobo, igual que sería machista que una tía dijera que se avergüenza de ser mujer porque las mujeres son unas frívolas interesadas o sería racista que otra persona afirmara que los negros roban coches. Sin embargo sí hay lesbianas manipuladoras, mujeres frívolas e interesadas o negros ladrones, al igual que hay humanos (en general) cabrones, pero ser manipulador, frívolo, ladrón o cabrón no es nunca algo intrínseco de ser lesbiana, mujer, negro o humano, respectivamente. 

En la misma línea está la xenofobia al atacar a una etnia por las tradiciones o actividades de algunos de los individuos de la misma (a los chinos por comer perros, a los canadienses por apalear focas…), aunque esto es más común entre mascotistas que entre veganos, pues los últimos suelen tener más claro que no hay diferencia entre comer perros en China o cerdos en España. 

En segundo lugar es especista porque crea una especie de salto cualitativo entre los humanos y el resto de animales, el mismo salto que los antiespecistas critican: no se juzga a un gato por matar a un ratón o a un oso por comerse un salmón, ya que ellos “no pueden razonar”; sin embargo el humano se considera un ser razonante que nace razonando, y que debería razonar por tanto trascendiendo toda su educación para oponerse a la explotación animal. Para empezar no creo que el veganismo sea el “camino verdadero” ni creo en la existencia de la corrección o verdad en términos morales, sino si acaso en la coherencia con unos principios. Soy vegana porque tengo la capacidad de sentir empatía por el resto de animales y, por ello, los puedo considerar mis iguales en términos de sufrimiento, pero el no tener esa capacidad de empatizar no te convierte en un monstruo (¿cómo puede ser moralmente malo no tener una capacidad para hacer algo?). Muchos otros animales pueden sentir empatía, y un gato podría no matar a un ratón por sentir una empatía hacia él mientras que otro podría no tenerla y dejarse llevar por un instinto o apetencia. Con esto no estoy justificando nada, sino simplemente intento entender cómo y por qué actúan los demás, y no dejarme llevar por el camino fácil del insulto. En segundo lugar, creo que ya se ha evidenciado que no considero a los humanos nada radicalmente distinto del resto de animales, y por tanto no creo que exista ser alguno puramente razonante, sino que todos los animales que no estamos totalmente determinados por un instinto invariable lo estamos en mayor o menor parte por nuestras experiencias, educación, cultura, etc. Si viviéramos en una sociedad vegana o simplemente con una mayor consideración por los demás animales, el número de veganos que la conformarían sería infinitamente mayor. Y de nuevo recuerdo que muchos de nosotros, hasta hace unos meses o años, nunca antes habíamos hecho la conexión con el resto de animales, o incluso muchos veganos probablemente habrán defendido antes del cambio los argumentos que ahora considerarán falaces o prejuiciosos. Con esto no estoy diciendo que no haya especistas mezquinos y maleducados (igual que hay veganos así), algunos incluso que atacan a los veganos por el mero hecho de serlo. Pero incluso una persona directamente relacionada con la explotación animal (ganadero, torero, matarife, peletero) puede cambiar su perspectiva, pues al fin y al cabo no hacen más que seguir el legado de una misma educación especista con la que nosotros también hemos sido educados. 

Por último, si todo esto no te convence y sigues odiando a la humanidad hay un factor más a tener en cuenta en tu comportamiento: el daño a los otros animales. Ponte en el lugar del otro, de ser una persona que nunca antes se ha planteado el trato a tener con los otros animales, lo que come o lo que viste, y que por tanto tiene muchas dudas al respecto y cierto recelo ante lo que rompe por completo su esquema de valores: ¿cómo crees que se puede sentir esa persona ante los insultos, las acusaciones de asesino y la culpabilización? Lo más probable es que se cierre en banda y no escuche tu mensaje. Y lo peor es que, por desgracia, muchas veces somos un referente de la idea que defendemos: muchos omnívoros se encuentran con uno o varios veganos arrogantes y deducen de ello que los veganos por definición son arrogantes; se cierran al mensaje por culpa de un mal mensajero (y de ahí mis “precauciones para una correcta comprensión”). Muchas veces una actitud de “superioridad moral”, aun inintencionada, hace que el otro se sienta aludido ante una acusación implícita, un “tú eres culpable de esto, estás equivocado y yo estoy en lo cierto, haz lo que yo te digo”, desencadenando con esto una actitud defensiva que muchas veces se materializa en un “las plantas también sienten” o “tú también matas animales”, etc. Por supuesto, algunos se pueden sentir atacados y responder a la defensiva porque sí, o porque quizás les remuerda la conciencia ante la duda de no estar actuando de acuerdo con su ética y sientan miedo de que se venga abajo todo su esquema de valores, pero ello no implica que no debamos evitar estos conflictos con una actitud educada y comprensiva.