lunes, 5 de noviembre de 2012

Cuando los insultos dicen más del emisor que del destinatario

El insulto es generalmente una palabra (o conjunto de palabras que funcionan como una) que define un modo de ser o comportarse que consideraríamos denigrante y del cual acusamos al destinatario. Algunos insultos están vacíos de un concepto concreto o al menos de su significado literal original (cuando llamamos a alguien hija de puta, por ejemplo, no la estamos acusando de ser hija de una mujer que se dedica a la prostitución), pero muchos de los comúnmente utilizados son reflejo de los prejuicios sociales. Generalmente los insultos son discriminatorios con algún colectivo (racista, sexista, homófobo, etarista, gordófobo, especista…), con excepción quizás de palabras como falso, manipulador, arrogante, etc, que son más una definición de un comportamiento considerado antisocial que un insulto, otras como “mala persona” cuya definición depende de los principios morales del emisor y otras que no sabría cómo catalogar (cenizo, matao, zopenco, peinaolivas...).

Que la gente deje de utilizarlos o los sustituya todos por otros no discriminatorios lo veo una misión imposible, y tampoco es mi intención (yo misma los utilizo a menudo). Pero sobre lo que sí querría llamar la atención es sobre aquellas palabras o frases utilizadas a modo de insulto que no son simplemente un desahogo vacío de contenido (como puede serlo cabrón, gilipollas, hija de puta, imbécil, estúpida, etc) sino que reflejan en el fondo los prejuicios más o menos inconscientes del emisor. “Insultos” que son incluso utilizados por gente que cree estar en contra de la discriminación a la que se refieren. 

Este es el caso de palabras como fea, gordx*, maricón, negrx (o de cualquier etnia), nenaza (u otras palabras para acusar de femenino a un hombre), etc, acompañados a menudo por su precedente “putx/jodidx” y/o su subsiguiente “de mierda” (“puta gorda de mierda”, por ejemplo). Parece que cuando alguien hace algo que consideramos reprobable toda palabra “negativa” para mostrar la repulsa hacia este comportamiento está justificada. Si, por ejemplo, una tía que considerábamos nuestra amiga nos traiciona, o una desconocida sube un video a youtube cruel o discriminatorio, se justifica el insultarla a sus espaldas (o a la cara) llamándola fea o gorda, o negra o gitana si lo es, o zorra/guarra si sabemos que la tía es promiscua. Y esto no es un caso aislado, sino ampliamente común. Conozco personas que abogan por el feminismo y se muestran en contra de la discriminación hacia los gordos, por ejemplo, y no dudan en criticar a las demás por su aspecto físico o forma de vestir si la tía en cuestión es falsa, manipuladora, cruel, discriminatoria, etc. 

Sobre esto tendría varias cuestiones al respecto: si realmente se considera algo relevante y digno de mención el que una mujer sea (para ti) desagradable físicamente, ¿por qué se le oculta (o incluso se le miente descaradamente) todo el tiempo en que supuestamente eran amigas y se contaban las cosas (de ser el caso)? ¿Por qué se utiliza como arma arrojadiza una vez se ha truncado la relación? Parece que sólo puedes enterarte de la verdadera opinión de la gente (o de cómo son realmente) cuando les caes mal. Y, si la persona en cuestión se considera feminista ¿por qué la fealdad y el peso suele ser algo tan relevante para criticar a las mujeres y tan secundario en el caso de los hombres? 

En cualquier caso, no veo cómo puede venir al caso atacar con gordo, fea, maricón o negra a un hombre o mujer que hace o comenta algo que se considera éticamente reprobable o ridículo ¿Acaso lo moralmente inaceptable es que sea misógino, cruel con los animales, etc, estando gordo, por ejemplo? ¿Es un añadido reprochable a los hechos? ¿Si estuviera en forma, fuera guapo, blanco y vistiera bien lo hecho o dicho no sería tan ofensivo o estúpido? Considero que este tipo de cosas, aunque puedan tener el efecto inmediato deseado (ofender a la persona atacada) tienen un efecto nocivo a largo plazo, reforzando la discriminación que sufren aquellos grupos que se utilizan a modo de insulto. Además, no creo que realmente sea tan inocuo para la consciencia de la persona que los utiliza: si realmente consideras que características como el ser musulmán, fea, gordo, gay, poco masculino, vieja, joven, yonki o sexualmente insatisfecha son algo ofensivo como para utilizarlos de insultos cuando se dan en el individuo, creo que tienes bastante que trabajar en ti si realmente no te consideras una persona prejuiciosa y discriminadora. 


*Entrada relacionada: gordofobia.

martes, 9 de octubre de 2012

Drogas y prejuicios

Una droga es cualquier sustancia que, introducida por algún tipo de vía (oral, nasal, intravenosa, intramuscular, rectal…), puede alterar de algún modo el funcionamiento del sistema nervioso central.

Bastante a menudo me encuentro con gente, generalmente metida en el activismo por unas u otras luchas sociales, que critica y demoniza las drogas sin haberse preocupado por informarse mínimamente al respecto (o haberlo hecho en webs antidrogas tremendamente sensacionalistas sin contrastar los datos expuestos). El primer error del que se parte es el hablar de “las drogas” como quien habla de “las castañas” y les adjudica unas cualidades y valores nutricionales, pues ese saco en el que se meten infinitud de sustancias distintas es enormemente amplio y heterogéneo como para que podamos hacer alegremente afirmaciones categóricas de todas ellas. El alcohol es una droga, al igual que el tabaco, ibuprofeno, lsd, cafeína o éxtasis; sin embargo nada o muy poco tienen que ver entre sí ninguna de estas sustancias. Lo mínimo que deberíamos establecer para poder hablar en términos generales de riesgos, efectos o dependencia es una distinción entre las drogas depresoras, estimulantes y psicodélicas (y dentro de cada grupo hay sustancias de muy distinto grado y cualidades); en lugar de dividirlas, como comúnmente se hace, entre drogas legales e ilegales, como si fueran un criterio válido de los peligros que implican. Pero no voy a ponerme aquí a informar sobre ellas, pues mi blog no trata de eso*. Me limitaré a intentar desmitificar y argumentar contra algunos prejuicios comunes: 

Las drogas causan dependencia: falso (en parte). Algunas drogas PUEDEN causar dependencia física y psicológica (como el alcohol y el tabaco), otras únicamente dependencia psicológica (como el cannabis) y otras no causan ningún tipo de dependencia (como el LSD). Asimismo, el riesgo de dependencia es variable en función de la droga: la nicotina, por ejemplo, tiene un alto poder adictivo, muchísimo mayor al del cannabis o incluso la cocaína. Por otra parte, no todos los síndromes de abstinencia son igual de perjudiciales y difíciles de superar: mientras que el “mono” del cannabis por un consumo muy frecuente (e incluso con un consumo diario puede no producir síndrome de abstinencia alguno) puede producir nerviosismo, cierto grado de ansiedad y alteraciones del sueño o del apetito durante unos días (máximo 2 semanas, por lo que encontré en algunos sitios, quizás exagerado) y es fácilmente superable por uno mismo, el síndrome de abstinencia al alcohol (tras varios años de consumo muy frecuente) puede producir un estado de completa desorientación mental, alucinaciones muy vivas y aterrorizantes, espasmos, vómitos, mareos y rigidez muscular durante una semana, pudiendo llegar incluso a la muerte si es dejado de golpe. 

En cualquier caso, el consumo de una droga no tiene por qué llevarnos a la adicción, siempre que éste sea esporádico. De cada uno depende informarse antes sobre los efectos y nivel de adicción de cada droga y darles un uso responsable en función a sus riesgos. 

Las drogas son perjudiciales para la salud (y pueden matar): curiosamente, la gente que suele alertar de estos peligros no suele ver ningún problema grave en el consumo esporádico de alcohol o tabaco. Sin embargo, estas dos drogas legales son culpables de 24 veces más muertes que todas las drogas ilegales juntas, de acuerdo a un informe de la ONU**. Además, son también mucho más perjudiciales físicamente que una gran cantidad de drogas ilegales tales como el cannabis, LSD y otros alucinógenos, GHB o incluso la heroína pura, aunque esto pueda escandalizar a más de uno (el problema aquí sería que la heroína sin cortar es tremendamente difícil de encontrar). El punto al que quisiera llegar es que sí es cierto que el abuso de una gran cantidad de drogas puede ser físicamente perjudicial, pero el uso no es lo mismo que el abuso. Cada droga tiene (o puede tener) sus riesgos de acuerdo a la forma en que interactúan con nuestro organismo, y de acuerdo a estos riesgos deberemos tomar ciertas precauciones a la hora de consumirlas, si queremos hacerlo. Consumir cannabis, heroína pura o café una vez por semana (por ejemplo) puede no conllevar perjuicio significativo alguno para la salud, pero esta misma periodicidad puede ser bastante peligrosa con otras sustancias, como por ejemplo el éxtasis. Por otra parte, no se ha reportado ningún caso de muerte directa por causa del LSD, GHB, MDMA o cannabis, entre otras. 

Las drogas ilegales lo son por ser peligrosas: falso, y creo que ya ha quedado claro con las comparaciones anteriormente expuestas con el tabaco y el alcohol. Drogas que aquí son ilegales no lo son en otros países (por ejemplo el cannabis en Holanda) y a la inversa. Gran cantidad de drogas ahora ilegalizadas fueron legales y consideradas muy útiles para usos terapéuticos hace unos años (MDMA, LSD, heroína, cannabis…). Los beneficios de esas drogas no han cambiado, sino simplemente los intereses políticos y económicos, o casos de abuso salidos a la luz por un uso poco responsable. 

Las drogas distorsionan la realidad: esta cuestión daría para una amplísima argumentación, así que trataré de resumirlo lo más brevemente posible: en primer lugar ¿qué es la realidad? En el estado de vigilia o alerta que llamamos sobriedad o normalidad nuestra agilidad mental y nuestras percepciones se ven de hecho muy limitadas para no poner en peligro nuestra supervivencia con una sobreexcitación de estímulos y poder atender a las funciones básicas, mientras que con ciertos estimulantes o psicodélicos podemos alcanzar una gran lucidez, creatividad y agilidad mental que nos puede ayudar a reflexionar y darnos cuenta de cosas que en ese estado “normal” bloqueamos o no llegamos a solucionar, y a la que no podríamos llegar en ese estado de “sobriedad”. Por otra parte, por ejemplo, hay personas con niveles más altos de serotonina que otros que son más alegres o se sienten con más energía que esos otros, que podrían tener esas sensaciones y percepción del mundo que esas otras personas con ciertas drogas que elevasen sus niveles de serotonina ¿Cuál es entonces la percepción no distorsionada de la realidad, la que se deriva de un nivel "x" de serotonina o de un nivel "y"? ¿Y si variasen esos niveles de serotonina cambiando nuestra dieta (pues de hecho sí influye) también estaríamos distorsionando la realidad? 

Entendamos aquí por realidad nuestra percepción particular del mundo: tampoco así estamos aclarando gran cosa, pues ¿cuál es la percepción correcta de esa realidad? Se supone que si estoy triste y cansada por cualquier evento y le veo más el lado negativo a las cosas mi percepción de la realidad es normal (en el sentido de sobria), así como si estoy emocionada y le saco el lado positivo a todo, o si estoy enfadada por algo y todo me resulta irritante, o si simplemente soy normalmente de alguna de esas tres formas mencionadas en mi día a día. ¿Por qué si estoy en cualquiera de esos estados por causa de una droga se dice que mi percepción de la realidad está distorsionada y si estoy por otras causas no? Cuando montamos en una montaña rusa y sentimos un subidón de adrenalina, cuando nos enamoramos o cuando nos relajamos en el momento inmediatamente posterior al orgasmo, por ejemplo, podemos sentir cosas y percibir la realidad de un modo muy similar o idéntico a como lo haríamos bajo los efectos de alguna droga. Variamos, de esta forma, nuestra percepción ordinaria del mundo, igual que lo haríamos con una droga. 

Las drogas anulan tu personalidad: la respuesta a esta objeción es bastante análoga a la anterior. Pongamos que Marta es una persona que por timidez e inseguridad le cuesta mucho abrirse y relacionarse con los demás, aun cuando le gustaría hacerlo. Ha sido así toda su vida y, sin embargo, un día, ayudada por un amigo, una buena noticia, etc, se siente más desinhibida y logra relacionarse y abrirse a los demás de una forma inusual en ella: nadie diría aquí que una buena noticia o un amigo ha “anulado su personalidad”. Sin embargo si Marta se comportó así ayudada por los efectos del consumo de cannabis, alcohol, MDMA o cocaína sí considerarían algunos que estaría anulando su personalidad (y no quiero decir con esto que considere sano utilizar drogas para desinhibirse como práctica habitual) ¿no habría actuado acaso de la misma forma y por tanto modificado su comportamiento habitual de la misma forma? si cualquier otra circunstancia que no sea una droga altera su personalidad habitual (enfado, ilusión, somnolencia, cansancio, nerviosismo…) no se le recrimina que “no esté siendo él/ella mismx”, sino que se ve normal que se comporte de x forma distinta de acuerdo a x circunstancia distinta, igual que si la persona cambia con el tiempo su forma de ser no se considera que no esté siendo él/ella mismx, sino que simplemente “él/ella mismx” tiene ahora una personalidad distinta, ni más ni menos real que la anterior. Con la mayoría de las drogas que generalmente se consumen se tiene siempre un espacio de autocontrol en tanto que eres consciente de que tus percepciones pueden ser diferentes a como lo son normalmente (excluyendo quizás en algunas personas la salvia divinorum, estramonio, ketamina…) y, por tanto, no dejas nunca de ser “tú mismo”, en tanto que puedes en mayor o menor medida responsabilizarte de tu comportamiento, quizás mucho más que si, por ejemplo, te sientes muy enfadado o triste por algo que te haya pasado. 

Las drogas te alienan e impiden luchar: de nuevo se cae en el error de meter todas las drogas en un mismo saco. En primer lugar, algunos estimulantes podrían facilitar precisamente esa lucha con un uso esporádico (ya quieras decir con esto el montarla en una manifa, el hacer sabotajes, el organizar actos informativos, el escribir artículos o el realizar tareas administrativas para un colectivo/organización) al proporcionarte más energía y agilidad de pensamiento. En segundo lugar, aun en el caso de tomar las drogas para usos meramente recreativos, no veo por qué una cosa habría de ser incompatible con la otra, a menos que te dediques a luchar todas las horas del día en que no estás durmiendo y nunca te tomes un descanso para relajarte y divertirte. En caso contrario, igual que te tomas un descanso para ver una peli o pasar una tarde con tus amigos te podrías tomar un descanso para fumar cannabis u otra droga (con o sin tus amigos) sin que ello afecte lo más mínimo a la lucha/trabajo que llevas a cabo el resto del tiempo. 



*Para quien quiera informarse al respecto en alguna web donde se faciliten datos más o menos veraces sobre distintas sustancias, puedo recomendar Energycontrol.

**Cabe aclarar que el consumo de alcohol y tabaco en la sociedad occidental también es mayor al de otras sustancias, aunque no conozco la proporción. En cualquier caso, la estadística me parece interesante para desdemonizar el saco de "las drogas ilegales", sobre muchas de las cuales no se ha reportado ningún caso de muerte directa.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Gordofobia

El racismo y sexismo son dos de las pocas discriminaciones políticamente incorrectas en nuestra sociedad: poca gente admite defenderlas (lo cual no implica que no sean ampliamente comunes en formas más o menos sutiles). Sin embargo existen otras tantas “bien vistas” a las que la gente no duda en aferrarse, como es el caso de la gordofobia. 

El culto a la delgadez ejerce una importante presión sobre aquellos que no encajan con los cánones estéticos, especialmente en mujeres. Las personas con sobrepeso (o así consideradas) son objeto de constantes burlas, críticas y humillaciones. Pocas veces se sale en su defensa y, las pocas que ésta se da desde el anonimato, es bastante común que la respuesta del agresor sea un “seguro que tú también estás gordx”. ¿Hace falta ser negro para estar en contra del racismo? ¿Hay que ser mujer para ser feminista? Por otra parte, la propia observación sobreentiende la supuesta gordura de la otra persona como algo ofensivo, además de pretender, falazmente, desechar la validez de sus argumentos por el simple hecho de que el defensor pueda pertenecer al grupo atacado.

Más común que atacar a un gordo “por la cara” es hacerlo amparándose en algo hecho o dicho considerado reprobable o ridículo: si un delgado es mala persona o hace el ridículo en un video recibirá insultos por ser mala persona o ridículo. Si un gordo hace cualquier cosa reprobable abre la veda para poder ser atacado legítimamente por su sobrepeso (aunque lo que haya hecho o dicho no tenga absolutamente nada que ver). Si encima hace algo que los demás puedan considerar que lo pone en ridículo, por el mero hecho de ser gordo habrá hecho doblemente el ridículo y las críticas serán mucho más numerosas y crueles (basta ver cualquier video de youtube protagonizado por un gordo que haga o diga cualquier tontería que lo deje en evidencia –o que así pueda ser considerado por algunos). 

Cabe apuntar también que esta discriminación no se da sólo en un plano social, sino también laboral. A menudo personas tan o más preparadas que otras aceptadas para un puesto son rechazadas por causa de su sobrepeso, especialmente en trabajos de cara al público (y especialmente mujeres). Sin embargo esto no es considerado ilegítimo, como sí lo sería rechazar a alguien por su raza o por ser mujer: se da por hecho que una persona con sobrepeso es rechazable por no dar una “buena imagen” de cara al público. 

Por otra parte, a la gente gorda les son negadas dimensiones vitales y facetas para encajarlos dentro de un estereotipo de bufón eunuco que entretenga y no desagrade a la “sociedad delgada” que tiene que soportar su “falta de estética”: han de esconder su sexualidad, pues ésta le resulta obscena y ofensiva al grueso de la población; se da por hecho que sus cuerpos son asquerosos y antieróticos sin tener en cuenta preferencias alternativas: cualquier escena de unx gordx en actitud erótica o seductora sólo será utilizada en los medios audiovisuales para mofarse de su ingenuidad al pretender disfrutar de su sexualidad como puede hacerlo “la gente normal”. En cine y televisión, además, la presencia de éstos es bastante reducida, limitándose a papeles secundarios y ridículos: escasísimas veces una persona con sobrepeso es el héroe (y menos aún heroína) de una película. Pocas veces llegan al final en películas de acción/terror y mayoritariamente responden al estereotipo de torpe, tonto, cobarde y friki/graciosillo en cualquier género. 

¿En qué se basa la gente para justificar esta discriminación tan cruda? Generalmente la legitimidad de la segregación se da por hecho sin necesidad de justificarlo, pero cuando se pide una explicación es común recurrir a la salud. Las críticas pretenden ampararse en el daño físico que a la persona pueda causar el sobrepeso, daño que la persona se causa “porque quiere”, ya sea por pereza y/o avaricia a la hora de comer. En primer lugar, esa explicación del sobrepeso me parece aventurada y poco comprensiva: en muchos casos éste es consecuencia de problemas de ansiedad, así como también puede ser causado por problemas de tiroides, medicación o diferencias metabólicas (hay mucha gente delgada y no especialmente activa que come más y/o peor que otros tantos con un peso proporcional mucho mayor). En segundo lugar, siendo o no como lo pintan, ¿y qué? ¿Qué importa el daño que se hagan los demás a su salud por voluntad propia mientras no afecte a terceros? ¿Cómo puede eso justificar tal discriminación? Gran cantidad de personas tiene hábitos tan o más dañinos para su salud y no sufre discriminación alguna por ello, como fumar, comer muchos fritos o grasas saturadas, basar su alimentación en productos de origen animal, emborracharse a menudo, etc.: una vez más, los argumentos a favor de la segregación son falaces e hipócritas, y en vez de reprobar a los agresores e instarlos a ser respetuosos con los demás se anima a los agredidos a cambiar su aspecto para evitar la marginación, alabándolos con cumplidos cuando han conseguido al fin “integrarse” en la delgadez. 


PD: para quien quiera más, os enlazo esta breve y lúcida crítica en video.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Crítica de la razón monógama

Desde pequeños nos educan para jerarquizar, limitar y clasificar nuestro afecto en un conjunto limitado de etiquetas. Se establece fundamentalmente una división entre el amor hacia los amigos o amistad y el amor romántico hacia una persona, amor considerado a menudo el más fuerte y verdadero. Con este tipo de sentimiento, además, se dan por hecho una serie de normas: sólo puedes sentirlo por una persona, viene acompañado de un sentimiento de posesividad romántico-sexual y requiere de un sacrificio por ambas partes. Tanto es así que las personas que no lo sienten de esa forma son a menudo discriminadas, ya no sólo legalmente (pues no puedes casarte o establecer como compañero sentimental a varias personas) sino socialmente, considerando que no han encontrado a la persona adecuada o no están verdaderamente enamoradas. 

En primer lugar, la creencia de que sólo puedas sentir aquello denominado amor romántico por una sola persona me parece algo bastante castrante y, en la mayoría de los casos, falso. Lo más común entre las personas que se sienten monógamas no es tener una única relación romántica para toda la vida, sino varias. Tampoco es poco común que esas personas se encuentren en algún momento de su vida en una encrucijada emocional en la que deban elegir entre dos o más personas que le gustan a aquélla con la que mantener finalmente una relación romántica. Pongamos, pues, que una persona se encuentra en una relación de pareja con alguien a quien quiere y aparece en su vida otra persona de la que se acaba enamorando: ¿Cómo se encaja eso con una forma de sentir supuestamente monógama? ¿Se borra de golpe todo el amor que sentías por esa persona con la que llevabas tanto tiempo compartiendo tu vida porque aparece otra que la sustituye? ¿Habías estado engañado hasta el momento creyendo que ese era el “amor de tu vida” porque ha aparecido otra persona que te atrae de esa misma forma? Y, si la cambias por la otra persona y luego aparece otra, ¿habías estado engañado otra vez y así ad infinitum? 

En segundo lugar, el tema de la posesividad es algo que también se vincula a menudo intrínsecamente al sentimiento de amor romántico. Se considera que querer a alguien de verdad implica querer limitarlo sexual y emocionalmente, querer que “sea sólo tuyo”, pero ¿la exclusividad es un ideal al que se aspira o algo que de hecho tiene lugar? En mi experiencia, no he conocido a nadie que por encontrarse en una relación monógama haya visto su libido totalmente anulada para con toda persona que no sea su pareja sentimental, sino que simplemente se reprime para no hacerle daño ¿Qué sentido tiene entonces esa exclusividad? ¿Qué diferencia hay entre desearlo y hacerlo? Una persona no es monógama sólo porque al estar en una relación de pareja con otra persona reprima sus deseos de estar con otras, sino que lo es solamente si de hecho no quieren estar con nadie más que con su pareja. Si a mí sólo me atraen las mujeres pero nunca he estado con una por miedo a la marginación social no por ello dejo de ser lesbiana, del mismo modo que que si me atraen sexualmente otras personas aparte de mi pareja y/o me masturbo pensando en ellas pero no mantengo relaciones con ellas por miedo a las consecuencias no por ello soy fiel a mi pareja, desde el punto de vista de la exclusividad afectivo-sexual. 

Este deseo de posesividad y circunscripción de la libertad del otro se conoce a menudo como celos. Cabría aclarar aquí la definición correcta de este término, desde mi punto de vista, pues a pesar de ser algo tan común es igualmente común utilizarlo de forma incorrecta, confundiéndolo con la envidia: sentir celos es desear que una persona no disfrute de algo, aun cuando el no hacerlo no supusiese disfrutarlo tú mismo. En este caso, los celos implican desear que una persona no se relacione con otra en un plano afectivo-sexual, querer que únicamente mantenga ese tipo de relación contigo o preferir que no lo haga con ninguno antes que con el otro, en caso de no tener tú ninguna posibilidad. La diferencia fundamental con la envidia es que esta última sólo desearía una situación más favorable para ti mismo, no la evitación de un bien menor o igual para la otra persona, es decir: si mantienes una relación con una persona y esa persona encuentra a otra con la que empieza a mantener una relación, el sentimiento sería de celos si tú deseases que abandonase la relación con esa persona aunque la vuestra no cambie lo más mínimo por esa nueva relación, pero sería de envidia si únicamente deseases que acabase su relación (o fuese menos intensa) porque implica un descuido de la vuestra, veros menos por quedar con la otra persona, etc. La diferencia se ve más claramente cuando las personas o cosas implicadas no lo están por una relación romántica: por ejemplo, se podría sentir envidia por un nuevo trabajo o afición de la pareja que restase mucho tiempo a vuestra relación, pero no son comunes los celos en ese caso: sólo se busca que las aficiones/trabajo del otro no reste tiempo e intensidad a la relación, no que no se practiquen en ningún caso. 

Los celos son generalmente consecuencia de las inseguridades y miedo al abandono, pues una relación monógama requiere estar alerta para anticiparse a los sentimientos que pudieran aflorar en la otra persona, ya que si encuentra y se llega a enamorar de otra persona, la relación se acabará contigo. En una relación poliamorosa sana, sin embargo, este miedo e inseguridades pueden eliminarse, pues en ningún caso la aparición y enamoramiento de nuevas personas supone el fin ni deterioramiento de ninguna relación anterior: nadie más que los propios implicados pueden acabar con esa relación, y no tienes que cargar con la presión y el miedo de ser suplantado. En mi opinión, el amor por alguien no es sustituible ni guardamos tampoco una cantidad de amor limitado que se vea reducido en función del número de divisores a repartir. Cada persona, para mí, es irremplazable, me transmite un sentimiento distinto y los quiero (en caso de que los quiera) de una forma distinta. Mi amor por la persona con la que me encuentro en una relación poliamorosa actualmente es tan fuerte como el que podría sentir cualquiera en una relación monógama convencional y sin embargo no siento ninguna necesidad ni deseo de limitar sus otras relaciones: sólo sabiendo que tiene toda la libertad para estar y sentir lo que quiera por quien quiera y que a pesar de ello no me deja nunca de lado sé que verdaderamente me quiere y no sigue conmigo por miedo a no encontrar otra persona mejor o estar solo. 


Por último, veo también en mi experiencia que las relaciones monógamas son, por lo general, muy poco sanas: se basan en el sacrificio mutuo por el otro, renunciando a tu individualidad. Cuanto más “seria” se considera una relación más se funden ambos en una sola entidad: la de la pareja. Las personas emparejadas suelen dejar o desgastar con el tiempo las relaciones con sus amigos y, fundamentalmente, se privan bastante de quedar con ellos a solas: se da por hecho que los amigos de uno han de serlo también de su pareja, y si la cosa no parece muy compatible con determinados colegas han de dejarse de lado. Las vacaciones son siempre en pareja, las decisiones personales se toman o como mínimo se consultan con la pareja, etc. Es común ir a sitios, quedar con gente o hacer cosas que no te gustan por la otra persona, en lugar de ir a los sitios, quedar con la gente o hacer las cosas que a cada uno le gustan por separado, en el caso de que no coincidáis en esos gustos. Todo ello da lugar a una limitación de la libertad individual (además de la anteriormente explicada), un “dar por hecho” cosas que en teoría debería hacer o decir la otra persona, reproches por no querer hacer cosas que en teoría deberíais compartir y mentiras para evitar esos enfados y reproches, ocultar la atracción que podrías sentir por otras personas, etc. 

Aclaro, para finalizar, que con esto no digo que las relaciones monógamas, por definición, tengan que ser de esta forma, sino que por lo general las relaciones monógamas convencionales sí son así. Tampoco pretendo enseñar a nadie cómo debe vivir su vida amorosa, sino sólo exponer mi opinión personal sobre el tema y mi perspectiva y forma de sentirlo. 

lunes, 13 de agosto de 2012

Violencia de género: la cosificación de la mujer

A menudo se habla de violencia de género como una agresión física o verbal de un hombre hacia una mujer, generalmente siendo su pareja o expareja sentimental. En primer lugar cabría mencionar que no siempre que un hombre agreda a una mujer el móvil de la agresión ha de ser el género, al igual que sí podría serlo, aunque se da en menor proporción y de distinta forma, en el caso de una mujer que agreda a un hombre. En cualquier caso, me remito a esto para señalar una condena del sexismo muy miope que ignora el porqué de todas esas agresiones, pues en una sociedad igualitaria la violencia entre dos sexos no se daría por cuestiones de género.

La violencia se ejerce de muchas maneras y en muchos casos no se presenta como un insulto, sino como un cumplido. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos de personas con dos grupos de características complementarias y contrapuestas: los hombres como racionales, potentes, fuertes, valientes, estables, claros y seguros; las mujeres como emocionales, débiles, miedosas, inestables, retorcidas e inseguras, pero sobretodo bonitas. Las mujeres son “el sexo bello”, la decoración u objeto en contraposición al sujeto (hombre). Ellas son un cuerpo mientras los hombres son una mente, y esta identificación simbólica no ha cambiado mucho desde hace más de medio siglo, por mucho que la situación legal haya mejorado enormemente.

Una ojeada a los anuncios nos muestra una clara utilización del cuerpo femenino como reclamo erótico, mujeres reducidas a culos, piernas esbeltas, vientres planos o labios entreabiertos que saborean un producto con cara de placer sexual. Todos esos anuncios están dirigidos a un público masculino heterosexual, pero también a un público femenino heterosexual que proyecta en ellas una imagen ideal de sí mismas vistas desde ojos masculinos. Las mujeres no buscan así su propio ideal de personas, sino que quieren ser lo que los hombres quieren que sean, lo que buscan ver en ellas como obra artística u objeto erótico, esto es, las mujeres sufren socialmente una heteroidentificación. Además de esta cosificación erótica de la mujer es destacable la fuerte presencia de los estereotipos en ese y otros ámbitos como los dibujos para niñ@s, las revistas o incluso los periódicos, las películas o los videojuegos. Con respecto a esto último, Anita Sarkessian había creado un proyecto para denunciar los estereotipos de las mujeres en ellos, presentadas siempre con arquetipos como el de “compañera sexy” o “dama en apuros”, por el cual recibió numerosas amenazas y acoso por internet de formas diversas. Resulta también relevante la imagen que se desprende de las mujeres en las revistas “femeninas”, pues la información se distribuye mayoritariamente en relación a cuatro ámbitos: doméstico (decoración, cocina, limpieza), privado (belleza, cuidado del cuerpo), banal (cotilleos) y de relaciones (interpersonales, de pareja o familiares). Es especialmente remarcable este refuerzo de los estereotipos en las revistas femeninas para adolescentes, centradas en el logro de la belleza, la seducción y el romance, la moda y el sexo heterosexual. En las noticias y periódicos, aunque más sutilmente, la consideración inferior de la mujer también se hace visible con una mucho menor presencia especialmente en secciones de economía, política, opinión y sobretodo deportes, con una casi total invisibilización de las deportistas y los equipos femeninos. Esta invisibilidad de la mujer se hace también bastante patente en las películas con tres sencillas preguntas: el Test de Bechdel.

A esta invisibilidad, menosprecio y cosificación hay que añadir, por supuesto, otros importantes factores que complementan el caldo de cultivo de la violencia supremacista de género: la educación en el ideal del amor romántico como principal (o casi principal) aspiración en la vida de toda mujer, así como la indefensión aprendida resultado de las expectativas de su género: sumisión, comprensión, empatía, solidaridad, obediencia, abnegación en el cuidado de los hijos, pasividad, rechazo de la violencia...


Reducidas a objetos eróticos o floreros como guapas, mudas y prescindibles azafatas en numerosos programas-concurso, valoradas únicamente por el físico y escasamente por sus capacidades intelectuales, complementos del hombre y prácticamente invisibles en todo lo que representan actos trascendentes: ésta es la violencia de género, la violencia psicológica que origina la agresión física. Es un maltrato sutil que presiona a las mujeres a ser mejores floreros en vez de mejores personas: maquíllate, pues tus rasgos al natural son bastos; adelgaza, pues los kilos de más son humillantes, asquerosos y vergonzosos; depílate, pues tu vello corporal es de mal gusto y antihigiénico; ponte guapa, pues tu calidad humana se mide por tu capacidad de seducción. No hace falta verbalizarlo para que se dé un maltrato, pues la orden ya está encima de la mesa: la amenaza con la marginación social. Que el maltrato se personalice más explícita y duramente en un individuo concreto como pareja sentimental es sólo el último eslabón de la cadena, la punta del gran iceberg.