domingo, 30 de septiembre de 2012

Gordofobia

El racismo y sexismo son dos de las pocas discriminaciones políticamente incorrectas en nuestra sociedad: poca gente admite defenderlas (lo cual no implica que no sean ampliamente comunes en formas más o menos sutiles). Sin embargo existen otras tantas “bien vistas” a las que la gente no duda en aferrarse, como es el caso de la gordofobia. 

El culto a la delgadez ejerce una importante presión sobre aquellos que no encajan con los cánones estéticos, especialmente en mujeres. Las personas con sobrepeso (o así consideradas) son objeto de constantes burlas, críticas y humillaciones. Pocas veces se sale en su defensa y, las pocas que ésta se da desde el anonimato, es bastante común que la respuesta del agresor sea un “seguro que tú también estás gordx”. ¿Hace falta ser negro para estar en contra del racismo? ¿Hay que ser mujer para ser feminista? Por otra parte, la propia observación sobreentiende la supuesta gordura de la otra persona como algo ofensivo, además de pretender, falazmente, desechar la validez de sus argumentos por el simple hecho de que el defensor pueda pertenecer al grupo atacado.

Más común que atacar a un gordo “por la cara” es hacerlo amparándose en algo hecho o dicho considerado reprobable o ridículo: si un delgado es mala persona o hace el ridículo en un video recibirá insultos por ser mala persona o ridículo. Si un gordo hace cualquier cosa reprobable abre la veda para poder ser atacado legítimamente por su sobrepeso (aunque lo que haya hecho o dicho no tenga absolutamente nada que ver). Si encima hace algo que los demás puedan considerar que lo pone en ridículo, por el mero hecho de ser gordo habrá hecho doblemente el ridículo y las críticas serán mucho más numerosas y crueles (basta ver cualquier video de youtube protagonizado por un gordo que haga o diga cualquier tontería que lo deje en evidencia –o que así pueda ser considerado por algunos). 

Cabe apuntar también que esta discriminación no se da sólo en un plano social, sino también laboral. A menudo personas tan o más preparadas que otras aceptadas para un puesto son rechazadas por causa de su sobrepeso, especialmente en trabajos de cara al público (y especialmente mujeres). Sin embargo esto no es considerado ilegítimo, como sí lo sería rechazar a alguien por su raza o por ser mujer: se da por hecho que una persona con sobrepeso es rechazable por no dar una “buena imagen” de cara al público. 

Por otra parte, a la gente gorda les son negadas dimensiones vitales y facetas para encajarlos dentro de un estereotipo de bufón eunuco que entretenga y no desagrade a la “sociedad delgada” que tiene que soportar su “falta de estética”: han de esconder su sexualidad, pues ésta le resulta obscena y ofensiva al grueso de la población; se da por hecho que sus cuerpos son asquerosos y antieróticos sin tener en cuenta preferencias alternativas: cualquier escena de unx gordx en actitud erótica o seductora sólo será utilizada en los medios audiovisuales para mofarse de su ingenuidad al pretender disfrutar de su sexualidad como puede hacerlo “la gente normal”. En cine y televisión, además, la presencia de éstos es bastante reducida, limitándose a papeles secundarios y ridículos: escasísimas veces una persona con sobrepeso es el héroe (y menos aún heroína) de una película. Pocas veces llegan al final en películas de acción/terror y mayoritariamente responden al estereotipo de torpe, tonto, cobarde y friki/graciosillo en cualquier género. 

¿En qué se basa la gente para justificar esta discriminación tan cruda? Generalmente la legitimidad de la segregación se da por hecho sin necesidad de justificarlo, pero cuando se pide una explicación es común recurrir a la salud. Las críticas pretenden ampararse en el daño físico que a la persona pueda causar el sobrepeso, daño que la persona se causa “porque quiere”, ya sea por pereza y/o avaricia a la hora de comer. En primer lugar, esa explicación del sobrepeso me parece aventurada y poco comprensiva: en muchos casos éste es consecuencia de problemas de ansiedad, así como también puede ser causado por problemas de tiroides, medicación o diferencias metabólicas (hay mucha gente delgada y no especialmente activa que come más y/o peor que otros tantos con un peso proporcional mucho mayor). En segundo lugar, siendo o no como lo pintan, ¿y qué? ¿Qué importa el daño que se hagan los demás a su salud por voluntad propia mientras no afecte a terceros? ¿Cómo puede eso justificar tal discriminación? Gran cantidad de personas tiene hábitos tan o más dañinos para su salud y no sufre discriminación alguna por ello, como fumar, comer muchos fritos o grasas saturadas, basar su alimentación en productos de origen animal, emborracharse a menudo, etc.: una vez más, los argumentos a favor de la segregación son falaces e hipócritas, y en vez de reprobar a los agresores e instarlos a ser respetuosos con los demás se anima a los agredidos a cambiar su aspecto para evitar la marginación, alabándolos con cumplidos cuando han conseguido al fin “integrarse” en la delgadez. 


PD: para quien quiera más, os enlazo esta breve y lúcida crítica en video.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Crítica de la razón monógama

Desde pequeños nos educan para jerarquizar, limitar y clasificar nuestro afecto en un conjunto limitado de etiquetas. Se establece fundamentalmente una división entre el amor hacia los amigos o amistad y el amor romántico hacia una persona, amor considerado a menudo el más fuerte y verdadero. Con este tipo de sentimiento, además, se dan por hecho una serie de normas: sólo puedes sentirlo por una persona, viene acompañado de un sentimiento de posesividad romántico-sexual y requiere de un sacrificio por ambas partes. Tanto es así que las personas que no lo sienten de esa forma son a menudo discriminadas, ya no sólo legalmente (pues no puedes casarte o establecer como compañero sentimental a varias personas) sino socialmente, considerando que no han encontrado a la persona adecuada o no están verdaderamente enamoradas. 

En primer lugar, la creencia de que sólo puedas sentir aquello denominado amor romántico por una sola persona me parece algo bastante castrante y, en la mayoría de los casos, falso. Lo más común entre las personas que se sienten monógamas no es tener una única relación romántica para toda la vida, sino varias. Tampoco es poco común que esas personas se encuentren en algún momento de su vida en una encrucijada emocional en la que deban elegir entre dos o más personas que le gustan a aquélla con la que mantener finalmente una relación romántica. Pongamos, pues, que una persona se encuentra en una relación de pareja con alguien a quien quiere y aparece en su vida otra persona de la que se acaba enamorando: ¿Cómo se encaja eso con una forma de sentir supuestamente monógama? ¿Se borra de golpe todo el amor que sentías por esa persona con la que llevabas tanto tiempo compartiendo tu vida porque aparece otra que la sustituye? ¿Habías estado engañado hasta el momento creyendo que ese era el “amor de tu vida” porque ha aparecido otra persona que te atrae de esa misma forma? Y, si la cambias por la otra persona y luego aparece otra, ¿habías estado engañado otra vez y así ad infinitum? 

En segundo lugar, el tema de la posesividad es algo que también se vincula a menudo intrínsecamente al sentimiento de amor romántico. Se considera que querer a alguien de verdad implica querer limitarlo sexual y emocionalmente, querer que “sea sólo tuyo”, pero ¿la exclusividad es un ideal al que se aspira o algo que de hecho tiene lugar? En mi experiencia, no he conocido a nadie que por encontrarse en una relación monógama haya visto su libido totalmente anulada para con toda persona que no sea su pareja sentimental, sino que simplemente se reprime para no hacerle daño ¿Qué sentido tiene entonces esa exclusividad? ¿Qué diferencia hay entre desearlo y hacerlo? Una persona no es monógama sólo porque al estar en una relación de pareja con otra persona reprima sus deseos de estar con otras, sino que lo es solamente si de hecho no quieren estar con nadie más que con su pareja. Si a mí sólo me atraen las mujeres pero nunca he estado con una por miedo a la marginación social no por ello dejo de ser lesbiana, del mismo modo que que si me atraen sexualmente otras personas aparte de mi pareja y/o me masturbo pensando en ellas pero no mantengo relaciones con ellas por miedo a las consecuencias no por ello soy fiel a mi pareja, desde el punto de vista de la exclusividad afectivo-sexual. 

Este deseo de posesividad y circunscripción de la libertad del otro se conoce a menudo como celos. Cabría aclarar aquí la definición correcta de este término, desde mi punto de vista, pues a pesar de ser algo tan común es igualmente común utilizarlo de forma incorrecta, confundiéndolo con la envidia: sentir celos es desear que una persona no disfrute de algo, aun cuando el no hacerlo no supusiese disfrutarlo tú mismo. En este caso, los celos implican desear que una persona no se relacione con otra en un plano afectivo-sexual, querer que únicamente mantenga ese tipo de relación contigo o preferir que no lo haga con ninguno antes que con el otro, en caso de no tener tú ninguna posibilidad. La diferencia fundamental con la envidia es que esta última sólo desearía una situación más favorable para ti mismo, no la evitación de un bien menor o igual para la otra persona, es decir: si mantienes una relación con una persona y esa persona encuentra a otra con la que empieza a mantener una relación, el sentimiento sería de celos si tú deseases que abandonase la relación con esa persona aunque la vuestra no cambie lo más mínimo por esa nueva relación, pero sería de envidia si únicamente deseases que acabase su relación (o fuese menos intensa) porque implica un descuido de la vuestra, veros menos por quedar con la otra persona, etc. La diferencia se ve más claramente cuando las personas o cosas implicadas no lo están por una relación romántica: por ejemplo, se podría sentir envidia por un nuevo trabajo o afición de la pareja que restase mucho tiempo a vuestra relación, pero no son comunes los celos en ese caso: sólo se busca que las aficiones/trabajo del otro no reste tiempo e intensidad a la relación, no que no se practiquen en ningún caso. 

Los celos son generalmente consecuencia de las inseguridades y miedo al abandono, pues una relación monógama requiere estar alerta para anticiparse a los sentimientos que pudieran aflorar en la otra persona, ya que si encuentra y se llega a enamorar de otra persona, la relación se acabará contigo. En una relación poliamorosa sana, sin embargo, este miedo e inseguridades pueden eliminarse, pues en ningún caso la aparición y enamoramiento de nuevas personas supone el fin ni deterioramiento de ninguna relación anterior: nadie más que los propios implicados pueden acabar con esa relación, y no tienes que cargar con la presión y el miedo de ser suplantado. En mi opinión, el amor por alguien no es sustituible ni guardamos tampoco una cantidad de amor limitado que se vea reducido en función del número de divisores a repartir. Cada persona, para mí, es irremplazable, me transmite un sentimiento distinto y los quiero (en caso de que los quiera) de una forma distinta. Mi amor por la persona con la que me encuentro en una relación poliamorosa actualmente es tan fuerte como el que podría sentir cualquiera en una relación monógama convencional y sin embargo no siento ninguna necesidad ni deseo de limitar sus otras relaciones: sólo sabiendo que tiene toda la libertad para estar y sentir lo que quiera por quien quiera y que a pesar de ello no me deja nunca de lado sé que verdaderamente me quiere y no sigue conmigo por miedo a no encontrar otra persona mejor o estar solo. 


Por último, veo también en mi experiencia que las relaciones monógamas son, por lo general, muy poco sanas: se basan en el sacrificio mutuo por el otro, renunciando a tu individualidad. Cuanto más “seria” se considera una relación más se funden ambos en una sola entidad: la de la pareja. Las personas emparejadas suelen dejar o desgastar con el tiempo las relaciones con sus amigos y, fundamentalmente, se privan bastante de quedar con ellos a solas: se da por hecho que los amigos de uno han de serlo también de su pareja, y si la cosa no parece muy compatible con determinados colegas han de dejarse de lado. Las vacaciones son siempre en pareja, las decisiones personales se toman o como mínimo se consultan con la pareja, etc. Es común ir a sitios, quedar con gente o hacer cosas que no te gustan por la otra persona, en lugar de ir a los sitios, quedar con la gente o hacer las cosas que a cada uno le gustan por separado, en el caso de que no coincidáis en esos gustos. Todo ello da lugar a una limitación de la libertad individual (además de la anteriormente explicada), un “dar por hecho” cosas que en teoría debería hacer o decir la otra persona, reproches por no querer hacer cosas que en teoría deberíais compartir y mentiras para evitar esos enfados y reproches, ocultar la atracción que podrías sentir por otras personas, etc. 

Aclaro, para finalizar, que con esto no digo que las relaciones monógamas, por definición, tengan que ser de esta forma, sino que por lo general las relaciones monógamas convencionales sí son así. Tampoco pretendo enseñar a nadie cómo debe vivir su vida amorosa, sino sólo exponer mi opinión personal sobre el tema y mi perspectiva y forma de sentirlo. 

lunes, 13 de agosto de 2012

Violencia de género: la cosificación de la mujer

A menudo se habla de violencia de género como una agresión física o verbal de un hombre hacia una mujer, generalmente siendo su pareja o expareja sentimental. En primer lugar cabría mencionar que no siempre que un hombre agreda a una mujer el móvil de la agresión ha de ser el género, al igual que sí podría serlo, aunque se da en menor proporción y de distinta forma, en el caso de una mujer que agreda a un hombre. En cualquier caso, me remito a esto para señalar una condena del sexismo muy miope que ignora el porqué de todas esas agresiones, pues en una sociedad igualitaria la violencia entre dos sexos no se daría por cuestiones de género.

La violencia se ejerce de muchas maneras y en muchos casos no se presenta como un insulto, sino como un cumplido. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos de personas con dos grupos de características complementarias y contrapuestas: los hombres como racionales, potentes, fuertes, valientes, estables, claros y seguros; las mujeres como emocionales, débiles, miedosas, inestables, retorcidas e inseguras, pero sobretodo bonitas. Las mujeres son “el sexo bello”, la decoración u objeto en contraposición al sujeto (hombre). Ellas son un cuerpo mientras los hombres son una mente, y esta identificación simbólica no ha cambiado mucho desde hace más de medio siglo, por mucho que la situación legal haya mejorado enormemente.

Una ojeada a los anuncios nos muestra una clara utilización del cuerpo femenino como reclamo erótico, mujeres reducidas a culos, piernas esbeltas, vientres planos o labios entreabiertos que saborean un producto con cara de placer sexual. Todos esos anuncios están dirigidos a un público masculino heterosexual, pero también a un público femenino heterosexual que proyecta en ellas una imagen ideal de sí mismas vistas desde ojos masculinos. Las mujeres no buscan así su propio ideal de personas, sino que quieren ser lo que los hombres quieren que sean, lo que buscan ver en ellas como obra artística u objeto erótico, esto es, las mujeres sufren socialmente una heteroidentificación. Además de esta cosificación erótica de la mujer es destacable la fuerte presencia de los estereotipos en ese y otros ámbitos como los dibujos para niñ@s, las revistas o incluso los periódicos, las películas o los videojuegos. Con respecto a esto último, Anita Sarkessian había creado un proyecto para denunciar los estereotipos de las mujeres en ellos, presentadas siempre con arquetipos como el de “compañera sexy” o “dama en apuros”, por el cual recibió numerosas amenazas y acoso por internet de formas diversas. Resulta también relevante la imagen que se desprende de las mujeres en las revistas “femeninas”, pues la información se distribuye mayoritariamente en relación a cuatro ámbitos: doméstico (decoración, cocina, limpieza), privado (belleza, cuidado del cuerpo), banal (cotilleos) y de relaciones (interpersonales, de pareja o familiares). Es especialmente remarcable este refuerzo de los estereotipos en las revistas femeninas para adolescentes, centradas en el logro de la belleza, la seducción y el romance, la moda y el sexo heterosexual. En las noticias y periódicos, aunque más sutilmente, la consideración inferior de la mujer también se hace visible con una mucho menor presencia especialmente en secciones de economía, política, opinión y sobretodo deportes, con una casi total invisibilización de las deportistas y los equipos femeninos. Esta invisibilidad de la mujer se hace también bastante patente en las películas con tres sencillas preguntas: el Test de Bechdel.

A esta invisibilidad, menosprecio y cosificación hay que añadir, por supuesto, otros importantes factores que complementan el caldo de cultivo de la violencia supremacista de género: la educación en el ideal del amor romántico como principal (o casi principal) aspiración en la vida de toda mujer, así como la indefensión aprendida resultado de las expectativas de su género: sumisión, comprensión, empatía, solidaridad, obediencia, abnegación en el cuidado de los hijos, pasividad, rechazo de la violencia...


Reducidas a objetos eróticos o floreros como guapas, mudas y prescindibles azafatas en numerosos programas-concurso, valoradas únicamente por el físico y escasamente por sus capacidades intelectuales, complementos del hombre y prácticamente invisibles en todo lo que representan actos trascendentes: ésta es la violencia de género, la violencia psicológica que origina la agresión física. Es un maltrato sutil que presiona a las mujeres a ser mejores floreros en vez de mejores personas: maquíllate, pues tus rasgos al natural son bastos; adelgaza, pues los kilos de más son humillantes, asquerosos y vergonzosos; depílate, pues tu vello corporal es de mal gusto y antihigiénico; ponte guapa, pues tu calidad humana se mide por tu capacidad de seducción. No hace falta verbalizarlo para que se dé un maltrato, pues la orden ya está encima de la mesa: la amenaza con la marginación social. Que el maltrato se personalice más explícita y duramente en un individuo concreto como pareja sentimental es sólo el último eslabón de la cadena, la punta del gran iceberg.

lunes, 6 de agosto de 2012

Especismo entre antiespecistas

“No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy 
vegana porque no me siento superior a nadie” - Michele McCowan

Es común entre nuevos veganos pasar por una etapa fundamentalista o intransigente (y a veces no tan nuevos ni tan etapa): primero se preguntan cómo han podido “estar tan ciegos” de no hacer ciertas conexiones y se esfuerzan por informar a los demás para que cambien su perspectiva; después, no obstante, tras varias decepciones algunos desarrollan algún tipo de amnesia retrógrada que les impide recordar que hasta hace no mucho ellos eran especistas, y consideran a los que lo son como unos asesinos hijos de puta que disfrutan haciendo sufrir a los animales. Esta actitud es perniciosa fundamentalmente por dos motivos: es especista y perjudica a los animales. 

En primer lugar, las generalizaciones siempre son injustas con los individuos que conforman los grupos. Es común atacar a “los humanos” como culpables de las torturas que sufren algunos animales; “me avergüenzo de ser humana” o “los humanos hacemos tal y cual”: ¿Por qué esta actitud no es vista como discriminatoria y especista cuando se está condenando a todo un colectivo por los actos de unos de ellos? Si alguien dijera que las lesbianas son todas unas zorras manipuladoras se le tacharía automáticamente de homófobo, igual que sería machista que una tía dijera que se avergüenza de ser mujer porque las mujeres son unas frívolas interesadas o sería racista que otra persona afirmara que los negros roban coches. Sin embargo sí hay lesbianas manipuladoras, mujeres frívolas e interesadas o negros ladrones, al igual que hay humanos (en general) cabrones, pero ser manipulador, frívolo, ladrón o cabrón no es nunca algo intrínseco de ser lesbiana, mujer, negro o humano, respectivamente. 

En la misma línea está la xenofobia al atacar a una etnia por las tradiciones o actividades de algunos de los individuos de la misma (a los chinos por comer perros, a los canadienses por apalear focas…), aunque esto es más común entre mascotistas que entre veganos, pues los últimos suelen tener más claro que no hay diferencia entre comer perros en China o cerdos en España. 

En segundo lugar es especista porque crea una especie de salto cualitativo entre los humanos y el resto de animales, el mismo salto que los antiespecistas critican: no se juzga a un gato por matar a un ratón o a un oso por comerse un salmón, ya que ellos “no pueden razonar”; sin embargo el humano se considera un ser razonante que nace razonando, y que debería razonar por tanto trascendiendo toda su educación para oponerse a la explotación animal. Para empezar no creo que el veganismo sea el “camino verdadero” ni creo en la existencia de la corrección o verdad en términos morales, sino si acaso en la coherencia con unos principios. Soy vegana porque tengo la capacidad de sentir empatía por el resto de animales y, por ello, los puedo considerar mis iguales en términos de sufrimiento, pero el no tener esa capacidad de empatizar no te convierte en un monstruo (¿cómo puede ser moralmente malo no tener una capacidad para hacer algo?). Muchos otros animales pueden sentir empatía, y un gato podría no matar a un ratón por sentir una empatía hacia él mientras que otro podría no tenerla y dejarse llevar por un instinto o apetencia. Con esto no estoy justificando nada, sino simplemente intento entender cómo y por qué actúan los demás, y no dejarme llevar por el camino fácil del insulto. En segundo lugar, creo que ya se ha evidenciado que no considero a los humanos nada radicalmente distinto del resto de animales, y por tanto no creo que exista ser alguno puramente razonante, sino que todos los animales que no estamos totalmente determinados por un instinto invariable lo estamos en mayor o menor parte por nuestras experiencias, educación, cultura, etc. Si viviéramos en una sociedad vegana o simplemente con una mayor consideración por los demás animales, el número de veganos que la conformarían sería infinitamente mayor. Y de nuevo recuerdo que muchos de nosotros, hasta hace unos meses o años, nunca antes habíamos hecho la conexión con el resto de animales, o incluso muchos veganos probablemente habrán defendido antes del cambio los argumentos que ahora considerarán falaces o prejuiciosos. Con esto no estoy diciendo que no haya especistas mezquinos y maleducados (igual que hay veganos así), algunos incluso que atacan a los veganos por el mero hecho de serlo. Pero incluso una persona directamente relacionada con la explotación animal (ganadero, torero, matarife, peletero) puede cambiar su perspectiva, pues al fin y al cabo no hacen más que seguir el legado de una misma educación especista con la que nosotros también hemos sido educados. 

Por último, si todo esto no te convence y sigues odiando a la humanidad hay un factor más a tener en cuenta en tu comportamiento: el daño a los otros animales. Ponte en el lugar del otro, de ser una persona que nunca antes se ha planteado el trato a tener con los otros animales, lo que come o lo que viste, y que por tanto tiene muchas dudas al respecto y cierto recelo ante lo que rompe por completo su esquema de valores: ¿cómo crees que se puede sentir esa persona ante los insultos, las acusaciones de asesino y la culpabilización? Lo más probable es que se cierre en banda y no escuche tu mensaje. Y lo peor es que, por desgracia, muchas veces somos un referente de la idea que defendemos: muchos omnívoros se encuentran con uno o varios veganos arrogantes y deducen de ello que los veganos por definición son arrogantes; se cierran al mensaje por culpa de un mal mensajero (y de ahí mis “precauciones para una correcta comprensión”). Muchas veces una actitud de “superioridad moral”, aun inintencionada, hace que el otro se sienta aludido ante una acusación implícita, un “tú eres culpable de esto, estás equivocado y yo estoy en lo cierto, haz lo que yo te digo”, desencadenando con esto una actitud defensiva que muchas veces se materializa en un “las plantas también sienten” o “tú también matas animales”, etc. Por supuesto, algunos se pueden sentir atacados y responder a la defensiva porque sí, o porque quizás les remuerda la conciencia ante la duda de no estar actuando de acuerdo con su ética y sientan miedo de que se venga abajo todo su esquema de valores, pero ello no implica que no debamos evitar estos conflictos con una actitud educada y comprensiva. 

sábado, 28 de julio de 2012

El derecho al aborto

Aprovecho, por su actualidad en España, para tratar el tema del aborto que, supongo, no está exento de polémicas, sobretodo por oponerme no sólo a los pro-vida sino a muchas pro-elección, dadas las campañas que se erigen desde ambas posiciones.

Para empezar no parece haber mucho entendimiento en la discusión, como en el debate taurinos-antitaurinos en que los defensores de la práctica alegan, ante la crítica acerca del sufrimiento del toro, que quien no quiera no vaya a verlo. Los detractores del aborto arguyen que éste es un asesinato de un ser con derecho a la vida, mientras que los defensores contraatacan demasiado frecuentemente con un “es mi cuerpo y hago con él lo que me da la gana”. El argumento de que las mujeres deciden porque son las que tienen el útero me resulta bastante confuso: en primer lugar no hace más que reforzar la idea de que el feminismo es cosa sólo de mujeres, pues ignora la opinión de los hombres por no compartir sus genitales (cuando muchos hombres son pro-elección, al igual que los propios de un país pueden ser antixenófobos con los inmigrantes); en segundo lugar, incluso excluyendo la opinión de los hombres nos encontramos con que muchas mujeres son anti-abortistas, no sólo en relación a lo que decidirían ellas mismas sino a lo que legislarían. Ellas no lo consideran una cuestión personal sino un conflicto ético para con otro individuo: el feto. Y es que la cuestión no es que sea o no el cuerpo de nadie, sino si en el conflicto de intereses entre el feto y la mujer tiene mayor peso el de ella, o si no existe siquiera tal conflicto.

En primer lugar habría que definir qué es o no es una persona (desde el punto de vista psicológico) y, consecuentemente, si el embrión-feto es o no es una persona. La definición más fácil es contestar que una persona es un ser humano, pero esta definición es errónea, antropocéntrica y no nos soluciona gran cosa. Siendo precisos, persona hace referencia a un individuo con personalidad propia, diferenciado del resto por su consciencia individual. Esta consciencia implica que el medio no le es indiferente, es decir, que puede experimentar experiencias que le serán beneficiosas o perjudiciales, en función de las cuales generará unos intereses. De acuerdo con esto: 1) No todo ser humano es una persona, pues los individuos con muerte cerebral o difuntos, por ejemplo, pertenecen a la especie humana, pero ya no tienen consciencia 2) No sólo los seres humanos pueden ser personas, sino también todo animal no humano con consciencia propia (mamíferos, aves, reptiles, etc).

Y siguiendo este mismo punto ¿Sólo las personas merecen consideración ética? Desde mi punto de vista claramente sí, pues sólo alguien que pueda generar intereses tiene unos intereses a tener o no en cuenta: una planta, un muerto o una bacteria no tiene un centro psicológico (o ya no activo, en el caso del muerto) con el que generar intereses, por lo que no hay interés suyo alguno que podamos respetar.

Una vez aclarado esto, la pregunta sería si el embrión-feto es o no una persona, y por tanto si es o no alguien a tener en cuenta: de acuerdo con los actuales conocimientos neurobiológicos el feto no puede ser considerado una persona hasta el tercer trimestre del embarazo. Sólo a partir de la semana 24 podría experimentar dolor y, por otra parte, se considera altamente probable que en el interior del útero el feto no se encuentre en un estado de vigilia sino que, por el ambiente químico en el que se halla, se mantendría en un estado de inconsciencia como de sueño o sedación (fuente).

De acuerdo con esto, ante la situación de una mujer que decidiera abortar no habría conflicto de intereses alguno al menos hasta el sexto mes, pues el embrión-feto no es todavía un ser sintiente-consciente y, como tal, no tiene interés alguno que se pueda ver violado con la decisión de la mujer.

Por supuesto, alguien puede intentar rebatirme esto con otros estudios de “evidencias científicas que prueban que” el feto-embrión sí es consciente desde el principio y puede experimentar experiencias dentro del útero. Quien tenga tal información que la aporte sin problemas, estoy abierta al debate. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado nada sobre esto realmente fiable, sino más bien falacias que asimilan la influencia de los estímulos externos en el desarrollo del feto a una respuesta consciente por parte de éste. No soy ninguna experta en biología ni mucho menos, pero creo que esa “respuesta” del feto es comparable a la “respuesta” de un geranio cuando le pones música: todo organismo vivo se ve afectado por el entorno en que se encuentra, con el que necesita relacionarse de alguna forma para mantener esa vida. Por ello, las plantas pueden reaccionar químicamente a las vibraciones de la música al igual que lo hacen al agua o al sol con la fotosíntesis o el fototropismo, lo cual por supuesto afecta a su desarrollo pero, no obstante, ello no implica que las plantas puedan ser conscientes de esos procesos, que puedan desear o rechazar nada. Del mismo modo, el desarrollo de un feto puede verse afectado por los ruidos externos que puedan llegar hasta el útero, la actividad de la madre o la comida que digiera, pero ello no implica que pueda ser consciente de todo eso, que tenga consciencia alguna que le permita percibir como sujeto y verse afectado positiva o negativamente por esas percepciones. En cualquier caso, creo que el debate giraría en torno a a partir de qué mes el feto podría empezar a sentir (y, por tanto, hasta que mes la mujer podría abortar sin ir contra sus intereses), no a que el mismo cigoto ya tenga o no capacidad de hacerlo.

Otro argumento recurrente es que el cigoto, embrión o feto es una persona en potencia, e impedir este desarrollo es como matar a la persona (o algo por el estilo). Poco tengo que decir al respecto, porque no le veo mucho sentido a tal afirmación: ¿por qué deben protegerse los cigotos-embriones-fetos como personas en potencia y no los óvulos o espermatozoides? No creo que el hecho de que un cigoto ya sea la unión de ambos y por tanto un inicio (que no EL inicio) del proceso de formación sea realmente algo relevante, pues ese cigoto no es autónomo: el cigoto no crece por sí mismo hasta convertirse en persona, sino que además de la unión de un óvulo y un espermatozoide se necesitan una serie de circunstancias favorables y nutrientes en el útero materno para que continúe así, que es responsabilidad de la mujer aportar o no. Siguiendo ese mismo razonamiento, cada vez que una mujer menstrúa sería responsable por no haber copulado sin protección con hombres fértiles de haber frenado un proceso de crecimiento de una persona que ya se había iniciado en su útero con los aumentos de las hormonas pertinentes, la maduración del óvulo y la preparación del endometrio para la implantación del óvulo fecundado.

A modo de paréntesis, decir también que con todo lo anteriormente explicado estoy argumentando también el por qué una postura pro-abortista no sería incompatible con una filosofía de vida vegana y, por tanto, respaldar ambas cosas no es hipócrita: el veganismo implica la consideración ética de todos los individuos con capacidad para sufrir y disfrutar. Supone un respeto por los sujetos con intereses, no por la vida en sí ni tampoco por la vida en potencia.


Adyacentemente a esta postura de base antiabortista se encuentra la de aquellos que aceptan o toleran el aborto sólo en dos supuestos: en caso de violación y en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales en el feto. 

El primer caso pone en evidencia que para estos antiabortistas lo que realmente les importa no es el embrión-feto, sino el control del cuerpo de la mujer. En tanto que se culpabiliza a la mujer por tener relaciones sexuales sólo se le permite a ésta no sufrir su “castigo” si estas relaciones fueron contra su voluntad: si has mantenido relaciones sexuales consentidas te jodes y aguantas las consecuencias; si no fueron consentidas, te dejamos librarte de esas consecuencias ¿Cómo se entiende de otra forma que el indefenso embrión-feto cuyo derecho a la vida tanto se preocupan por defender pase ahora a poder ser legítimamente asesinado sólo porque su madre ha sufrido una agresión? ¿Qué culpa tendría ese embrión-feto de que esa mujer sea violada? Por ello, o bien la cuestión es la culpabilización y control del cuerpo de la mujer, o bien una especie de ley de Talión desfocalizada, algo así como un “como te han roto las piernas te dejamos que mates a tu hija de 11 meses, porque que te rompan las piernas es una putada, así que se te permite desahogarte con otro”, lo cual es más absurdo todavía, por lo que me inclino a concebirlo como la primera opción. 

El segundo supuesto muestra también su hipocresía, al menos en la mayoría de los casos. Si partimos de la base de que los embriones o fetos humanos son (para ellos) individuos con el mismo valor moral que los ya nacidos, y se acepta el abortar a esos embriones o fetos en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales, esto trae como consecuencia inevitablemente que esas personas están a favor de asesinar legítimamente a cualquier individuo con disfunciones intelectuales o malformaciones (ya nacido, vaya). Y lo que es más, no sólo se debería aceptar esta muerte de forma eutanásica tras preguntarle a los individuos en cuestión si la desean, sino que darles muerte sería legítimo con o sin su consentimiento, pues al fin y al cabo al embrión-feto nadie le pide consentimiento, sino que se decide por él qué es lo mejor. Quien estuviera a favor de esta eugenesia radical no pecaría de contradicción alguna al aceptar el supuesto de malformaciones o disfunciones como legítimo para provocar un aborto; no obstante, para la mayoría de los individuos -que no estarían a favor de esta medida- , se hace evidente que la consideración moral que se tiene por el embrión-feto no es la misma que por el individuo ya nacido, y por tanto no consideran a los embriones-fetos plenos seres humanos que haya que respetar, al igual que los pro-elección.