sábado, 1 de junio de 2013

Los problemas de verdad

A menudo se menosprecian los problemas propios o ajenos comparándolos con los considerados “problemas de verdad”, ya sea con “malas” intenciones (considerando que la persona que sufre por ese “problema de mentira” es caprichoso y desagradecido por no valorar lo que tiene) o “buenas” (tratando de minimizar el problema para ayudarte a superarlo). El criterio para determinar por cuáles problemas puedes sentirte mal o ser legítimamente compadecido varía según la persona que te juzga: algunos consideran que el ser pobre, tener graves problemas de salud, quedarse parapléjico, no tener casa, morirse de hambre… siempre hay gente que está peor, siempre hay gente que lidia sin mayores dificultades con las situaciones que a ti te causan malestar. 

Cuando la gente utiliza esos argumentos me dan ganas de contestar que hay gente capaz de componer una sinfonía en 8 horas, dibujar un retrato hiperrealista en dos días o sacar una ingeniería a curso por año y sin suspensos, por lo que “si tú no eres capaz es porque no lo intentas lo suficiente” o “si esa gente puede hacer eso, ¿cómo te atreves a decir que no eres capaz de hacer esa otra cosa de menor dificultad?”. 

Los eventos que ocurren en nuestras vidas no son así de buenos o malos, así de difíciles o fáciles: el valor se lo da quien lo valora/experimenta, lo cual es involuntario y totalmente subjetivo. Una persona puede hundirse por algo que para ti es irrelevante y a la inversa con otras situaciones. Una persona puede haber superado un problema de una determinada forma y que a ti eso no te funcione. La capacidad para afrontar un problema depende de infinitud de factores que no podemos controlar, como por ejemplo los niveles de dopamina, serotonina u oxitocina. 

Sé que cada persona es un mundo y quizás a algunas les ayude considerar que sus problemas son estúpidos para superarlos, pero muchas veces el efecto es el contrario. En mi caso, al menos, ese continuo menosprecio sólo me ha servido para sentir una inmensa culpa cada vez que me siento mal, lo cual acrecienta bastante el problema original. No sugiero tampoco que se haga un drama de ello y nos compadezcamos de la persona como si no hubiera esperanza alguna para ella: no existe tal dilema. Si queremos ayudar quizás sea positivo preguntar a la persona cómo le afecta a ella ese problema en vez de prejuzgar cómo debería afectarle según nuestra experiencia o la de otras personas, y preguntar si y cómo podemos ayudarla, o qué cosas podrían distraerla o darle un respiro, sin juzgar tampoco que si esa persona se anima de alguna de esas formas es porque realmente su problema no era tan grave (la gravedad del problema no depende necesariamente del tiempo durante el que éste persista, sino de la intensidad con la que se siente mientras éste persiste). 

Si tratamos de ponernos en la piel de la otra persona y entender por lo que ha pasado, los valores en los que ha sido educada, sus miedos, sus limitaciones físicas y psicológicas, etc quizás logremos dejar de juzgar y empezar a comprender. Quizás entendamos así por qué para aquella chica era tan importante no verse fea o gorda o tener las mejores notas de la clase, por qué aquél hombre se muestra tan arrogante por miedo a que los demás lo consideren débil o por qué aquella otra persona es incapaz de llamar por teléfono, mirarte a los ojos o salir sola a la calle. O quizás a veces no podamos comprender el por qué (a veces quizás ni las propias personas lo entiendan), pero eso no hace en ningún caso que el problema sea menos real. Una depresión, por ejemplo, no depende necesariamente de que seas pobre, de que una persona cercana haya muerto, la gente no te aprecie o no tengas suerte en tu vida profesional. Cualquiera es susceptible de sufrirla independientemente de las circunstancias externas que lo acompañen, y decirle a alguien que no hay motivos para estar deprimido es tan absurdo como decirle que no hay motivos para tener artritis o astigmatismo, amén del ya mentado riesgo de conseguir el efecto justo contrario al que buscamos: que la persona sienta que hay algo malo en ella y se sienta culpable por estar mal ya que, aparentemente, no hay motivos para ello. 

martes, 21 de mayo de 2013

Los eternos olvidados en las discusiones sobre la custodia

Las dos posturas fundamentales que me he encontrado en el tema de la custodia de los hijos son, por parte de una gran cantidad de masculinistas, aquella que exige la custodia compartida automática; y por parte de muchas feministas, la de la custodia compartida pero no automática. La diferencia de la segunda con respecto a la primera es que se exigirían una serie de criterios y responsabilidad para que la custodia sea de ambos progenitores y no sólo (o no mayoritariamente) de uno de ellos, y no se presupone, como a veces se pretende, que si los hijos denuncian malos tratos o abusos sexuales por parte de uno de los progenitores (generalmente del padre) es por un Síndrome de Alienación Parental. 

Si bien el sistema actual favorece por defecto a la mujer en la custodia de los hijos, presuponiendo que la madre cuidará mejor a los niños que el padre, muchas feministas no consideran que la solución sea la aplicación de la custodia compartida automática en caso de que ambos progenitores cumplan unos "requisitos mínimos" (que ninguno sea maltratador, violador, etc) pues la paridad en el cuidado de los hijos está lejos de ser una realidad: que yo conozca, no hay ninguna estadística de ningún país en que las horas de cuidado por parte de los padres sean iguales a las de las madres (a exepción de la tribu centroafricana de los pigmeos aka y, en Occidente, Suecia es lo más cercano) sino que suele haber una diferencia del doble si no más y son las mujeres las que fundamentalmente sacrifican su vida profesional, académica y personal para volcarse en sus hijos, pues además es sobre ellas sobre quienes se concentra toda la presión social de ser una buena madre. Es por ello que se considera que, dada la sociedad en la que vivimos, en la mayoría de los casos la custodia habría de favorecer a la madre por una cuestión de mérito (cuando así sea).

Todas estas consideraciones me parecerían estupendas si habláramos de propiedades, pero no de personas ¿o es que a nadie se le ha pasado por la cabeza que los hijos pueden tener algo que decir al respecto? 


Desde la imposición de una vida que nadie ha pedido en unas circunstancias que nadie ha elegido, los padres tienen potestad para decidir prácticamente todo en la vida de sus hijos, y lo que no tienen poder de imponerle sus padres se lo impone el Estado. Los padres (sobretodo la madre) pueden decidir “tener” o no “tener” un hijo, pero ¿alguien se ha preguntado si los hijos quieren/querrán “tener” esos padres? ¿A alguien le preocupa cómo se siente el hijo con respecto a los padres y la vida que éstos le dan si no les propician palizas (porque “por un cachete no pasa nada” y “una bofetada a tiempo arregla muchas cosas”, claro) o abusan sexualmente de ellos? No sólo no preocupa a la gran mayoría de la población sino que a menudo esta reivindicación es ridiculizada y tachada de desagradecida: “encima que vives a su costa te atreves a quejarte”, “ellos te han dado la vida” o “con todo lo que han hecho por ti” son algunas de las quejas que suelen aducirse. Como ya he argumentado en otras entradas, nadie debe nada por sufrir una imposición (nacer), independientemente de que luego la disfrutes. Nadie debe nada a sus padres porque éstos los hayan cuidado, pues fueron ellos quienes decidieron traer a una persona al mundo sabiendo que iba a tener necesidades. 

“Custodia compartida sí” o “custodia compartida no”, por muy en pro de la igualdad de sexo que pueda ser o no, supone tratar a los niños y adolescentes como meras propiedades sin voz ni capacidad de decisión, obligados a vivir primero la vida que le imponen sus padres y después la que un juez decide que es mejor para él/ella, nuevamente bajo la tutela de uno o ambos progenitores durante los periodos que el juez elija. A nadie le importa si la madre maltrata psicológicamente al niño comparándolo constantemente con otros, porque eso no deja marca; a nadie le importa si el padre sólo le deja salir de casa un día a la semana a los sitios donde el padre decide, obligándole el resto de la semana a acudir a actividades extraescolares que detesta y/o estudiar sin descanso durante horas para sacar las mejores notas; a nadie le importa si el niño se siente totalmente incomprendido por sus padres y no quiere vivir con ninguno de los dos. A nadie le importan, en definitiva, los deseos, sentimientos u opiniones de las propiedades con respecto a sus propietarios. 

En conclusión, lo que yo considero la mejor opción en los casos de divorcio es el preguntar directamente al niño o niña (siempre que tenga capacidad de decisión) con qué progenitor quiere convivir y durante qué períodos, si es que quiere convivir con alguno de ellos o con ambos, teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra y permitiéndole hablar con un psicólogo infantil que pueda ayudarlo (que no coaccionarlo) a decidir qué decisión tomar y por qué. Y también creo que debería poder visitar a ese u otro especialista cada cierto tiempo en caso de que quisiese rectificar su decisión. Ya que los hijos no pueden escoger a sus padres, el mínimo derecho que creo que merecen es el poder decidir si prefieren ser tutelados por uno, ambos o ninguno.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

viernes, 15 de marzo de 2013

Orgullo y prejuicio menstruante

Con respecto a la menstruación (o más exactamente, a las mujeres menstruantes) suelo encontrarme dos posturas radicales contrapuestas, tanto por parte de mujeres como de hombres: la mayoritaria, de quienes la repudian, la consideran un tema tabú, lo ven como algo impuro, sucio o degradante e incluso se burlan con ello de otras mujeres; y la minoritaria, de algunas feministas (de la diferencia, sobretodo), que la sacralizan, la consideran un vínculo con la naturaleza o la Luna y lo ven como una especie de suerte o privilegio, un proceso tremendamente beneficioso y enriquecedor. Y por no variar, no respaldo ninguna de las dos. 

La utilidad de la menstruación es de sobra conocida, si bien desconozco si trae a mayores algún beneficio (todo lo que he encontrado al respecto han sido argumentos místicos y –para mí- vacíos), por lo que sentíos libres de aportarlos si sabéis de alguno -no poético ni espiritual, sino físico. Para mí (y para la mayoría de las mujeres) la regla es un fastidio, un engorro y una auténtica carga de la que me desharía sin pensarlo si pudiese hacerlo (sin consecuencias negativas), pero al menos por ahora no me convencen las alternativas farmacológicas, no voy a inducirme una deficiencia proteica y, por supuesto, no pienso quedarme embarazada. No se trata de prejuicios misóginos que me hayan metido en la cabeza, sino de mi propia experiencia personal: me incomoda, duele, quita energía, baja el ánimo, mancha, despierta por las noches e impide en general hacer vida normal.

La cuestión es que la regla es, como tantos otros, un proceso fisiológico no más místico que el comer o el cagar, y que este proceso afecte sólo a hembras humanas (y de primates, murciélagos y otros pocos animales) no es algo causal por una suerte de mayor vinculación de la mujer con la Madre Tierra o la Luna, sino casual, por obra de una selección sexual y otros factores biológicos. La sacralización de la menstruación, así como del parto, es un puro esencialismo bastante contraproducente para el logro de la igualdad, pues los prejuicios y las constricciones de los roles de género no se eliminarán mientras se siga promoviendo una imagen de la mujer como ser místico, mágico, natural y poseedor de otras tantas cualidades que corresponden a su “feminidad esencial” (que, a todo esto, los hombres también tienen un ciclo sexual que los afecta hormonalmente, así como padecen también una “menopausia” masculina o andropausia).

¿Que tiene su razón de ser? por supuesto. Y me parece probable que reporte algún beneficio biológico -o por lo menos que el no tenerla reporte algún perjuicio- pero esto no es distinto en el caso de la fiebre, congestión nasal o vómito: todas son respuestas beneficiosas del organismo (en algunos casos) en tanto que éste está reaccionando y defendiéndose de un agente que considera perjudicial, ya sea un virus, un exceso de contaminación, una comida en mal estado, etc. Sin embargo, no por ello dejamos de considerar que estas “formas de proceder” de nuestro cuerpo son unas molestas cargas que deseamos no sufrir nunca. No veo que este deseo de evitar una incomodidad sea distinto en el caso de la menstruación, para todas aquellas que la sufren. El tabú social no es el único -ni muchas veces el principal- factor determinante de este deseo.

Sin embargo, el que yo y otras muchas consideremos odioso este proceso no justifica el tabú social, sino más bien al contrario. En torno a él han girado gran cantidad de prejuicios que segregan y repudian a las mujeres. Si bien mitos como el de que las mujeres menstruantes provocan la muerte de las plantas o cortan la mayonesa ya no son prácticamente mantenidos en nuestra sociedad (excepto quizás en las zonas rurales) por ir en contra de una mentalidad mayoritariamente cientificista, otros tantos prejuicios gozan de gran salud:

Nos educan para verlo como algo asqueroso y repulsivo, mientras que no tenemos esos reparos con cualquier otro tipo de sangre, que alguna gente hasta ingiere si no es humana (en morcillas, filloas, etc) o bien se deleita con el análogo a la menstruación en las hembras ovíparas (los huevos) o trozos de músculos desmembrados, intestinos u otras tripas.

A raíz de esto, a muchos hombres y mujeres les da asco mantener relaciones sexuales con una mujer menstruante, como si fueran a ponerse a expulsar sangre como una fuente o los fluidos fueran algo corrosivo. Pero eso sí, eyacular en el cuerpo, cara o boca de una mujer se ve a menudo de lo más sexy, aunque pueda ser un líquido más viscoso y difícil de limpiar que muchas menstruaciones, o al menos en determinados días. No es que considere que la gente deba hacerlo aun si no se siente cómodx, simplemente me parece triste que por prejuicios y presión social muchxs que sí querrían se quiten de practicarlo: es común que a muchas mujeres les aumente la libido durante la regla, además de que mantener relaciones sexuales durante ese período puede ayudar a aliviar los cólicos, desinflar el pecho y vientre y obtener orgasmos más intensos y, adicionalmente, las probabilidades de embarazo son bastante menores (que no imposibles).

Se insta constantemente a las mujeres a avergonzarse de su menstruación, sentirse sucias y malolientes, sumando esto a que, como las hemorroides, es algo que debe sufrirse en silencio, pues el tema no ha dejado de ser tabú -especialmente delante de hombres. Sin embargo, para sorpresa de muchos, la regla en sí no suele oler mal (a menudo cuando lo hace es por causa de alguna infección), sino que lo que a muchxs les apesta son precisamente los químicos y plásticos de las compresas que supuestamente los encubren. Con compresas de tela o una copa menstrual (producto que recomiendo encarecidamente) la regla no suele tener ningún mal olor, a menos, quizás, que no te cambies en un día entero. Otros factores que podrían provocar eso serían, por ejemplo, el llevar pantalones muy ajustados o –paradójicamente- el exceso de “higiene”, que puede desequilibrar la flora vaginal y dar lugar a hongos o infecciones (y es que la vulva y la regla no son algo “sucio” que haya que estar lavando cada pocas horas –y menos con jabones-, especialmente las duchas vaginales son bastante peligrosas: la vagina ya se encarga ella sola de limpiarse (por dentro) con su propio flujo).

Se difunden numerosos chistes e ideas sobre lo mentalmente desequilibradas que las mujeres están cuando menstrúan: por una parte, como ya he dicho, los hombres no se libran de los ciclos hormonales; por la otra, no a todas las mujeres ni todas las veces les afecta en su carácter y personalidad y, en cualquier caso, eso no implica que se conviertan en unas locas irracionales incapaces de controlar su ira o impulsos, pues la influencia de las hormonas no deja de ser limitada y nuestra racionalidad lidia y reprime diariamente multitud de impulsos bajo todos los estados anímicos, por lo que para la gran mayoría será algo bastante controlable.

Se ridiculiza y pone el grito en el cielo cada vez que ese “avergonzante secreto” se hace visible a los demás, es decir, cada vez que la sangre menstrual mancha la ropa o alguna otra cosa, o menos comúnmente, cuando las compresas se hacen visibles o intuibles bajo la ropa. Nadie se burla de que la sangre de una herida abierta manche la ropa de una persona, pues esa sangre es “pura”; sin embargo, la “sangre impura” de la menstruación le resulta a la gente tan repugnante y humillante como la orina o las heces, como si manchar la ropa de sangre menstrual fuera como una falta de control de las mujeres sobre sus esfínteres.

Por último, considero también bastante sexista la imposibilidad de las mujeres para pedir una baja por dolores menstruales o síndrome premenstrual (al menos en la mayoría de los empleos), obligando a muchas a acudir al trabajo con una gran indisposición o a perder el sueldo o el trabajo por ausencias mensuales reincidentes. No sugiero ni mucho menos que todas las mujeres, por el hecho de ser menstruantes, deban gozar de x días de baja cada mes, sino que aquellas que sufran esa condición, con algún tipo de justificante o revisión médica, tengan el derecho de hacerlo (derecho que, por otra parte, nunca se logrará mientras se siga defendiendo que si se sufre por la menstruación es por los prejuicios patriarcales que nos han metido en la cabeza, desacreditando por completo las experiencias de millones de mujeres considerándolas psicológica y emocionalmente manipulables hasta límites insospechados). Sin embargo también es probable que, desgraciadamente, de concederse este derecho acabase volviéndose en nuestra contra: agravando la discriminación laboral, acrecentando las burlas y desacreditaciones por la regla y alimentando el resentimiento de una gran cantidad de hombres que se sentirían “discriminados” por un malvado feminismo que busca “que las mujeres tengan más derechos que los hombres”.


lunes, 4 de marzo de 2013

Comprender no es justificar

En ocasiones se ha puesto en duda mi compromiso para con el antiespecismo, feminismo u otras luchas contra otras formas de discriminación por no exasperarme con aquellos que tienen algún tipo de opinión o actuación contraria y/o discriminatoria o incluso por oponerme a que sean tratados por otros de esa forma. En vez de partir de una posición defensiva, cuando mi paciencia me lo permite, trato de comprender por qué piensan como piensan y entablar un debate respetuoso en el que le muestre mi postura buscando los posibles puntos en común. Al parecer, eso me coloca en el lugar del opresor por “tolerar” su comportamiento, me convierte en una bienestarista. 

Sin embargo, simplemente trato de rechazar, en la medida de mis posibilidades, esa visión maniqueísta del mundo. Trato de no personalizar al enemigo ya que, desgraciadamente, los verdaderos enemigos son una fuerza invisible mucho más poderosa que un grupo delimitable de individuos: son los prejuicios y su inagotable capacidad de propagación. 

Cuando presenciamos o somos informados de casos de padres irresponsables, maltratadores o discriminadores sentimos lástima por los hijos que criarán, por las ideas que les inculcarán o por la violencia que sufrirán. Sin embargo, cuando esos niños llegan a la adolescencia o adultez y algunos proyectan en sus actos u opiniones esa educación y valores que han heredado, la mayoría de la gente olvida por completo esa lástima considerando al individuo como único responsable de que piense como piensa y actúe como actúa. Parece como si el libre albedrío de un ser humano adulto fuese claro y absoluto (así como los conceptos de Bien y Mal) y no estuviese para nada determinado o condicionado por la cultura (propia y colectiva) en la que se ha formado. Pero entonces, ¿por qué sentimos lástima por la educación que recibirá el niño o niña, si en cuanto desarrolle su capacidad de reflexión rechazará esas ideas inculcadas por su entorno (en caso de que sea una buena persona, claro; si es una mala persona continuará adscribiéndose a esas ideas, pero la culpa será sólo suya)? 

En caso de que eso fuese como esa gente lo ve, y que el que sea o no prejuiciosa no dependiese de la educación recibida, ¿no significaría esto que las malas y buenas personas nacen ya como malas o buenas personas –pues si su entorno no influye en su libre elección, el que unos se decanten por la “maldad” y otros por la “bondad” habría de ser algo genético- y por tanto tampoco así son responsables de sus actos u opiniones? Lo enfoque desde donde lo enfoque no logro encajar el concepto de culpa. 

Es por ello que ante una opinión sexista, xenófoba, especista, etarista, gordofóbica… trato de analizar primero sus palabras en busca de puntos en común, antes de rechazarlo, marginarlo y vituperarlo por mostrarse prejuicioso con respecto a algo. Si veo que las premisas desde las que parte son cualitativamente distintas a las mías (como en el caso de las personas que basan la legitimidad de sus argumentos en cuestiones espirituales o religiosas) ni me molesto en intentar debatir, pues no veo la forma en que podamos llegar a ningún acuerdo partiendo cada uno de axiomas en los que el otro no cree. Tampoco me molesto cuando veo que lo único que busca la otra persona es ofenderme con insultos y otras faltas de respeto. No obstante, en los restantes casos la comprensión me ha dado buenos frutos en algunas situaciones, logrando incentivar la reflexión sobre actitudes y formas de discriminación que antes no se habían planteado gracias a evitar una actitud defensiva como resultado de un juicio acusatorio y desacreditador. Y es por eso que a veces, aún quemada de volver a oír los mismos argumentos que considero falaces, me muerdo la lengua e intento ser clara pero educada por una cuestión estratégica. Porque es contra un prejuicio contra el que estoy luchando, no contra una persona; y por tanto no se trata de destruir a la persona sino a sus esquemas de pensamiento, que difícilmente se cambian por medio del insulto. 

No digo que siempre sea educada ni me creo mejor por no buscar culpables. Al igual que soy comprensiva con los demás también lo soy conmigo misma (que antes que activista soy persona), entendiendo que a veces puedo enfadarme por formas de pensar y actuar que rechazo y reaccionar con rudeza. Simplemente, por mi cosmovisión del mundo y por el bien de la causa que defiendo y de la que –desgraciadamente- soy a menudo vista como representante por mi interlocutor, trato de dejarla en el mejor lugar, buscando el mayor acercamiento a mi postura en el pensamiento del otro y no exasperándome también por mi propio bienestar. 

Todo esto tampoco implica que rechace la violencia bajo cualquier circunstancia, pues no soy una pacifista “mal entendida”. La violencia me parece legítima siempre y cuando sea un medio necesario y el más apropiado para lograr un fin justo. La cuestión es que muchas veces, aunque lo más apropiado para lograr un objetivo inmediato sea la violencia, resulta perjudicial a la larga para el avance del movimiento, y por ello hay que valorar no sólo los logros a corto plazo sino especialmente a largo plazo, es decir, hay que estudiar una estrategia. Como he dicho en el título, comprender no implica no posicionarse y tolerar. Comprender no es justificar.